Desde aquella noche del baile, Elyra no volvió a ser la misma.
Cada día fingía una rutina que ya no le pertenecía: respondía sonrisas, cumplía compromisos, escuchaba sin oír. Pero por dentro…. por dentro vivía otra historia. Una que comenzaba con una mirada entre máscaras y un silencio que lo dijo todo.
Pensó que tal vez era una locura. Que lo había inventado. Que era el cansancio, el encierro, el deseo de ser libre lo que la hacía imaginar que un solo baile podía significar algo.
Pero no.
El seguía allí. En sus pensamientos. En sus sueños. En cada latido. Cómo si algo la tuviera llamado desde muy lejos... Desde muy dentro.
Una mañana llegó una carta perfumada. Una familia noble abría sus jardines privados para una visita exclusiva al atardecer. Rosas nocturnas,puentes de piedra,senderos cubiertos de luces y música suave entre las hojas. Su madre insistió en que era una ocasión perfecta para que todos los vieran juntos, a ella y a su prometido.
Y alli fue.
Vestía de azul oscuro, con un chal transparente que volaba apenas con la brisa. Su prometido no se despegaba de su lado: le tomaba la mano, le hablaba demasiado cerca, reía fuerte para que todos oyeran. Nadie se dio cuenta de cómo Elyra miraba al suelo o al horizonte, deseando perderse entre los senderos.
Y entonces...
El también estaba allí.
El enmascarado.
El hombre de la danza imposible.
Vestido de negro otra vez, discreto, apartado. Como una sombra entre luces cálidas. Al principio no la vio. Pero algo en su cuerpo —una vibración, un temblor apenas— lo obligó a girar la cabeza.
Y la vio.
Ella caminaba tomada del brazo de otro hombre. Pero él supo que era ella sin necesidad de ver su rostro. Fue la forma en que el viento le movió el chal. El modo en que sus dedos parecían querer soltarse. Fue su alma, reconociendo algo que el tiempo no había podido borrar.
Sus miradas se cruzaron.
Un instante.
Un eco.
Una certeza.
Ella bajó los ojos enseguida. No entendía por qué se le aceleraba el corazón. Ni por qué sentía que alguien la estaba viendo como nadie más la veía.
Su prometidole hablo de una escultura. Un viaje que que harían después de la boda. Pero ella ya no lo escuchaba.
•Fragmento Del diario de Elyra•
Hoy los jardines olían más que flores.
Olía a memorias que no tengo.
A promesas no dichas.
A un roce invisible que me erizo la piel... Aunque nadie me tocó.
| Nota De la autora |
Este capitulo nació el silencio.
De ese momento en el que el mundo sigue girado,Pero algo dentro ya no encaja.
El jardín de los ecos no habla solo de un encuentro,sino lo que sucede cuando el corazón reconoce algo que la mente todavía no puede nombrar.
Elyra comienza a escuchar esos ecos: miradas que pesan más que palabras,presencias que se sienten incluso a la distancia, emociones que no tienen explicación lógica.
Quise que ese capítulo fuera suave y perturbador a la vez.
Como un recuerdo que no sabemos dónde viene,Pero que insiste en quedarse.
Gracias por caminar junto a Elyra entre senderos liminisos y sombras silenciosas.
Gracias por leer lo que no se dice,por sentir los ecos que empiezan a despertar.
Con cariño la autora 🤍