La dama y la luna roja

• Entre cortinas y casi •

El teatro brillaba como un templo de oro y terciopelo. Mi madre suspiraba de emoción. Mi padre saludaba a todos. Mi prometido me ofrecía el brazo, orgulloso.

Y yo… yo solo quería que la noche terminara.

Nos ubicamos en uno de los palcos altos, rodeados de espejos y cortinas pesadas. Los músicos afinaban instrumentos. Las luces parpadeaban. Y yo, con la vista clavada en el escenario, pensaba en otra noche…la de la flor. la del diario bajo la almohada. la del susurro que me llamó “estrella”.

—¿Estás bien? —preguntó él, mi prometido.

—Sí —mentí. Como siempre.

La obra comenzó. Damas que lloraban. Caballeros que prometían. Máscaras, traiciones, rosas caídas.

Todo me sonaba demasiado parecido. Demasiado… mío.

Al segundo acto, sentía que me ahogaba en encaje.

Me levanté despacio.

—Voy al tocador —dije en voz baja.

Caminé entre pasillos dorados sin rumbo, con las manos frías y la mente en otra parte. Y fue entonces cuando lo sentí.

El.

Detrás. Cerca. Silenció.

—¿No te gusta la obra? —susurró con esa voz que se me queda en la piel.

—Me parece un mal espejo —dije sin girarme—. Ya conozco el final.

Lo escuché sonreir apenas.

—Entonces vení conmigo. Tengo algo mejor para mostrarte.

Dude. Solo un segundo. Y lo seguí.

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Cruzamos cortinas. Pasillos ocultos. Puertas sin nombre. Hasta llegar al corazón del teatro: detrás del escenario.

Había telones enrollados. Cuerdas suspendidas. Luz filtrada por los reflejos del salón.

—¿Dónde estamos? —pregunté en un susurro.

—En el único lugar donde podés ser vos… sin que nadie mire.

Me quedé quieta. El también.

Podía sentir su respiración. Podía oír mi corazón.

—¿Y vos? —le pregunté—. ¿Quién sos… cuando nadie te mira?

El tardo en responder.

—Alguien que no debería estar acá. Pero que no se va a ir… si vos no querés.

Nos miramos. Cerca. Demaciado.

Mi pecho subía y bajaba como si corriera. Sus ojos eran noche, pero no daban miedo. Daban ganas de quedarse.

Se inclino apenas.

Yo cerré los ojos.

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Y entonces… la campana. El tercer acto. La realidad golpeando el telón.

Me alejé un paso. Temblando.

Él no dijo nada. Solo me miró. Como si supiera que ese momento no fue un error… sino una promesa.

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Volví a mi asiento como una sombra entre luces.

Mi prometido me sonrió. Yo fingí.

Pero por dentro… algo en mí había cambiado.

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Fragmento del diario Elyra •

> Hoy estuve a un suspiro del desastre. O del destino. No sé. <

> Si me hubiera besado esta noche… no habría sido el principio. Habría sido el final de todo lo que finjo ser. <

ו Nota de la autora •×

Este capítulo es un telón entre dos mundos. Lo que Elyra muestra… y lo que realmente siente.

El teatro no fue escenario de una obra. Fue escenario de una verdad que no se animó a nombrarse. Todavía.

Gracias por caminar con ella entre pasillos ocultos y emociones que no se pueden actuar. Gracias por sostener el “casi” con el alma abierta.

El beso va a llegar. Pero cuando lo haga… no será una caricia.

Será un quiebre.

—Con luz tenue, rosas rotas y destino, la autora 🖤




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