La dama y la luna roja

•Lo que aún arde Part 1 •

Los días que siguieron a mi huida no fueron solo un escape. Fueron libertad.

No perfecta, ni eterna. Pero mía.

Él me llevó a donde había comenzado todo. Aquel jardín lejano donde lo conocí sin saberlo. Donde por primera vez sentí que alguien me miraba… de verdad.

Nos besamos al amanecer. No como despedida. Sino como un comienzo.

Pasamos horas compartiendo silencios, historias, sueños rotos. Días sin corsets, sin juicios, sin jaulas. Me leí a mí misma en sus ojos… y me reconocí.

Esa noche, creamos el colgante. Un pequeño corazón oscuro, sellado con una magia antigua. No lo dijimos, pero ambos lo sabíamos: era nuestro. Nuestra memoria. Nuestro pacto.

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Pero todo lo hermoso tiembla cuando es demasiado real.

Él debió partir. No por elección. Por deberes que no compartía conmigo. —Volveré pronto —me prometió.

Y yo lo creí.

Caminé sola hasta el jardín. Aquel jardín. El mismo donde, una vez, fingí amar a quien no me veía. Me senté entre las flores, dejando que el sol me hablara bajito.

No lo sentí venir. Solo una mano. Un pañuelo. Una oscuridad.

El colgante cayó al suelo cuando me arrastraron. Y no lo vieron. Nadie lo vio. Pero la tierra sí. Y lo guardó como testigo.

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Estuve encerrada días enteros. En una celda sin luz. Sin nombre.

Clara fue la única que vino. Me trajo pan, lágrimas y silencio.

—Intenté detenerlos… —susurró—. Pero dicen que perdiste la razón. Que ese hombre te hechizó.

No respondí. No había palabras suficientes para explicar lo que había sentido al ser, por fin, libre.

Ni palabras para describir la pena de haber perdido todo otra vez.

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El 31 de diciembre llegó con un cielo rojo.

La luna ardía. Como aquella noche en que debimos huir. Como la promesa que no cumplimos.

Me senté en el rincón más iluminado de mi celda. El único donde la luna entraba. Y escribí.

Con los dedos temblorosos. Con el alma rota. Con la tinta que Clara me había traído… como quien deja flores en una tumba aún viva.

> “Si mis palabras no encuentran labios, que el viento las susurre.”

> “Si mi historia se pierde, que la sangre la recuerde.”

> “Él era sombra. Yo… la única luz que no podía apagar.”

Y entonces… el colgante.

Allí donde lo había dejado, lejos, olvidado, oculto entre raíces y tierra… se partió.

Una mitad se quedó, perdida. La otra… ardió contra su pecho.

Y él supo.




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