La Dama y el Tirano

Capítulo 2.

Renata

Llamaban con orgullo Sala de Justicia a una pequeña estancia circular y sin muebles del Orfanato de Santa Ifi, donde apenas cabían cinco colas de serpiente adultas y un par de personas. Antes había sido una sala de confesiones para shari de especial importancia. Luego, el edificio pasó a albergar un orfanato y una escuela adjuntos al monasterio de la montaña, y el confesionario fue rebautizado como «Sala de Justicia».

El único adorno era un vitral antiguo que representaba a la diosa local. Estaba instalado en el techo, lo bastante alto para que no pudieran distinguirse las líneas torcidas ni el rostro deformado de la mismísima Iftaria. En fin, si yo fuera el desconocido autor, también habría escondido aquella antigua vergüenza bien lejos de la vista. Aunque quizá estaba siendo demasiado dura con el artista. ¿O se trataba de una peculiar vanguardia religiosa? Como los cuadros de Picabia, solo que no en una exposición, sino…

—Lady, ¿qué tiene que decir en su defensa? —La voz de la madre superiora me arrancó de mis agradables reflexiones sobre el arte.

—¡Solo después de que el muy respetado shari al’Badrah nos cuente qué hacía de noche en el dormitorio de mis pupilas! —Para suavizar la conversación, sonreí con dulzura.

Está bien, no pretendía suavizar nada. Simplemente me encantaba observar cómo una sonrisa femenina e inocente era capaz de enfurecer a los habitantes del monasterio, acostumbrados a la virtuosa modestia de las mujeres locales.

La vieja arpía frunció las finas cejas, depiladas hasta quedar reducidas a líneas casi invisibles, y apretó los labios descoloridos. En momentos así, la superiora parecía una víbora anciana. Sus ojos se reducían al tamaño de pequeñas cuentas, las arrugas de su fina piel se profundizaban y las aletas de su diminuta nariz se ensanchaban, mostrando todo el desprecio y el odio que sentía en aquel momento.

La superiora del Monasterio de Santa Iftaria era una mujer de edad avanzada. Se había criado en un monasterio igual a este y su fanatismo me daba miedo. Sin embargo, pese a su religiosidad y devoción, no le hacía ascos a las monedas de oro, gracias a las cuales cerraba los ojos ante ciertas prohibiciones. Por ejemplo, ante la presencia de nagas ajenos en los dormitorios infantiles. Como suele decirse, ante la ley casi todos son iguales.

El propio shari estaba sentado sobre su cola, a la derecha de la superiora, saboreando de antemano el momento de su triunfo. Sí, claro. Ni eres el primero ni serás el último, reptil de trasero pálido.

—¡No sabía que aquello era un dormitorio! —declaró al’Badrah con seguridad.

Solté un suspiro de sorpresa y mi pecho se meció teatralmente al compás de mi respiración. Los nagas presentes olvidaron de inmediato por qué nos habíamos reunido. Toda la atención de las serpientes se concentró en la piel blanca como la nieve de mi escote perfecto.

—¿Solo estaba dando un paseo? —Incliné la cabeza hacia el hombro derecho y observé, no sin placer, cómo dos nagas de la escolta del shari imitaban mi gesto.

—No podía dormir.

—¿Y decidió combatir el insomnio dando un paseo?

—¡Exactamente!

—¿Salió reptando de su dormitorio en el ala norte, llegó hasta el pabellón oriental, cuyo acceso está prohibido a los nagas, convenció a los guardias para que lo dejaran pasar y, por pura casualidad, encontró los dormitorios infantiles en el tercer piso? ¿Y después de comprender dónde estaba decidió que ya no tenía nada que perder y violó uno de los principales decretos del emperador Lambir, que prohíbe a los nagas que han superado el primer umbral de la mayoría de edad acercarse a muchachas menores de veinte años? ¿Lo entendí bien?

Los ojos de la superiora se volvieron grises. Pero no podía decir nada. Todos los nagas presentes miraron a al’Badrah. Aquella serpiente estaba acostumbrada a resolver cualquier problema con dinero y a que nadie, absolutamente nadie, se atreviera a contradecirlo. Mucho menos una mujer insignificante.

—¡No tenía derecho a atacar a un noble shari! —La superiora salió en defensa de la serpiente.

—No lleva ninguna marca de nobleza en la cola —me lamenté—. ¿Quién podría comprenderme mejor que usted, madre superiora? —Cerré las manos en puños y las apreté contra el pecho. Al parecer, dentro de mí había muerto una gran actriz de reparto—. ¡Un naga desconocido entró en la habitación de mis pupilas! ¡Mi obligación es proteger a las niñas, no estudiar el linaje de cualquiera!

—¡Milena es mi pareja! —saltó el shari, convencido de que sus palabras todavía significaban algo.

—¿Su pareja? —Volví a «sorprenderme» y me giré hacia el bribón—. ¡Qué maravilla! ¿Entonces Milena ha encontrado a su pareja? ¡Tenga la bondad, shari, de mostrarnos la marca! ¡Y le ofreceré mis más profundas disculpas!

Había tanta miel en mi voz que uno podía contraer diabetes con facilidad. Hasta a mí me repugnaba tanto azúcar. Sin embargo, casi todos los nagas presentes se derretían de placer y apenas lograban mantener sus largas lenguas detrás de los dientes.

—¡Lady, usted sabe que la marca no aparecerá hasta el día en que la niña alcance la mayoría de edad! —La superiora volvió a intentar defender al shari.

—¡Oh! ¡Cuánto lo lamento! ¡Cuánto lo lamento! —gorjeé—. Entonces no podemos hacer nada. Pero en cuanto aparezca su marca, ¡se lo juro, honorable shari!, ese mismo día, ¡ese mismo día presentaré personalmente a la pequeña Milena ante usted! Hasta entonces, me aseguraré de que su pareja crezca a salvo y reciba la mejor educación del imperio.




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