La dama y el Grial Ii: El segundo pilar

Capítulo 13: Un lugar elevado

Todo esto no lo he aprendido de hombre alguno,

sino que en lo más profundo de mis sentidos

he recibido el don de la visión celestial... (1)

Llegaron a Cabaret durante las primeras horas de la mañana, cuando apenas las campanas de la hora prima sonaban y las puertas se abrían. Llevaba prisa, cierto, y ni él mismo comprendía bien la razón de esa urgencia. Tenía muy claro que sus deberes como Gran Maestre lo llamaban, pero sabía que no se trataba solo de eso. No podía ser por algo tan simple; aquel temor que le inundaba el pecho poco tenía que ver con sus responsabilidades.

Era ella, siempre sería ella. Si no acudía a Bruna pronto, no lograría calmarse. Como una sentencia inescapable, las palabras de Sybille resonaban una y otra vez en su mente, advirtiéndole que lo inevitable estaba cerca, que la perdería para siempre.

El camino desde Montpellier hasta Lastours fue apresurado, casi tanto como el ritmo de su corazón. Apenas pudo murmurar una disculpa al templario Abelard por dejarlo en la ruta, pero en verdad no estaba para preocuparse por su falta de cortesía. Se arriesgó a dormir en el camino, el clima era cálido y los senderos de esa zona no se caracterizaban por ser peligrosos. Al menos no aún. Lo serían pronto, desde luego. Cuando llegaran los cruzados.

—Es agradable recibiros otra vez, señor —le dijo un somnoliento Pons, el siervo que siempre lo atendía en sus estancias en Cabaret. Sus palabras, sin embargo, contradecían el evidente rostro de cansancio—. Hace apenas un día que nuestro señor Trencavel estuvo aquí, así que hay una habitación lista para recibiros.

—Ah, vaya, tendré el trato de un vizconde. Qué gran honor me hacen —dijo con cierta ironía. Pons no pareció notarlo, pero Arnald sí. El chico, como siempre que lo escuchaba bromear, solo puso los ojos en blanco.

—El señor Peyre Roger partió con él a Carcasona. Es una lástima que no esté aquí para daros la bienvenida.

—Una verdadera lástima —contestó con evidente burla. Al menos eso le devolvió la sonrisa. Sin señor en el castillo, no habría impedimento para acudir al lecho de su amada.

—Seguidme, señor. Es muy temprano, pero pediré que os traigan algo de comer a la alcoba. ¿Puedo ayudaros en algo más?

—No, descuida. Estaré bien de ahora en adelante.

Pons lo guio hasta la habitación que había ocupado el vizconde y partió enseguida a la cocina. Despidió a Arnald con la misma prisa, pidiéndole que fuera a comer algo y descansar lejos de su vista. El paje, sin duda aún confundido por su brusquedad, solo hizo un gesto de fastidio y se fue sin decir nada más.

Una vez a solas, se quitó la ropa del viaje y buscó algo presentable. Se aseó rápidamente y casi corrió a ver a Bruna. Era probable que ya estuviera despierta. La señora del castillo siempre estaba atenta, incluso dando órdenes desde temprano. Por eso le sorprendió encontrar la puerta de su habitación cerrada con seguro y que nadie respondiera hasta después de varios golpes.

Finalmente, Mireille se asomó con discreción y lo miró con sorpresa. No lo esperaban, cierto. Y él no deseaba ser brusco con la muchacha, sobre todo porque Arnald sería capaz de mandarlo al mismísimo infierno si se atrevía a levantarle la voz a su amada, y también porque Bruna la adoraba como a una hermana.

—Señor... Buen día —lo saludó en voz baja, lo cual despertó todas sus alarmas.

—Buen día, ¿está todo bien, Mireille?

—Eh... sí. —La doncella salió y cerró despacio la puerta tras ella—. Disculpadme, sé que viene por mi señora, pero ella no está disponible ahora mismo.

—¿Por qué? ¿Le ha sucedido algo?

—Oh, no es eso. Se mantuvo en vela buena parte de la noche, y apenas ha conseguido cerrar los ojos. Duerme como un ángel, puedo jurarlo.

—Bien, si es así, déjame verla. —Para su sorpresa, ella no se movió—. Mireille...

—Han sido días extraños e intensos, mi señor. Le juro que no es nada malo, o al menos no lo creo. Valentine y yo hicimos de todo para que dejara ese libro y descansara, y ahora que al fin lo hemos logrado, no quiero que nada la perturbe. Disculpe mi atrevimiento, solo quiero su bienestar.

—Espera, ¿de qué libro me hablas? ¿Qué ha pasado con ella?

—Bueno... —suspiró, aumentando su angustia. Si todo estaba bien, ¿por qué no podía verla?

—Mireille, en serio, no me hagas entrar a la fuerza para cerciorarme de que todo es como dices. Agradecería que no faltaras a la verdad.

—¡No lo hago, señor! —se indignó y, de inmediato, cayó en su error al elevar la voz—. Lo siento... No quise... —suspiró de nuevo, esta vez con exasperación—. Fue como la otra vez, ¿recuerda? Rezó mucho, sin descanso, como si las horas no pasaran. Y ese libro... lo ha leído una y otra vez, buscando otros significados, o al menos eso nos dijo.

—No debería ser preocupante; sin embargo... —"Me da miedo", admitió para sí mismo. ¿Qué encontró Bruna? ¿Qué rayos estaba leyendo que la mantuvo en vela dos noches?

—Os aseguro que está bien —insistió Mireille—. Solo necesita reposo.

—Y yo prometo que no perturbaré su calma. Déjame entrar —pidió una vez más, esperando que la doncella cediera antes de tener que apartarla. Por suerte, así fue. Mireille bajó la mirada, retrocedió y le dejó el paso libre.




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