Renata
Habían pasado tres horas desde que la marca apareció bajo mi clavícula. Tiempo suficiente para que los rumores se propagaran por todo el castillo. Ahora, incluso los guardias, que nunca rechazaban la oportunidad de chismear, desviaban la mirada y cambiaban de dirección en cuanto yo aparecía en el pasillo. Aquel cambio en su comportamiento me asustaba como el demonio. Quién habría imaginado que la incertidumbre podía ser más aterradora que las serpientes y arañas gigantes.
Durante el año que llevaba viviendo en el Orfanato de Santa Ifi, jamás había oído hablar de cómo celebraban los miratos sus selecciones nupciales ni de la Casa Mardar. Aunque ¿de qué me sorprendía? Allí no había internet. Y todo lo que guardaba la biblioteca estaba prohibido o no contenía ninguna información útil.
Todo lo que sabía sobre el pueblo de los miratos se reducía a que su reino gozaba de una ubicación geográfica privilegiada. En su territorio se encontraban las tierras más fértiles, las fuentes mágicas más poderosas y los mayores yacimientos de piedras preciosas. En resumen, su economía marchaba de maravilla, pese a que durante las últimas décadas no habían permitido la entrada de extranjeros al reino.
Era imposible formular alguna hipótesis a partir de esos datos. Lo único que podía hacer era dibujarme una sonrisa en el rostro y armarme de paciencia.
Para distraerme de algún modo, regresé al dormitorio infantil y me arrepentí casi de inmediato. Las niñeras que me ayudaban con los niños intercambiaron miradas y, en vez de saludarme o iniciar cualquier conversación, fingieron estar muy ocupadas limpiando. Preguntarles por los Mardar tampoco serviría de nada. Cuando una de las mujeres cruzó su mirada con la mía, dijo en voz baja:
—La superiora lo prohibió…
Me limité a asentir y recorrí la habitación con la mirada. Todos los niños dormían plácidamente. Las niñeras se habían apiñado junto a las paredes de piedra gris para mantenerse lo más lejos posible de mí. Jamás habría pensado que una simple marca pudiera cambiar tanto la actitud de la gente. Sentí un poquito de pena por mí misma. Pero solo un poquito. Si hubiera crecido en aquel mundo, habría actuado exactamente igual.
Para no poner más nerviosas a las jóvenes, fingí que todo estaba bien y me acerqué a la ventana. Un año atrás, ni siquiera habría imaginado que aquellas montañas grises, cubiertas por densas nubes, llegarían a tranquilizarme. Recordé la primera vez que aparecí en aquel desfiladero y un escalofrío desagradable me recorrió la espalda.
Había ocurrido exactamente doce meses atrás. Aquel día perdí el conocimiento en el trabajo, en plena sucursal bancaria, mientras escuchaba otra queja de un cliente habitual. Un hombre llamado Serguéi protestaba enérgicamente por un cambio en el horario de atención. Como si yo hubiera decidido, mientras tomaba una taza de café, cambiar el letrero de la puerta porque sí.
En algún momento, a mitad de su furiosa diatriba, cuando el rostro del hombre se puso morado y las cajeras comenzaron a buscar el botón de alarma debajo del mostrador, perdí el conocimiento. Ni siquiera tuve tiempo de asustarme. En un instante se apagaron las luces y, con ellas, mi conciencia. Desperté en las montañas. Estaba sola, vestida con un extraño vestido de lana fina, con una cabellera de un rojo intenso que nunca había tenido y una pequeña provisión de comida. Del cinturón colgaba además una bolsa de cuero que en las montañas resultaba completamente inútil.
Lo único que me salvó del pánico y de la muerte fue el monasterio. El Monasterio de Santa Ifi se alzaba en la cima de un risco y podía verse con claridad desde el lugar donde desperté. Me aferré a la idea de que encontraría la salvación precisamente en aquel extraño castillo. Ya resolvería todo lo demás después. Y, en líneas generales, así fue. Aunque tardé casi una semana en llegar al monasterio. Luego, las matronas locales pasaron otras dos semanas sin poder decidir qué hacer conmigo, mientras esperaban a la comisión imperial.
Aunque yo tampoco había actuado muy bien. Al comprender que había ido a parar a un lugar que no correspondía, fingí amnesia para evitar decir más de la cuenta. Fue la única vez que me alegré de que la medicina de aquel mundo estuviera más o menos al nivel de la Edad Media: creyeron sin dificultad que había perdido la memoria.
Mi segundo golpe de suerte fue que, sin saber de dónde, apareció en mi muñeca la marca de una noble. Gracias al cabello rojo, incluso lograron identificar mi linaje. Aunque, por alguna coincidencia increíble, todos mis supuestos parientes habían sido masacrados unos años antes. Y el cuerpo de la hija menor de aquel lord nunca había aparecido.
Por alguna razón, yo estaba segura de que la muchacha estaba muerta. Incluso habría podido indicar el lugar donde reposaba su cuerpo. Pero, por supuesto, no se lo conté a nadie. A ella ya no le importaba y yo necesitaba encontrar mi sitio en aquel nuevo mundo.
¡Dios! ¡Había sobrevivido en esas malditas montañas! ¿De verdad iba a temerle ahora a una selección? En el peor de los casos, ¡me casaría! ¡Eso no sería problema mío, sino del pobre novio! Sin darme cuenta, una sonrisa satisfecha apareció en mi rostro. Una de las niñeras me miró de reojo, asustada. No, ya era hora de que aprendiera a controlar mis expresiones. Aquel mundo todavía no estaba preparado para las empleadas de Belarusbank. En absoluto.