Que Dios reciba sus almas, si así lo desea, en el paraíso
¡Pues tan horrible matanza ni en tiempos de sarracenos se ha visto!
No creo que si hiciera antes
Ni que nadie lo hubiese permitido...(1)
Primer día de ataque
Del manuscrito de Mireille
En el Palacio vizcondal, la noticia de la llegada de Bruna fue tomada con sorpresa. Cuando bajé a recoger la comida de la cocina para mi señora, varias de las sirvientas me lo comentaron. En lugares donde los siervos abundan, una se entera de todo. Y cuando Bruna me enviaba por su comida, sé que me mandaba a por noticias también, así que empecé a conversar e indagar.
—No pensamos que el marido de la señora la dejaría venir —me comentó la cocinera mientras preparaba el plato para Bruna—. ¿De verdad el señor de Cabaret lo consintió?
—No fue exactamente así —contesté sonriendo a medias, lo que despertó más murmullos pícaros.
—Se escapó entonces, ¿no? —comentó otra de las criadas, una mayor a la que conocíamos de toda la vida—. ¡Ah, Dios bendiga a la niña Bruna! Yo sabía que ella aparecería por aquí, pues nunca quiso irse en verdad.
—Liset, por el amor de Dios —le espetó la cocinera, dándole un golpe en la parte trasera de la cabeza—. ¿Acaso esperabas que la señora viniese aquí a ponerse en peligro?
—Todas estamos en peligro al final —comenté, para evitar que se siguiera especulando al respecto—. Aquí, en Cabaret, en todas partes. Los cruzados dicen que no se irán hasta destruir todo, y seguro que así será.
Yo suspiré, y ellas acabaron imitándome. No había certezas de nada, y se suponía que la villa iba a resistir un asedio largo, o al menos eso esperábamos. Teníamos planeado irnos el siguiente domingo, pero las criadas del castillo podían acabar muertas si la providencia decidía darles el triunfo a los cruzados.
En medio del silencio, la puerta trasera de la cocina se abrió, y apareció una persona que solía conocer: una doncella de Bruna, ocasional en sus llegadas a Béziers, y que servía en el Palacio casi todo el tiempo.
—¡Kaysa! —exclamé, pues era una gran sorpresa ver a la muchacha, y además acompañada.
En su espalda, envuelto en mantas, cargaba a un bebé. Y detrás de ella iba un hombre enorme y de aspecto fiero que acabó por asustarme. No porque él quisiera, sino porque su porte aguerrido me tomó por sorpresa. Los criados del Palacio no eran así, ni los soldados lucían como él.
—Hola, Mireille —dijo ella, acercándose y sonriéndome a medias. Al notar adónde se dirigía mi mirada, la joven se apresuró a explicar—. Mi bebé, Caleb. Y mi marido, Encarni.
—Un gusto —susurré yo, y el enorme marido hizo un gesto amable. No la veía desde el invierno pasado, y ni siquiera supe que había contraído santo matrimonio. No era algo común entre las criadas, así que supuse que podía alegrarme por ella.
—¿Y bien? ¿Tuviste suerte? —preguntó la vieja Liset, y Kaysa ladeó la cabeza.
—No hay forma de entrar allí, está todo lleno de señoras y niños. Pensé que llegaría a tiempo, pero...
—¿De qué hablan? —pregunté yo con curiosidad, y Kaysa me miró.
—La catedral y la iglesia de La Magdalena —explicó la doncella—. El señor Bernard ordenó que las mujeres y los niños encontraran refugio en las iglesias. Dijo que, si pasaba lo peor, los cruzados no se atreverían a profanar los templos de Dios y todos estarían a salvo.
—Oh, por supuesto, tiene todo el sentido —comenté—. ¿Pero dices que ya no hay sitio? —Kaysa asintió.
—Al menos no un sitio cómodo, podría intentar dormir en el suelo. Luego pensé: ya tengo un espacio aquí, puedo seguir trabajando. —Yo asentí.
Por un instante pasó por mi cabeza que sería una buena idea que Bruna y nosotras nos refugiáramos allí, pero también tuve la seguridad de que mi señora se negaría. Ella se arriesgó a ir hasta Béziers por su padre, y nada la apartaría de su lado.
—Listo, Mireille —interrumpió la cocinera, colocando la cesta con la comida sobre una mesa—. Puedes llevarle esto a la señora. Estoy preparando el caldo que tanto le gusta, pero tomará un rato más. Puedes bajar a recogerlo luego.
—No te preocupes por eso, Mireille. Yo iré a llevarlo —se ofreció Kaysa, y yo asentí. Me apenaba verla con el bebé a cuestas, y aún sirviendo. Su marido de seguro quería llevársela de allí y protegerla, pero, tal como estaban las cosas en aquel momento, había pocas posibilidades.
—Entonces, nos veremos luego —comenté yo, tomando al fin la cesta y emprendiendo el camino a la habitación que ocupaba mi señora.
Tal como imaginé que sería, apenas le comenté a Bruna que las damas estaban refugiándose en las iglesias, y que quizá su padre quería que hiciéramos eso, ella negó con la cabeza y fue tajante al respecto.
—A pesar de estar casada, sigo siendo la señora de esta villa —nos explicó a Valentine y a mí—. Y como señora de Béziers no puedo abandonar el Palacio vizcondal y menos a mi padre, mi deber está aquí. Mi deber es aguardarlo cuando marche a la batalla y, por la noche, curar sus heridas. Yo no me moveré de acá, eso no entra en discusión.
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Editado: 04.08.2026