Triste y alegre me separaré
cuando vea este amor de lejos,
pero no sé cuándo lo veré,
pues nuestras tierras están muy lejos.
¡Hay demasiados puertos y caminos!
y por eso, no soy advino...
¡Que todo sea como Dios quiera! (1)
Antes de hablar, Bruna ya sabía que, a esas alturas, todos en el castillo de Cabaret estaban enterados de que había leído el mensaje de su madre. O bueno, todos aquellos involucrados con la orden. Consciente de que no debía levantar sospechas, Bruna siguió su rutina tal como se suponía que debía hacerlo. Escondió los pergaminos de su madre en el mismo cofre y solo se quedó con el anillo de la dama del Grial en la mano. Se colocó un velo y pidió que la escoltaran a la iglesia.
Ni sus doncellas preguntaron, ni ella reveló nada. Lo haría, por supuesto, Mireille tenía que saber que un juramento antiguo las ataba, pero no con Valentine presente o rondando.
Ya en la iglesia, Bruna rezó como era su costumbre, conversó con el padre Abel y se dejó ver por los pobladores de la villa. Era consciente de que llevaba días actuando de manera extraña, y además estuvo recluida. Considerando las circunstancias, tenía que preparar el terreno. Nada de misterios, al menos no para los comunes.
Por la noche, Orbia y Guillenma la acompañaron en la cena, con un silencioso Guillaume presente, quien la miraba sin mucha discreción, exigiendo una respuesta sobre lo que había descubierto en la carta de su madre. Cuando notó que las dos damas también actuaban de forma extraña, confirmó sus sospechas: ellas también estaban al tanto de sus deberes. ¿Ellas y cuántos más? ¿Acaso todos en Cabaret siempre supieron que ella era la dama del Grial? No, todos no, de lo contrario, habrían exigido respuestas allí mismo, sin importar que los siervos estuvieran presentes.
Pero Bruna no iba a decir nada, y tampoco creía deberles explicaciones de su actuar. Mientras menos supieran, mejor. Siempre había sido así, y lo seguiría siendo.
Conforme avanzaba la cena, la tensión entre ellos crecía. Bruna cenaba con calma, pero era consciente de sus miradas, de que no aguantaban más y no sabían cómo preguntar lo que había averiguado. Sonrió para sus adentros, no supo bien por qué. ¿Acaso estaba disfrutando de ese nuevo poder que tenía? ¿Tan importante era que ella hablara? Al parecer sí, y solo por eso decidió no dejarlos especulando, o los mataría de angustia.
—Estuve conversando con el padre Abel —comentó de pronto. Era la primera vez que les hablaba de forma directa, y entonces los tres se volvieron hacia ella, llenos de ansias.
—¿Y de qué hablaron, querida mía? —preguntó Guillaume. Ella solo le sonrió. A él sí que le daría más detalles, pero en la cama.
—De la cruzada y de lo que él ha escuchado. Hay personas saliendo en peregrinación, orando para evitar una guerra.
—Oh, dudo que eso sirva de mucho —comentó Guillenma—. La iglesia está acostumbrada a resolver las cosas con sus trucos, pero los rezos no sirven de mucho ahora. En especial porque en Roma rezan más, y son ellos quienes han dado la orden para esto.
—Es un tema desagradable. No sé por qué lo hablamos en la mesa —continuó Orbia—. Y además, ¿qué se puede lograr peregrinando? Esa costumbre cristiana de recorrer un camino de penurias me sigue pareciendo detestable. ¿Y para qué? ¿Para ver los huesos de un santo que ni se sabe si serán suyos?
—Sin duda, Orbia, hay cosas que jamás lograrás comprender. El final no siempre es importante, sino el camino que recorremos y lo que aprendemos de él —respondió Bruna, sin molestarse en explicarle más. Aunque la sabía lista, nunca dejaba de fastidiarle la insistencia de Orbia en quedarse en lo superfluo. No quería ir más allá, tal vez porque era consciente de que otros caminos del pensamiento llevaban a reflexiones que no quería enfrentar—. Como sea, no es una peregrinación lo que me interesa.
—¿Entonces qué? —preguntó Guillaume. A ese punto, hasta le sorprendió que Orbia no riera por su comentario, contestando algo ingenioso para relajar el ambiente. Todas estaban tan tensas que ya ni sabían disimularlo.
—Ninguna villa estará a salvo, me temo que todos lo sabemos —explicó Bruna—. Todas, tarde o temprano, serán asediadas. Si habrá éxito o no, es otra cosa. Los únicos sitios seguros serán los lugares santos, como las abadías. Sin duda, los cruzados no se atreverían a atacar a hombres y mujeres de Dios.
—Yo no me confiaría tanto en las suposiciones del padre Abel —respondió Guillaume—. Es verdad que un caballero no sería capaz de tales bajezas, pero hay otros que no tienen reparos.
—Pero estáis de acuerdo en que nada ganarían los cruzados atacando una abadía que tal vez tenga tesoros que solo le pertenecen a Dios y a la iglesia. Nadie daría una orden así —insistió Bruna, pero su amado solo torció los labios.
—No lo sé, mi querida. En tiempos de guerra, muchos son capaces de matar al mismo Dios por codicia.
Aunque le inquietaron sus palabras, pues sabía que llevaban verdad, Bruna no dejó que el miedo la dominara. Sí, todas esas cosas malas podrían pasar. Pero ella tenía que irse igual, quisiera o no.
—Y Cabaret sigue siendo un lugar seguro para nosotras —dijo Guillenma—. Los cruzados no podrán tomar los castillos, no lo lograrían, ni aunque la guerra durara cien años. En ese caso, ¿por qué salir en busca de una seguridad que ya tenemos?
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Editado: 04.08.2026