La dama y el Grial Ii: El segundo pilar

Capítulo 18: Un nombre

Fue en una abadía de la Orden de Cîteaux

cerca de Lérida, y llamada Poblet,

y un hombre muy valiente era el abad.

Y Dios le hizo cabeza de todo el Cister,

Y este hombre santo, junto a los demás, partió

A tierra de herejes, y así le instruyó (1)

Fue una suerte que no abandonara el campamento de los cruzados, así pudo conocer en persona al famoso Guillaume de Saissac. Según los indicios y lo que su gente averiguó, al parecer el hombre poco o nada tenía que ver con la orden del Grial: lo habían apartado y dejado a su suerte luego de robar todos los libros y documentos que su padre guardaba en su castillo. El caballero se las había arreglado desde entonces, cierto, pero eso no lo colocaba en una posición relevante dentro de la orden.

El legado Arnaldo sabía todo eso, pero no acababa de creérselo. Incluso los Montfort le hablaron de lo distanciado que estuvo de su padre durante los años que Guillaume vivió en París, y durante la visita que Amaury le hizo hacía unos meses, este no encontró nada sospechoso. Si todo lo que se decía era cierto, tenía sentido el resentimiento y rechazo que expresaba aquel hombre hacia los nobles de Languedoc y sus costumbres. Tal vez podría creerlo, entraba dentro de la lógica.

¿Entonces por qué le daba la sensación de que no era así?

—Se está esforzando mucho por convencerme —se dijo mientras caminaba.

Quizá ese hombre podía engañar a muchos con su actitud despreocupada, y Arnaldo conocía muy bien a los de su tipo: todos tontos y fáciles de manipular, ninguno parecía detenerse a pensar demasiado en lo que decía o hacía. Salvo unos cuantos, como Simón de Montfort, habían demostrado ser lo suficientemente astutos como para fiarse de ellos en ciertos aspectos. En cambio, ese Guillaume...

Oh, no. Ese tenía una mirada vivaz y curiosa, buenos modales, y charlaba con naturalidad y confianza. Era listo, eso lo notaba. Más que listo... ¿acaso capaz de engañarlo? No lo creía. Tal vez solo estaba ansioso por todo lo que se avecinaba, por ver enemigos por todas partes. Aquel simple caballero no podía ser su rival. Pero, al menos, ya sabía quién era y cuál era su lugar en la cruzada. Solo habría que vigilar que todas sus palabras fueran ciertas.

Él, en cambio, tenía otros asuntos de los que encargarse.

Si algo lo retuvo en el campamento de Saint-Gilles fueron los pormenores de la guerra y definir, junto a los señores líderes de la cruzada, los próximos objetivos. Béziers seguía siendo una opción tentadora, pero Carcasona también lo atraía, especialmente porque sabían con certeza que el vizconde Trencavel formaba parte de la orden, y era necesario darles a todos una lección. Si uno de los señores principales del Mediodía caía, lo que aguardaba a los otros no sería mejor.

Y sí, a Arnaldo le encantaría encargarse de todos esos asuntos, pero no confiaba lo suficiente en quienes lo rodeaban como para compartir sus verdaderos planes. Oh, no. La búsqueda del Grial le competía solo a él, pues era muy consciente de la codicia que semejante secreto podía despertar, y el legado no estaba dispuesto a compartirlo con nadie. Ese era el problema: mientras llevaba a cabo sus planes, debía seguir al mando de la cruzada en nombre del Papa.

Arnaldo no llegó solo de Roma, varios miembros de la curia lo acompañaban, y los señores lo rodeaban en todo momento. Casi no tenía instantes a solas para meditar, y por más que le pesara, debía delegar algunos asuntos para que nada se escapara. Sin dar detalles, por supuesto.

Presionar al conde de Tolosa era parte de aquello. Tenía que reconocerlo: el difunto y casi santo Peyre de Castelnou lo atormentó lo suficiente como para que comenzara a soltar algunas cosas, pero no le bastaba. Ya lo habían excomulgado, y para darle un respiro, lo volvieron a aceptar en la Iglesia con la condición de que luchara contra los herejes. El conde de Tolosa aceptó a regañadientes, aunque tanto Arnaldo como él sabían muy bien que solo lo pondría al frente para que su propia gente de Languedoc lo odiase por traidor. Luego volvería a excomulgarlo y se desharía de él. Eso, cuando le revelara lo único que hacía falta. Un nombre. Solo un nombre.

Por eso envió a los Montfort y a sus hombres a retenerlo en Aigues-Mortes, una pequeña población con apenas un castillo en construcción y ni siquiera murallas, pero que sirvió como uno de los campamentos cruzados de la comitiva que llegó por el Mediterráneo antes de internarse en el Mediodía. Allí llegó el de Tolosa a postrarse ante sus pies, y de ahí no lo dejaría salir sin el nombre que buscaba.

Arnaldo Alamric dejó atrás Saint-Gilles y partió con prisa hacia Aigues-Mortes, donde esperaba encontrar a un conde más dócil. Dejó en manos de Simón y Amaury la responsabilidad de ablandar a ese condenado y terco hereje. ¿Lo habrían torturado? Y de ser así, ¿le importaba? No, desde luego. Raimon de Tolosa merecía el tormento y el fuego. Tuvo la buena fortuna de encontrarse con un hombre pusilánime y cobarde que cedía al dolor. Y aunque tal vez Simón y Amaury no fueran los más listos del mundo, sí que podían ser crueles. Quería que lo fueran: viles y despiadados, regocijándose en los gritos y el miedo del de Tolosa, humillándolo. Luego llegaría él a tenderle la mano... y a esperar oír el nombre.

Llegó en las primeras horas de la tarde, y nadie se atrevió a detenerlo. Al contrario, vio con regocijo cómo comenzaban a movilizarse para darle una bienvenida digna de su grandeza. Pero Arnaldo no tenía tiempo que perder, su ausencia en Saint-Gilles generaría rumores, y aunque no creía que los caballeros y señores que lo rodeaban fueran lo bastante hábiles para adivinar que tramaba algo, no pensaba lo mismo de los sacerdotes. De estos debía cuidarse.




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