La dama y el Grial Ii: El segundo pilar

Capítulo 17: Lagrasse

Atrévete a declarar quién eres.

No hay lejos de las orillas del silencio

hasta los límites de la palabra.

El camino no es largo, pero sí profundo.

No solo debes caminar hasta allí,

debes estar preparado para dar el salto (1)

Agnesa nunca se cortó todo el cabello. Fue lo que esperaron de ella al ingresar a Sainte-Marie de Lagrasse, lo que incluso le exigieron. Entre lágrimas, la joven se cortó las puntas frente a la abadesa, lo hizo hasta los hombros, y fingió que seguiría. La mujer, que quizá era una buena persona y no se regocijó con su dolor, se dio la vuelta y la dejó sola en su miseria. Por eso nunca terminó de arrancarse la bella cabellera que tanto le costó cuidar, y robó aquellas tijeras, escondiéndolas en su celda, para recortar las puntas siempre que podía, dándole forma y manteniéndola hermosa para cuando saliera de allí. Porque, tarde o temprano, iba a salir.

Era evidente para todas sus compañeras que no servía para ser hermana de la abadía. Nunca quiso aprender a escribir, y en verdad nadie en casa intentó educarla. Así que no servía ni para copiar salmos ni para ninguna de las tareas importantes de las monjas más acomodadas. También la pusieron a cuidar el establo, pero en varias ocasiones dejó escapar a los animales, pues se quedaba dormida. No era buena en lavandería ni en el canto. En el huerto, al menos, la hermana Raimona la vigilaba y le decía exactamente qué hacer. Por eso no tuvo más alternativa que quedarse a servir allí, arruinando sus bellas manos.

La historia de cómo Agnesa de Montaut llegó a Lagrasse era bien conocida, y por la misma razón la hermana Raimona no le quitaba los ojos de encima, al igual que la abadesa Clara. Hija menor de un caballero de la zona de Montaut, sin duda esperaron de ella que negociara una alianza provechosa que los pusiera —al menos— un peldaño más arriba entre la nobleza del Mediodía. Pero Agnesa no se engañaba, sabía que su padre era un noble venido a menos, con una casa mal cuidada y una riqueza prácticamente inexistente. Tal vez, con suerte, habría podido contraer matrimonio con algún caballero de Termes, y eso ya habría sido mucha fortuna.

Pero incluso eso lo arruinó con sus actos pecaminosos. Debió ser más cuidadosa, pero en verdad no le importó entregar su cuerpo al escudero de su padre, quien fue molido a azotes cuando todos en Montaut supieron que yacía con la hija de su señor. Agnesa no lloró esa vez, algo que incluso le reclamaron. ¿Cómo era posible que no sufriera por el destino de su amado? Ah, ese era el asunto: ella jamás amó al escudero. Solo se sintió tentada por los placeres que él prometía, y vaya que los disfrutó.

Con la vergüenza encima, su piadosa madre encontró la solución: ingresarla en la abadía de Lagrasse. Nada de unirse a congregaciones de beguinas, dijo mamá, eso no estaba hecho para una pecadora Magdalena como ella. Las beguinas eran libres, y nadie las controlaba. En cambio, entre monjas, al fin aprendería algo de disciplina y podría expiar sus pecados.

Al principio, la joven pensó que esa tonta idea de enviarla de monja no se haría realidad. ¡Esas cosas eran para damas ricas! ¿Cómo pagaría su padre por su ingreso? Seguro tenía unas cuantas monedas, pero sin duda no las gastaría en la hija lasciva que lo había deshonrado. Pero, para su sorpresa, padre escribió a sus superiores, y estos arreglaron su traslado a la abadía. Nunca entendió quiénes eran esos "superiores", pero sin duda eran caballeros nobles, con recursos, que aún tenían consideración por su desgraciado padre.

Como fuera, Agnesa llegó a ese condenado lugar hacía casi dos años, y no había día que no pensara en largarse. Ingresó allí a los catorce, y le desolaba pensar que sus tiernos años de juventud se irían entre esas mujeres piadosas que nada tenían que ofrecerle. Lo que ella quería era un varón, y esos nunca llegaban.

Hacía un tiempo pasó por la granja que administraba la abadía un joven franciscano que pidió algo de agua, y luego nada más. Ni siquiera la miró. Después de él, solo aparecieron sacerdotes mayores, ancianos que le causaban repulsión. Solo una vez, gracias al cielo, apareció un cura algo más joven que los demás, tal vez de la edad de su padre. Y aun así, lo deseó. Aquel sacerdote iba a confesarlas, y ella no se atrevió a hablar de sus deseos impuros. Porque, aunque sintió un fuerte impulso de arrojarse a sus brazos y entregarse al placer, este ni siquiera la miró. No, seguro que le resultaba repelente su velo, su traje negro de mujer entregada a la adoración divina. Nunca volvió a verlo, y ella se ahogaba en angustia.

Y de verdad intentó cambiar, pensando que así lograría apaciguar sus ansias y resignarse. Pero, por más que se castigó y se flageló, por más que rezó hasta el cansancio para apartar aquello de su mente, le fue imposible. ¿Qué iba a hacer entonces? ¿La dejarían salir de allí? Y si salía, ¿lograría casarse? ¿Sería su marido capaz de satisfacer sus deseos? Quizá no, los caballeros rara vez acudían al lecho de sus esposas. ¿Qué podría hacer, entonces? ¿Convertirse de verdad en una simple? ¿Una mujer errante de los bosques? Sin dueño, sin Dios, sin iglesia. Solo huir, y entregarse a la vida.

Ah, pero aquello era tan inútil. Por más que lo pensaba, nunca se atrevía. Aun si lograra escapar de la vigilancia de la hermana Raimona, ¿qué sería de ella? ¿Acaso podría sobrevivir sola en el bosque, sin ningún tipo de ayuda? Si robaba comida, esta se acabaría. Ni siquiera conocía la zona, ¿a dónde iría?




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