El alma debe pasar por la oscuridad antes de ver la luz,
porque en la prueba se forja la pureza del corazón (1)
Tenía más miedo del que pudo admitir delante de Guillaume. Sabía que no debía temer, pero era consciente de lo que iba a enfrentar a partir de ese momento. Una vez en la soledad de su alcoba, la quietud la llenó de temores que ya no deberían existir.
"Pero los ángeles han hablado", se dijo, llevándose las manos al pecho. "Y tú has visto a la divinidad descender desde el cielo. Tienes que hacerlo, eres la única que puede hacerlo", se repitió, intentando convencerse. Ya no era la misma Bruna, lo sabía. Una vez tocada por la luz divina, no había marcha atrás. Se secó las incipientes lágrimas que, de puro nerviosismo, intentaban escapar de sus ojos.
—Ángeles del cielo, estoy lista —declaró en voz alta.
Ya no podía tener miedo; los ángeles le habían dicho que el testimonio de su madre era la voz de una escogida también. Le dijeron que su madre estaba con ellos, y eso la llenó de emoción. En sus sueños luminosos, le confirmaron que todo lo que contaba el testimonio de su madre era verdad, y que ella había sido escogida desde antes de nacer. Era casi como Guillaume se lo había explicado, pero su amado ignoraba tantas cosas. Inocente, los ángeles no lo eligieron para hablarle, pero lo designaron como caballero para protegerla por siempre.
Lo que experimentó esa noche no podía expresarlo en palabras. Tampoco esperaba que sucediera de esa forma, pues su unión con lo divino iluminó cada rincón de su alma y la llevó a una nueva comprensión de su existencia. La visión de esa noche fue lo más maravilloso que jamás había experimentado.
Nunca había sentido tanta calma; todo estaba lleno de paz y de luz. Y los ángeles... ¡Oh, qué hermosos eran! Le dijeron que Bruna de Béziers había sido escogida para cumplir la voluntad divina. Y ella lo creyó, se sintió dichosa al escuchar aquello. Cuando se sintió en confianza, les preguntó si Dios estaba molesto con ella por su amor con Guillaume. Los ángeles rieron con gracia, y le dijeron que no, que el Cielo los bendecía.
Ojalá hubiera podido contarle eso a su amado, pero las palabras no fluyeron con la naturalidad que esperaba. Aún era muy pronto, se dijo. Poco a poco, cuando lograra asimilar su encuentro con lo divino, tal vez sería capaz de escribirlo como lo hizo Hildegard. Pero, sin dudas, ahora que sabía lo que sabía, debía aceptar que esa iluminación no llegó solo para ella. Su deber sería guiar a los demás, a la orden, en ese camino de gloria.
Por eso, tenía que empezar con el testimonio de su madre. Una vez Guillaume salió, Bruna se dirigió al baúl donde escondía el cofre. La pequeña llave siempre colgaba entre las demás que llevaba, así que la sacó y abrió con cuidado la cerradura. La bolsa de cuero estaba tal como la recordaba. Y allí estaba, intacta, conteniendo los pergaminos que escribió su madre.
Un escalofrío recorrió su espalda y la hizo temblar. Negó con la cabeza; esos temores infundados debían detenerse. Metió la mano en la bolsa y sacó el pergamino sellado. Antes de que los nervios la vencieran, rompió el sello y vació el contenido. Había varios pergaminos escritos por su madre, además de tres sobres pequeños que contenían objetos. Pequeñas cosas, pero con un peso significativo.
Al ver la letra de su madre, sintió deseos de llorar. Su madre, su pobre madre, que cayó enferma de repente y los ángeles se la llevaron. ¡Cuánto la extrañaba! Pero pensar que ella estaba con ellos en ese lugar bonito, lleno de luz y paz, logró tranquilizarla.
"Pero es el camino, mamá. Tú lo sabías, ahora yo lo sé. Seguiré tu legado", se dijo, mientras se sentaba en el mismo lugar donde recibió la revelación del Cielo. Iba a ser un camino duro, de eso no tenía dudas.
No fue necesario que los ángeles se lo dijeran, lo sabía por las historias de la Biblia. Noé no la pasó bien mientras se burlaban de él cuando construía el arca. A José lo vendieron sus hermanos, y Moisés no entró a la tierra prometida. ¿Qué pasaría con ella? No lo sabía, pero iba a ser difícil. ¿Y quién era ella para negarse a algo que Dios le pedía?
Bruna acarició la letra de su madre y, finalmente, leyó.
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Hija mía, mi adorada Bruna:
Quiero que sepas que te amo más que a nada en este mundo, que eres mi niña querida, a la que siempre llevaré en el corazón hasta mi último aliento. Si es voluntad del cielo llevarme, tendré que aceptarlo, pero siempre te cuidaré y vigilaré junto con los ángeles, porque tú eres mi cielo.
Si tienes esta carta, no es solo para decirte lo mucho que te amo y que debes ser fuerte de ahora en adelante. Serás una gran dama, de eso estoy segura. Cuida a tu padre, él te ama y te necesita. Pero, querida mía, esta carta no es solo para eso. Es para algo más delicado.
Debo comenzar diciéndote que todo lo que aquí escribo es absolutamente cierto, y que no debes asustarte ni pensar que son delirios de enferma, porque no lo son. Todo es verdad, y puedes comprobarlo cuando quieras. Te conozco, sé que al principio te asustarás con lo que vas a leer. Pero si haces las cosas bien, si buscas ayuda y actúas con prudencia, nada malo te sucederá. Confío en ti. Eres una joven pura y aparentemente frágil, pero sé que por dentro eres muy fuerte. Hija mía, necesitas sacar esa fortaleza ahora mismo y prepararte para lo que voy a decir, porque lo que vas a leer no es un cuento, aunque lo parezca.
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Editado: 04.08.2026