Orfanato de Santa Ifi
Intentaron no hacer pública la partida de Lady hacia la selección. Para que todo transcurriera con la mayor discreción posible, la madre superiora incluso anunció un oficio adicional en las salas de oración. El pretexto oficial era rezar por la hermana y por su bienestar durante la selección. El extraoficial, evitar un alboroto innecesario en el monasterio.
Sin embargo, no lograron evitarlo por completo. Su Majestad Imperial envió al monasterio mediante portales a dos damas de compañía para que acompañaran a Lady a la selección, además de un nuevo guardarropa para la mujer. Así no haría el ridículo ante los miratos.
La conducta del emperador hacia la mujer indignó a la superiora. Consideraba que estaba obligado a protegerla de la selección, pues había sido por culpa de Su Majestad que la mujer quedó huérfana. La superiora no mostró a nadie sus emociones ni su opinión sobre la situación. Para ayudar de algún modo a su pupila, trató de instruir a las damas de compañía acerca de los venenos y peligros de los que debían proteger a Renata. Pero todos sus esfuerzos fueron en vano.
Las jóvenes enviadas por el emperador perseguían objetivos muy distintos. El bienestar de Renata era lo último que les interesaba. Por supuesto, asentían con diligencia y daban la razón a la severa mujer vestida con hábito, pero solo para que les permitiera cruzar el portal y nada más.
Mientras tanto, al’Badrah observaba a Lady desde lejos. En vez de ocuparse de los preparativos, aquella extraña mujer había formado a las niñeras en fila y repartía instrucciones:
—A Mira pronto le empezarán a salir los dientes. ¡No se te ocurra gritarle! —Renata daba instrucciones con severidad a una mujer robusta de edad indefinida—. De todos modos, no entiende nada. Mejor recuérdale a Lizi que prepare la pomada para las encías. Y esta vez que no escatime en hierba refrescante. Cuando vuelva, lo comprobaré.
—Sí, Lady.
—Marisa y Elvi tendrán otro estirón dentro de un par de días. Organicen los turnos para que todas puedan dormir.
—Sí, Lady.
—Dentro de dos días, madame…
La mujer hablaba y hablaba sin parar, como si sus palabras significaran algo para alguien. El naga la escuchaba por puro automatismo, sin comprender ni la mitad de lo que decía. ¿Para qué untar los dientes con pomada? ¿Y por qué daba saltos el crecimiento? ¿Qué tenían que ver los niños? Todavía eran pequeños y no podían saltar. ¿O sí? Había más preguntas que respuestas.
Al’Badrah apoyó un hombro contra la fría pared y cruzó los brazos sobre el pecho. Un segundo después comprendió que estaba esperando a que Lady se acordara de los nagas y ordenara a sus niñeras proteger a los niños de las serpientes. Pero la mujer no dijo nada parecido.
—¡Se olvidó! —siseó para sí el ingenuo naga y sonrió como un depredador, sin imaginar todavía lo pérfidas que podían llegar a ser las mujeres.
Renata
Llegué a la sala de portales exactamente a las dos de la madrugada. Llevaba en las manos una pequeña bolsa de viaje con lo imprescindible. Sabía que para aquella clase de acontecimientos era costumbre llevar un guardarropa completo, con joyas, los mejores vestidos y otros artículos necesarios. Pero yo no poseía nada de lo que se suponía que debía tener para una ocasión así. Por eso pensaba resolver lo del guardarropa una vez allí. Aunque la madre superiora me había comunicado que el emperador me había proporcionado atuendos para la selección con el fin de que no hiciera el ridículo. Lo que no había visto era el contenido de los baúles de viaje.
Apreté con más fuerza el asa de la bolsa de cuero y entré en la sala de portales. Las dos damas de compañía ya me esperaban allí. Al mirarlas, pensé de pronto que la situación podía resultar bastante divertida. Las mujeres que debían servirme durante la selección iban mucho mejor vestidas que yo. Sus vestidos de seda costaban una fortuna, y de las joyas ni valía la pena hablar. A su lado, mi vestido de lana era más apropiado para una doncella que para una Lady.
No voy a ocultar que aquello me disgustó un poco. Como habría disgustado a cualquier mujer en mi lugar. Supongo. Para disimular aquella incómoda irritación, volví a sonreír.
—Buenas noches —saludé a las damas de compañía.
Las jóvenes hicieron una reverencia a modo de saludo, pero aquel gesto cortés no logró ocultar la superioridad de sus miradas. ¿Realmente necesitaba sirvientas? Yo sola podía arreglármelas de maravilla.
—¿Está lista, Lady?
No lo estaba, pero asentí. La superiora vaciló unos segundos y luego hizo una señal a una de las novicias. Esta acercó un cofre de madera con la piedra de portal enviada por los miratos. El diminuto artefacto centelleó. Un segundo después apareció ante mis ojos un arco vacío. No podía ver qué había al otro lado del portal y traté de no pensar en ello para no ponerme nerviosa. No lo conseguí. Solo había utilizado portales unas pocas veces y para distancias cortas: el palacio imperial y el pueblo más cercano del valle.
Me armé de valor, avancé unos pasos y, vacilante pero con bastante decisión, crucé el portal. Entonces oí a mis espaldas las voces indignadas de las damas de compañía. Ya no tuve tiempo de reaccionar.
Los viajes por portal eran rápidos, pero muy desagradables. Cuanto mayor era la distancia, peor te sentías al salir en el punto de destino. A mí me arrojó literalmente sobre el camino. Caí a cuatro patas y apoyé las manos en los fríos adoquines. Necesité unos cinco minutos para que dejara de darme vueltas la cabeza, recuperar el aliento y poder ponerme de pie sin riesgo de mostrarle al mundo el contenido de mi estómago.