La dama y el Grial Ii: El segundo pilar

Capítulo 21: Decisiones

Señores... preparaos todos

tomad las armas.

Los francos llegarán hasta vuestros fosos,

querrán arrebataros el agua... (1)

La lluvia no cesó hasta bien entrada la noche. En la cueva del eremita, Bruna y sus acompañantes pudieron alimentarse y descansar. Fue una suerte que solo algunas de las tablillas sagradas del Secreto se mojaran, pero nada irremediable ni que no pudiera secarse con rapidez. Pusieron sus ropas húmedas junto al fuego que el morador de la cueva había encendido y se acercaron todos para calentarse.

En silencio, compartieron su comida con el hombre santo, quien se mostró agradecido por lo que, sin duda, era un banquete tras tantos años de privaciones. Aun así, comió solo lo necesario y luego se apartó del grupo para entregarse a sus reflexiones. Por respeto al ermitaño, guardaron silencio cuanto les fue posible, y solo hablaron en murmullos cuando fue necesario.

A esas alturas, con la lluvia cayendo sobre ellos, no podían hacer otra cosa que esperar el amanecer. Abelard estuvo de acuerdo, pues al templario le pareció que estaban a salvo, y si el Señor había puesto al hombre santo en su camino, era por una buena razón. Ya entrada la noche, mientras la lluvia comenzaba a suavizarse, las doncellas prepararon todo para dormir, aunque era evidente que sería difícil conciliar el sueño en un lugar así.

Bruna, por supuesto, se sintió incómoda al principio, pero el cansancio era tal que pronto dejó de pensar en ello. Lo que ocupó su mente durante toda la noche fue el asedio a Béziers y la guerra que se avecinaba. La angustia la mantuvo en vela, aunque tuvo tiempo suficiente para rezar en silencio en busca de una respuesta. En el fondo, ya la conocía, pero aún sopesaba sus opciones. No iba a arriesgar toda su misión sagrada por lo que tenía en mente, aunque también se repitió varias veces que era lo correcto, que debía seguir los designios divinos que se le presentaban. ¿O acaso no era una señal que el cielo hubiese empezado a llover, impidiéndoles llegar a Lastours ese día?

Cuando al fin logró dormir, lo hizo profundamente. Y soñó. Una, o varias voces —los ángeles del cielo— le decían que fuera donde tuviera que ir, que así también cumpliría su misión. Al abrir los ojos, Bruna notó que aún no amanecía, pero el cielo ya empezaba a aclarar. A esa hora, el único que estaba despierto era el ermitaño, pues hasta Abelard había sucumbido al sueño.

La dama se incorporó, se abrigó un poco y se acercó al padre eremita. Aún tenía muchas dudas, o quizá solo era el miedo de aceptar su destino. Por eso se arrodilló junto al hombre, quien la miró con atención.

—Buen hombre, solo deseo hablaros de mis temores y recibir vuestro consejo. No es necesario que me respondáis con palabras, bastará con que asentáis o neguéis. ¿Podéis escuchar mis dudas?

El ermitaño asintió, y entonces Bruna continuó.

La observó con atención mientras compartía aquello que la había atormentado durante la noche. Tal vez la decisión ya estaba tomada, y solo necesitaba que alguien ajeno a todo eso, alguien neutral, le diera su aprobación. Cuando terminó de hablar, el ermitaño ya tenía su respuesta.

Asintió, y nada más.

"Sí, hazlo", eso quiso decir. Bruna esbozó una leve sonrisa y agradeció. Aún tenía miedo, pero sabía que era lo que debía hacer.

Mientras sus compañeros de viaje dormían, rezó en silencio, buscando la fortaleza que sabía le hacía falta. Uno a uno fueron despertando: primero el templario, alarmado por haberse quedado dormido; luego Mireille, y finalmente Peyre y Valentine. Cuando los primeros rayos del sol comenzaron a iluminar el día —sin duda era la hora prima—, se sirvieron los alimentos y se prepararon para partir.

Y Bruna, que ya sabía lo que debía hacer, esperó un momento antes de hablar. Tenía claro que todos se opondrían, al menos al inicio. Pero debía imponer su voluntad; no iba a ceder. Con o sin el apoyo de su grupo, llegaría a Béziers.

—No saquen nuestra preciada carga de aquí —ordenó. Las miradas se tornaron extrañadas—. Acompañadme, yo los ayudaré a esconderla en la parte más oscura de la cueva, a salvo de cualquier mirada.

—Mi señora, no entiendo... —murmuró el templario. El resto se había acercado, con rostros interrogantes.

—Vamos a esconder el Secreto aquí. Solo por unos días. Luego volveremos y lo llevaremos a Cabaret, tal como lo habíamos planeado.

Se hizo el silencio. Por supuesto que querían explicaciones.

—¿Por qué, mi señora? Si se nos permite saberlo —preguntó Mireille. Ella asintió.

—A donde iremos no es seguro. No es sitio para algo tan valioso. Iremos solo nosotros, y no llevaremos más que lo indispensable.

—Pero en Cabaret hay muchos guardias. Sin duda nos están esperando, señora. Claro que es seguro —intervino Valentine.

—No vamos a Cabaret. Vamos a Béziers.

Nadie dijo nada. De seguro lo intuyeron. Y, antes de que pudieran oponerse, continuó:

—Soy la dama de Béziers. Es mi deber estar al lado de mi padre y de mi primo, al menos hasta que pase la primera semana del sitio.

—Mi señora, por favor, no lo hagáis. Os ruego que desistáis —intervino Peyre, buscando su mirada—. Ni siquiera es seguro acercarse. Está rodeado de francos. El ataque puede empezar en cualquier momento, y nada nos garantiza que logréis escapar si la situación empeora.




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