La dama y el Grial Ii: El segundo pilar

Capítulo 25: Lágrimas

Quemaron la ciudad, a las mujeres,

a los niños, a los viejos, a los jóvenes

y a los curas cantando misa,

engalanados con vestimentas litúrgicas...(1)

Llorar no era terrible, pues hasta Cristo lloró. Y él tuvo que hacerlo, porque todas las certezas que jamás quiso ver con claridad se habían revelado, al fin, ante sus ojos. No los ojos del cuerpo, lo entendió con una claridad jamás experimentada. Eran los ojos del alma, pues de pronto comprendió que el instante previo a la muerte era también el momento en que el hombre sentía el alma. La sintió, la rozó, y dolió. El fin... El fin se le escapaba por los ojos llenos de lágrimas.

Las lágrimas resbalaron por su rostro. Ese era el fin de su vida, y solo quiso poner a salvo a su hija. Tampoco resistió el impulso de abrazarla por última vez. Al menos moriría sabiendo que ella estaría a salvo, era lo único que le quedaba. Pobre de su Bruna, iba a quedarse sola en el mundo. Huérfana de padre y madre, pero al menos tendría a Luc. Los últimos de su linaje, los pequeños frutos de un árbol cuyas ramas ya estaban secas.

Quería recordarla en sus últimos instantes, quería pensar en ella cuando le dieran muerte. Antes de que Bruna se fuera, Bernard la contempló, y ambos se quedaron mirándose a los ojos durante un instante.

Bruna se estremeció. Pudo sentirlo. Ella también supo que sería la última vez que vería a su padre. ¿Cómo podía una sola mirada revelar tanto? Porque habría jurado que vio en aquellos ojos el dolor agudo de la certeza de su muerte, un dolor que le estrujó el corazón. Quizá fueron solo las lágrimas las que la hicieron ceder, y se dejó llevar a rastras. Dejó atrás a Bernard de Béziers para siempre, y eso a él lo llenaba de calma. No la salvó porque fuera la dama del Grial; lo hizo porque era su hija con Marquesia, y la amaba.

Una vez que Luc logró llevarse a Bruna y a sus doncellas, él se apresuró a dar órdenes. Las puertas del palacio vizcondal se cerraron tras él, y sus hombres lo siguieron a la batalla. Tiempo, eso era todo lo que tenía que ganar para Bruna y para cualquiera que aún pudiera escapar. Sabía que ya todo estaba perdido.

Los gritos que le llegaban eran aterradores: solo desesperación y miedo. El corazón le latía con violencia, respiraba agitado, y quienes lo seguían apenas podían mantenerse firmes. Uno de ellos le entregó otra espada, y avanzaron listos para morir luchando.

¿Cómo había pasado todo aquello? No lo entendía. La batalla, la verdadera batalla, estaba del otro lado. Él mismo vio cómo el legado Arnaldo, a lo lejos, bendecía las armas. Vio los estandartes, a los grandes señores de París, la formación de los hombres, los caballeros. Las otras puertas tenían orden de mantenerse vigilantes. ¿Qué fue lo que falló? Porque, al menos, lo único que él alcanzó a ver fue a aquella gentuza que llamaban ribaldos. Esos malnacidos fueron los primeros en entrar en su villa.

El caos se había desatado en poquísimo tiempo. Lo comprendió en cuanto comenzaron los incendios y contempló, desde los peldaños más altos del palacio, lo que sucedía. No querían tomar la ciudad, querían matarlos a todos. Esa había sido la orden, tal vez: sembrar el caos, acabar con los orgullosos biterrois que ni siquiera quisieron recibir al legado papal. Una lección, eso era.

Bernard no sabía qué le causaba más dolor: que su hija fuera a quedarse huérfana, o haber sido tan estúpido como para dejar descuidada una puerta y permitir que aquellos miserables lograran entrar.

Se suponía que debían acudir a defender a la gente, a su gente. Pero solo retrocedían. El fuego avanzaba, y los pillos ribaldos, que al principio habían sido fáciles de matar, de pronto ya no estaban. Ellos se dedicaban a crear el caos, no les importaba otra cosa que saquear y matar. Quienes ocuparon su lugar fueron los otros, los verdaderos hombres de armas, entrenados para la guerra. Y contra ellos poco podía hacer.

Aun mientras luchaba con las últimas fuerzas que le quedaban, Bernard no podía creer que aquello estuviera sucediendo de verdad; que esos gritos de dolor fueran los de su gente, que todo se estuviera quemando, que las personas fueran arrojadas desde los techos de sus casas para morir como animales, aplastadas contra el suelo. Buena parte del ejército cruzado ya había entrado, pues asesinaron a quienes custodiaban las puertas y las abrieron para los invasores. No había forma de huir. No había piedad: los estaban matando sin distinción.

"¿Por qué, en nombre de Dios, alguien permitiría esto?", se dijo, desesperado.

En medio de la pelea, sus hombres acabaron dispersándose. Ya no podían protegerse unos a otros, y él, curtido por antiguas batallas, apenas lograba defenderse. Al fin, otros hombres y escuderos llegaron a rodearlo y lo protegieron mientras seguían subiendo los peldaños del palacio vizcondal.

Por supuesto que querían tomar ese lugar. ¿Dónde dormirían los señores, si no? A esas alturas, Bruna y los demás ya debían de haber cruzado aquel pasadizo estrecho y, para cuando los invasores lograran derribar la puerta, no encontrarían a nadie.

Lo pensó rápido. No había motivo para defender el palacio vizcondal, su hija ya estaba a salvo. En cambio, las damas de la iglesia...

Desde aquella altura dirigió la mirada al camino que llevaba a La Magdalena. Tal vez les costaría llegar, pero esas pobres mujeres debían de estar aterrorizadas. Al menos lograrían evitar que aquella gentuza entrara a saquear. Fue así, mientras observaba y trazaba una ruta con rapidez, como vio que otros se le adelantaban. Primero los ribaldos, luego los hombres de armas. Las puertas de la iglesia estaban cerradas, y forcejeaban con ellas. Iban a entrar. Por Dios, iban a entrar. Y quién sabía lo que harían.




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