Habéis oído cómo la herejía
creció tan intensamente (¡maldito sea el Señor Dios!)
que afectó por completo Albi en su jurisdicción,
Carcasona, el Lauragués en su mayor parte.
Desde Béziers hasta Burdeos, así tenía su camino (1)
La decisión empezó donde se bifurcaban los caminos. Amaury sabía que, si se equivocaba, perdería todo rastro de Bruna de Bérzies. Y, con ello, su camino a la libertad. No le quedaba otra que dividir a su grupo y esperar que los del otro lado fueran lo bastante astutos como para no perderle la pista a esa condenada dama. Lo único que debía hacer era evitar que hallara refugio tras las murallas de alguna villa, en especial Cabaret. Sabía que, si llegaba allí, ni Dios podría sacarla.
—¿Ahora a dónde, señor? —insistió su escudero Pierre, y el caballero lo miró de lado con fastidio.
—Cierra la boca, tengo que pensar.
Pero no había mucho que pensar: o era un camino, o era el otro. ¿A dónde iría ella? ¿Cómo decidir algo así? Tal vez no debía dejárselo solo a la razón, sino a la Providencia. Después de todo, estaba allí en una misión sagrada para la cristiandad, y era Dios quien guiaba sus pasos. Amaury suspiró, miró al cielo y se persignó. Al notar que para su señor era un momento solemne, los demás —incluso la monja— hicieron lo mismo.
—Fiat voluntas tua, Domine, et duc me in via recta —dijo en latín, mirando al cielo. Sus días de orar en la lengua común se habían acabado, eso se lo dejó muy claro el legado Arnaldo. Dios solo escucharía plegarias en la lengua civilizada, y él necesitaba más que nunca orientación.
No apartó los ojos del cielo, y así lo vio. Las nubes avanzaban hacia el este, casi en línea recta. En dirección a Béziers. Sonrió y volvió a persignarse, pues el Señor oyó su plegaria y respondió sin tardanza.
—Gratias tibi ago, Domine. —Y, volviendo al plano terrenal, Amaury apretó las riendas de su caballo y lo hizo girar hacia el este—. Pierre, tú y Agnesa vienen conmigo. Tú también, Philippe —le dijo a uno de los soldados de la guardia de los Montfort—. El resto va camino a Lastours. Hughes, tú estás a cargo. —El soldado al que habló ya estaba entrado en años y siempre había servido directamente a su padre. Era un viejo zorro, no lo dudaba. Si alguien que no fuera él iba a encontrar a la condenada Bruna, sería Hughes—. Cualquier señal de la dama, o cualquier indicio que consideres necesario para que tuerza el rumbo, enviarás a alguien a avisarme de inmediato.
—Como ordenéis, señor —respondió este con firmeza.
—Ahora, en marcha.
Se despidieron sin más formalismos, al menos él tenía que darse prisa. Si Bruna iba hacia Béziers, había varias formas de entrar en la villa, y debía dar la voz de alarma para que la interceptaran. "Pero ¿y si no es Béziers a donde se dirige?", pensó de pronto con cierto temor. En la ruta también estaban Carcasona y, más allá, Montpellier. Quizá el nombre que eligió para usar durante su estadía en la abadía debería decirle algo. Chasqueó la lengua, y las dudas volvieron. El Señor ya lo había ayudado una vez, no podía esperar que respondiera a su llamado a cada momento. A partir de ese instante, tendría que resolver por sí mismo.
Después de cabalgar media jornada, el caballero ordenó detenerse. Mientras el soldado y Pierre se alimentaban, Amaury miró el camino. Era curvo, pero único. El mismo llevaba a Carcasona, Béziers y Montpellier. Lo único que le quedaba era ir con cuidado y prestar atención a cualquier señal. Después de todo, el Todopoderoso obraba de diversas formas, y a veces sus respuestas estaban allí para quien quisiera verlas.
Primero, pasaron Carcasona a lo lejos. Los ejércitos de los hombres del Mediodía se reunían allí, y era mejor no tentar la suerte. Luego, al acercarse a Béziers y notar que estaba tan rodeada de ribaldos, gentuza y soldados, le resultó difícil creer que una dama se arriesgara a entrar en la villa: todos la verían, llamaría la atención. Eso, sin duda, no era algo que la desgraciada Bruna deseara.
—Señor...
La voz de la monja, que iba en el caballo detrás de Pierre, llamó su atención. El caballero se giró y vio lo que la joven señalaba. Era un muchacho, un crío de unos doce años, a lo mucho. Parecía un pastor o tal vez un simple campesino. No entendió a qué rayos se refería la monja hasta que notó por qué el mocoso jugueteaba tan alegre: tenía una moneda, que brilló cuando el sol se reflejó en ella.
—Deténganlo —ordenó sin titubear.
El escudero y el soldado lo rodearon con sus caballos, y el muchacho se vio acorralado, sin oportunidad de escapar. Amaury bajó del caballo y, antes de que el chiquillo pudiera responder o siquiera pedir auxilio, lo tomó del cuello con firmeza y le quitó la moneda de la mano. No era una que usaran los francos: claramente, se trataba de una moneda del Mediodía. Del tipo que solo daría un noble de esas tierras. O una dama bien posicionada.
—¿Quién te dio esto? —preguntó, ahora tomándolo de los cabellos. El chiquillo lloriqueó, pero Amaury le dejó muy claro que lo lastimaría de verdad al echarlo a un lado y sacar una daga con descuido.
—Non sai ren, senhor, laissetz-me! —El caballero arqueó una ceja. Si bien hablaba algo de oc, la forma rápida y campesina, tan vulgar y ridícula con que lo dijo, lo hizo incomprensible.
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Editado: 04.08.2026