La dama y el Grial Ii: El segundo pilar

Capítulo 20: Donde el suelo cede

La impresión dominante que deja

la imagen de estas poblaciones

Es la de felicidad.

¡Qué golpe debió de ser para ellos el primer golpe de terror! (1)

La noticia de que la dama Marquesia se retiraba de la abadía tomó por sorpresa a varias, especialmente porque creían que su estadía sería prolongada. En Lagrasse no recibían noticias constantes del exterior, pero si la guerra que llevó a los francos a tierras del Mediodía había comenzado, ¿por qué la dama querría marcharse tan pronto? ¿Acaso no estaría más segura allí?

Para Agnesa, era evidente que había venido a buscar algo, y fuera lo que fuese, ya lo había encontrado. Desde luego, resultaba extraño, y por más que le carcomiera la curiosidad, no lograba averiguar nada. Las doncellas de la dama eran muy rígidas; no permitían que nadie se acercara al claustro de su señora. Y ni hablar de la dama, que se había vuelto aún más distante.

Si en algún momento se esforzó por ser amable con ella, pronto quedó claro que se mostraba altanera y despectiva. ¿Sería a raíz de su discusión en la iglesia? ¡Ah, pero si fue ella quien empezó a menospreciarla! ¿Acaso pensaba que se quedaría callada, soportando todo? Por más noble que fuera, Agnesa no lo toleraría.

Ella sabía muchas cosas de esa Marquesia. Estaba segura de que buscaba un tesoro enterrado, y que ya lo había hallado. Pero también sabía que era una furcia desvergonzada, lo había visto con sus propios ojos. Aquel día en que discutieron, la vio correr de regreso a su habitación, así que decidió seguirla. Quedó muy sorprendida al descubrir lo que ocultaba en su claustro: al mismísimo Peyre Vidal.

Lo vio salir a hurtadillas, nervioso, consciente de su falta. ¿Qué hacía allí? Entró a pesar de la prohibición de la abadesa. Y no solo eso, sino que se metió al lugar donde la dama dormía. ¿Quién sabe para qué perversidades...? Oh, bueno, ella sí lo sabía. Solo pensarlo la hizo estremecer.

Consideró confesarse cuando llegara el sacerdote, pero ¿cómo iba a explicarlo? ¿Cómo admitir que no dejaba de pensar en esos dos yaciendo juntos? Por más que detestara a la dama, la veía bella. Imaginaba su cuerpo suave y desnudo, montando al trovador. O a él sobre ella. Y esas imágenes la humedecían, porque deseaba, con todas sus fuerzas, ocupar el lugar de la dama con el hombre... o el del hombre con la dama. Tan bonita que era, tan suave. Cuando era más joven, antes de yacer con el escudero de su padre, solía meterse en la cama con su doncella para entregarse a placeres secretos. ¿Y si pudiera...? ¿Y si la dama le permitiera bajar sus faldas?

Le daba rabia pensarlo, porque sabía que Marquesia jamás consentiría algo así. La despreciaría, le sería aborrecible la sola idea. Entonces, tal vez, debía concentrarse en el hombre. Ellos eran más fáciles de domar. Seguro que él disfrutaba de la dama, pero no rechazaría un entretenimiento adicional. Además, ¿no sería maravilloso ser la mujer del gran trovador Peyre Vidal? Aunque solo fuera por una noche.

Y el tiempo se le agotaba. La dama y sus siervas partirían al amanecer. Tras el oficio, vio que Marquesia y la madre Clara se retiraban a las estancias privadas de esta, tal vez para cenar juntas y despedirse, como era propio. Las doncellas de la dama seguían en su puesto, vigilando el claustro. Entonces, el trovador debía de estar solo. Esa tenía que ser la noche; si no lo intentaba, se arrepentiría el resto de su miserable vida. ¿Cuándo volvería a tener tan cerca a un hombre tan bello y limpio?

Agnesa esperó a que más hermanas se retiraran, y pronto se escabulló del claustro que compartía con otras, apenas notó que su compañera se quedaba dormida en medio de las oraciones. Se movió con cautela hasta llegar a la zona exterior, donde en tiempos mejores se alojaban algunos sirvientes no pertenecientes al clero. Allí debía de estar Peyre. Aprovechando la discreción que ofrecía la noche, la monja corrió tan rápido como pudo hasta la puerta del lugar.

Al observar a través de una rendija, notó que había dos estancias, y que el trovador se hallaba en la del fondo. Escuchaba una melodía suave, arrulladora. Estaba tan concentrado con su vihuela que, probablemente, no la notaría entrar. Empujó la puerta y la cerró tras de sí, pero esta hizo ruido. La música cesó, y Agnesa contuvo la respiración.

—¿Quién anda allí? —preguntó Peyre—. ¿Valentine? ¿Mireille?

No supo qué responder, así que se quedó quieta, aguardando. Alertado, el trovador caminó hacia la estancia donde ella ya lo esperaba, y frunció el ceño al reconocerla.

—¿Hermana Agnesa? ¿Acaso sucede algo?

Ella lo miró fijo, sabiendo bien que el hombre, a esas alturas, debía de sospechar sus intenciones. Agnesa avanzó, y él retrocedió un paso. La muchacha sonrió, segura de su triunfo. Desde que llegó a la abadía, había aprendido que ningún amor se comparaba al de nuestro Señor Jesús, y que las mujeres hacían bien en renunciar a la carne para honrarlo. Eso lo sabía. Pero no era amor lo que venía a buscar en Peyre. Buscaba un placer que a ninguna mujer debería serle negado.

—Vine por vos, Peyre —dijo, fingiendo una voz inocente.

—Esto es inadecuado. Quiero descansar, por favor, retírate —contestó él con calma. No le creía. Los hombres solo se dominaban hasta cierto punto. Luego, eran bestias ansiosas de placer.

—Pero, Peyre... —murmuró ella, avanzando. Era una jugada arriesgada, pero decidió mostrarse tal como era, revelarle todo lo que podía poseer.




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