"Pues había estudiado esta ciencia durante largo tiempo
y supo que el país iba a arder ser saqueado
a causa de la loca creencias que se había instaurado en él" (1)
Era domingo por la tarde y, siendo el día del Señor, no podían atacar. Arnaldo no lo veía como una desventaja, sino como una oportunidad de organizarse. La misa de la mañana fue maravillosa; incluso podría jurar que cada persona en el campamento participó en ella, que oraron al escuchar sus palabras llenas de fervor y que sus pechos se hincharon de valentía cuando les repitió que no debían temer: eran ellos quienes lucharían en nombre de Dios y, si así murieran, el Señor Jesucristo los recibiría en el cielo. Solo grandezas les esperaban, y estaba en ellos tomarlas, por la gloria de Dios.
Luego de la misa, Arnaldo ordenó que se afinaran los preparativos para el asedio y dejó muy claro que estaría presente durante la reunión en la que los señores hablarían de la forma de hacer la guerra, y que sería él quien diese la aprobación. Cierto era que el legado papal poco sabía de asedios, pero tenía muy claro que su objetivo estaba tan cerca, casi en sus manos, y no podía permitir que una panda de insubordinados lo arruinara. Ya le había confiado a Amaury sacar a Bruna a salvo de Béziers, así que solo le quedaba creer que ese caballero haría su parte, si de verdad deseaba su ansiada libertad.
Mientras el día transcurría con calma, las cosas se torcieron cuando, hacia el mediodía, anunciaron la llegada de emisarios del vizconde Trencavel. Era precisamente eso lo que menos deseaba y lo que no pudo evitar. Odió a ese condenado príncipe hereje más que antes, pues no tenía ningún derecho no solo a irrumpir en el día del Señor, sino a arruinar su reputación. Todos sabrían que el joven vizconde había tratado de negociar y de evitar esa situación o, al menos, retrasarla.
Pero para Arnaldo no había marcha atrás. No había nada que negociar, nada evitaría que los cruzados atacaran Béziers y quemaran hasta la última piedra. Eso Trencavel lo sabía. Había que ser ingenuo para pensar que un ejército tan grande daría marcha atrás cuando ya estaba todo listo para el ataque. Y, si Bruna no hubiera estado allí, si esa no hubiera sido la villa de la dama, tal vez habría aceptado. Pero esa oportunidad ya había pasado, pues pronto todos sabrían que los emisarios del vizconde fueron a verlo y que no quiso recibirlos. Lo percibirían como una injusticia contra un señor al que tanto apreciaban, y como una muestra de que él, como legado papal, no quería escuchar al pueblo de Provenza, aunque fueran cristianos. ¿Y si esos rumores llegaban al Papa? Pasaría, sin duda. Pero confiaba en que, para entonces, ya tendría lo que deseaba y no necesitaría más a la Iglesia de Roma.
Una vez que los hombres de Trencavel se fueron, casi echados como perros del campamento, Arnaldo asumió que tendría que soportar las consecuencias de sus decisiones. Incluso vio a algunos señores descontentos, pensando que quizá en esa negociación Trencavel habría ofrecido oro y tesoros para que dejaran en paz su villa, que podrían posponer el saqueo unos días más. No estaba dispuesto a ceder, y menos a permitir que un grupo de hombres que apenas sabían leer definiera sus planes. Así que, al caer la tarde, se preparó para acudir a la reunión e imponer su voluntad.
Lo vistieron con sus mejores galas, tal como había ordenado. Vestía casi como si estuviera en Roma, ante el Papa, en el día de San Pedro y San Pablo. Caminó seguido de los prelados que llevaban inciensos y recitaban cánticos a su paso. Más de uno se persignó, otros bajaron la cabeza, y algunos huyeron. Miedo o respeto, no le importaba: debía imponerse. No podían verlo como a un sacerdote más, no era un hombre al que pudieran relegar a un segundo plano. Él era el líder espiritual y el líder absoluto de la cruzada. Ya no iban a dudarlo.
La procesión terminó justo antes de entrar en la tienda donde se reunían los señores. Le abrieron el paso, aquellos hombres —condes, marqueses, barones y otros de mayor abolengo— inclinaron la cabeza ante él, para luego hacer la señal de la cruz.
—Hijos míos, en este momento que anticipa la guerra santa en nombre del Señor, he venido a ser vuestra guía y vuestra fuerza. Por la gloria de Dios, se hará todo como ha sido dispuesto, y vosotros, los brazos fuertes que escogió el Altísimo para liberar Provenza de la herejía, triunfaréis. Ahora, hijos de Dios, contadme vuestros planes.
—Amén... —respondió primero y con más fuerza Simón de Montfort. El resto lo imitó, y Arnaldo mantuvo la postura solemne y seria, aunque sabía que su mirada podía delatarlo. Satisfecho era poco decir, extasiado, tal vez, era una palabra más cercana. Nada se comparaba al placer de tenerlos a todos a sus pies, esperando sus designios.
Mucho de lo que escuchó al inicio ya lo suponía. Atacarían a la primera luz del alba, como era costumbre. Las fuerzas se concentrarían en la entrada principal, pero no descuidarían las otras puertas. Sabían que todas estarían reforzadas, aunque tal vez alguna cedería con mayor rapidez. Los señores de la guerra lo dudaban: según contaron los espías, los muros principales de Béziers habían sido reforzados, incluso el puente principal. El asedio podría durar meses, quizá hasta el final del verano.
Estaban preparados para resistir, dijeron. Y, si tomar Béziers tomaba más tiempo del esperado, las tropas se dividirían para atacar las otras villas de Trencavel. Nadie pensaba irse sin botín, eso estaba claro. Si tenían que lanzar pestes y cadáveres podridos tras los muros de la villa, lo harían. Pero Béziers iba a caer, así lo habían decidido. No se irían con las manos vacías, y Arnaldo sabía que no podía ser de otro modo. ¿Cómo, si no, recompensaría a todos esos caballeros por su sacrificio? Sí, querían el perdón y la entrada al cielo, pero también deseaban gozar en vida, algo que no podía negarles.
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Editado: 04.08.2026