Y oí la voz del Señor que decía:
"¿A quién enviaré? ¿Y quién irá por nosotros?"
Entonces respondí:
"Aquí estoy, envíame a mí." (1)
Del manuscrito de Mireille
El día en que lo encontramos, desperté sabiendo que eso iba a pasar. Aún no me explico cómo ni por qué tuve que ser yo quien tuviera esa premonición. Solo sé que ocurrió.
El camino a la abadía de Lagrasse fue más largo que nuestra estadía, pero podría jurar que cada día en aquel lugar de oración fue más intenso que cualquier otro. Apenas sentíamos que las horas pasaban, como si cada momento estuviera ocupado en la misión que nos llevó allí. Y si no estábamos en eso, el estilo de vida de las monjas nos absorbía, haciéndonos partícipes de las oraciones diarias, las labores, las lecturas. Nunca me sentí tan cercana a Dios como en esos días.
Como era de esperarse, le asignaron una habitación a mi señora, una que en realidad parecía un pequeño claustro. Nos acomodamos como pudimos: solo ella y una de nosotras podían entrar en el lecho, así que Valentine y yo compartíamos el espacio, una cada noche. Nuestras pertenencias eran escasas, pues dejamos la mayoría en el camino cuando decidimos hacernos pasar por varones. No vestíamos como monjas, pero nos entregaron vestidos sencillos y recatados, con velos incluidos, a los que aprendimos a adaptarnos.
En ocasiones, tuve que quedarme a servir en los quehaceres de la abadía, lo cual no representaba ningún fastidio, pues eran labores que ya conocía como doncella. Bruna estaba ocupada todo el día, y era preferible que una de sus acompañantes hiciera el trabajo en su lugar. El resto del tiempo se consagraba a la liturgia de las horas. Si bien no estábamos allí para rezar, debíamos aparentarlo. Al menos en las laudes, las vísperas y las completas no podíamos ausentarnos.
Y, como la presencia de Peyre Vidal fue aceptada en ciertas partes de la abadía, él nos acompañaba cada vez que salíamos fuera de sus muros. Eso no sucedía a menudo, a veces teníamos que pedir permiso a la abadesa para que lo dejaran entrar, solo para que ayudase a mover algunos muebles y facilitar así la búsqueda.
Como podréis imaginar, gentil lector, la búsqueda se volvía cada vez más difícil. Podía haber cientos de lugares donde el Grial se escondiera, pues la abadía era enorme. Y eso sin contar los jardines, los campos de cultivo, los alrededores... Había demasiado por revisar, así que empezamos de adentro hacia afuera. Siempre, antes de iniciar una búsqueda, nos tomábamos de las manos para rogarle a Dios que nos guiara.
Pero cuando los días empezaron a pasar sin que halláramos ni una sola pista, Valentine y yo nos preocupamos. A veces compartíamos nuestras inquietudes con el trovador, pero él solo podía decirnos que tuviéramos paciencia, que era imposible que el Grial se perdiera en ese lugar. Nuestra señora, en cambio, no se dejaba vencer por el desaliento. Decía que el Grial aparecería cuando llegara el momento, y que si aún no lo encontrábamos, era porque la voluntad divina era que no se revelara todavía. Pasaría cuando tuviera que pasar.
La abadesa, por su parte, dio la orden de que se mantuvieran alejados de nosotras y que no hicieran preguntas. Desde la primera noche dejó claro que todo lo que mi señora hiciera contaba con su autorización, y nadie debía interrumpirla. A muchas monjas les extrañó semejante disposición, pero en general no hubo cuestionamientos. La única que se acercaba a curiosear de vez en cuando era la joven monja Agnesa, y aunque al principio a Valentine y a mí nos fastidiaba su presencia, Bruna decía que no era necesario ser hostiles, pues esa monja nunca podría imaginar cuál era su verdadera misión, por lo que no representaba un problema.
Lo cierto era que los días pasaban sin novedades. Ni en los jardines, ni en las capillas, ni en los claustros solitarios. Nada se revelaba. La abadesa a veces nos acompañaba para mostrarnos alguna parte poco usada y descuidada, donde tal vez se habría ocultado algo hacía mucho tiempo, y que pudo ser un refugio para la señora Marquesia. Pero eso tampoco daba frutos.
Seguimos buscando en los alrededores: el campo, el granero... Llegué a pensar que sería imposible hallarlo, si es que de verdad estaba allí. Mientras nosotras desesperábamos, Bruna se mantenía firme y serena. Decía que no podía ser de otra forma: si su madre hubiera querido que el Grial fuera descubierto por cualquiera, las cosas habrían sido más fáciles. Pero no era el caso, y ella solo esperaba una señal divina. A esas alturas, todas lo hacíamos.
Por eso, cuando me levanté con la certeza de que ya todo estaba por acabar, supe que ese era el día. Convencida de que Dios actuaba de formas misteriosas, me dije que aquella seguridad repentina no era otra cosa que una señal del cielo que debía seguirse. Tras las oraciones de las laudes, solicitamos permiso para que se abrieran las puertas de la abadía. Era sábado, y nadie trabajaría en el campo de cultivo, así que tendríamos libertad para movernos a nuestras anchas.
Al salir, Peyre ya nos esperaba, ansioso por nuestra compañía. En ese momento, al cruzar miradas, creí que todos lo sabíamos: ese era el día.
Empezamos por revisar el terreno cercano a la abadía, pensando que quizá el secreto podía estar enterrado en alguna parte, bajo una piedra. Pasamos casi todo el día en ello, incluso merendamos afuera, pues no queríamos interrumpir la búsqueda. Poco antes del atardecer, casi nos habíamos rendido.
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Editado: 04.08.2026