Tan gran ejército nunca se vio en Francia,
Caballeros y soldados, todos para servir a Dios,
Con escudos y lanzas marchan hacia Tolosa,
Y todos los cátaros gritan: «¡Dios, ayúdanos!» (1)
Julio de 1209
La noticia que oficializaba la excomunión del conde de Tolosa, al principio, no alertó a todos en el Mediodía. Sabían que no era la primera vez que el conocido conde se extralimitaba, ofendiendo en alguna cuestión a la Iglesia de Roma. Sin embargo, luego de algún arreglo —por lo general, con tesoros de por medio—, todo volvía a ser como siempre. La última excomunión del conde no hubiera alarmado a nadie, si los tiempos hubieran sido otros.
A esa noticia la acompañaba la alarmante novedad de grandes ejércitos llegando desde el norte y estableciéndose en Saint-Gilles, una villa junto al río Ródano. Y esta vez, comprendieron los señores del Mediodía, las cosas no se resolverían con facilidad. Incluso cuando se declaró la cruzada, muchos creyeron que se trataba de una bravuconada que no llegaría a mayores. Después de todo, ¿quién podría concebir una guerra santa entre cristianos?
Guillaume entendía la incredulidad de muchos. Solo los iniciados en la orden y quienes servían a la misma supieron lo que iba a suceder y se prepararon para ello. El resto, en cambio...
El resto ya comenzaba a sucumbir al miedo, víctimas del sinnúmero de rumores que llegaban desde Saint-Gilles, cada uno más aterrador que el anterior. Se decía que, aunque buena parte del ejército —que se contaba por miles— ya había cruzado el Ródano, muchos seguían en camino. En la región comenzó a extenderse el rumor de que el ejército de los francos era tan numeroso que había que esperar horas para verlos pasar a todos. Eso podían ser exageraciones, se decía Guillaume. Conocía la capacidad militar de los francos y, aunque era considerable, tampoco se impondrían con facilidad ante la resistencia de Languedoc.
Sin embargo, cuando el vizconde Trencavel ordenó a todos sus vasallos que comenzaran a armarse para la inminente guerra, la situación cambió. Si bien era cierto que los caballeros de la orden llevaban casi un año preparándose en secreto para ese momento, pronto tuvieron que abandonar la discreción y hacerse visibles. Guillaume entendía que no quisieran asustar al pueblo, pero sí había mucho que temer. Una profecía lo dejaba muy claro.
Conforme el caballero recorría el Mediodía para recoger rumores y dejar instrucciones, supo que en Montpellier habían cerrado todas las puertas y extremado la vigilancia, aunque en teoría la villa no sería atacada mientras el rey Pedro de Aragón no se manifestara. Sybille estaría a salvo al menos unas semanas, pero él no podía tardar más. Casada o no, la sacaría de allí.
En cambio, Béziers y Carcasona estaban armadas y preparadas para resistir meses de asedio. Guillaume se detuvo a hablar con Trencavel, y aunque este era joven y sin experiencia en la guerra, al menos lo tranquilizaba saber que estaba bien asesorado. Tal vez Carcasona sería la última gran villa del Mediodía en caer.
Por su parte, el padre de Bruna le mostró cómo habían asegurado los muros de Béziers, las provisiones y la llegada constante de más hombres dispuestos a defender la villa. Nadie dudaba de que, una vez los cruzados dejaran atrás Montpellier, el primer escenario de la batalla sería Béziers. Guillaume solo se preguntaba si el señor Bernard era consciente de ello.
Al dejar Béziers, Guillaume continuó directo a Saint-Gilles para cumplir su papel en todo aquel engaño. No quería dejarse guiar por los rumores, pero así como sabía que el ejército cruzado no contaba con cientos de miles de hombres, también era consciente de que los señores que financiaban la guerra tenían los recursos para reclutar más soldados. Y gentuza, sobre todo.
Los caballeros francos no tendrían reparo en poner en primera línea a la escoria de los rincones más sucios de París. Ya lo había visto en otras batallas, incluso los Montfort lo hicieron. Aquellos miserables no tenían nada que perder, pero sí mucho que ganar en los saqueos. Tal vez no seguían órdenes estrictas, pero causaban destrucción, lo ideal en ese tipo de guerras.
"Y Bruna... Bruna, andando por los bosques con esos miserables tan cerca", pensaba con angustia.
La dama había partido en busca del Grial hacía unos días y nadie sabía nada de ella. Guillaume estuvo allí cuando se fue, la despidió con afecto y le rogó que se cuidara, que enviara noticias apenas pudiera. Peyre Roger le confirmó que el templario Abelard ya la esperaba en el camino, y eso lo tranquilizó un poco. Esperó algunos días por noticias, pero ni Abelard ni Bruna escribieron. No podía retrasarse más, tuvo que partir en su misión sin una sola pista sobre el paradero de su amada.
Cierto que Lagrasse no estaba a un día de jornada y que, además, el camino iba hacia el sur, no precisamente en la dirección de donde llegaban los cruzados. Tal vez, para entonces, ella ya habría alcanzado la abadía y, en cualquier momento, alguien desde Cabaret le avisaría que todo estaba en orden.
¿Cuándo volvería a verla? ¿O debería ir a buscarla solo para asegurarse? Sabía que, una vez en la abadía, Bruna se tomaría su tiempo buscando el Grial, pues nunca mencionó que su madre le diera una ubicación exacta. Luego, sin duda partiría en busca de un lugar donde esconderlo. Quizá su madre le dio instrucciones para eso también. No lo sabía, pudo haber preguntado, pero seguro ella no habría respondido. Como fuera, estaba cada vez más distante. Y el peligro seguía avanzando.
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Editado: 04.08.2026