La neblina cubría el bosque con un espeso velo de incertidumbre.
Los enormes robles del bosque de Elaris se alzaban hacia un cielo que apenas conseguía filtrarse entre las ramas. La humedad impregnaba el aire, y el silencio solo era interrumpido por el crujido de las hojas bajo los pasos de quienes se atrevían a internarse en aquel lugar.
Azalea recorrió el sendero con la mirada.
Lyra ya debía estar allí.
Habían acordado reunirse al anochecer para preparar un nuevo plan. Uno más. Durante años habían sobrevivido ocultándose, cambiando de refugio, viviendo siempre un paso por delante de quienes dedicaban su existencia a cazarlas.
Cada día era más difícil. El reino entero parecía haber olvidado que la magia jamás había sido un enemigo.
La temían.
La perseguían.
La condenaban.
Demasiados linajes habían desaparecido intentando demostrar una verdad que nadie quería escuchar.
Las Dame Rouge, el linaje al que Azalea pertenecía, eran las últimas brujas de sangre pura. Cada una nacía con un don distinto, una magia tan extraordinaria como peligrosa, un regalo que el mundo había decidido convertir en una maldición.
Azalea retiró la capa que ocultaba su cabello.
El aire frío acarició su rostro cubierto de pecas mientras observaba el bosque una vez más.
Entonces las vio: Una luz. Después otra. Y otra más: Antorchas.
Su corazón dio un vuelco.
Los soldados de la guardia real.
Habían encontrado su rastro.
No esperó un segundo más y se echó a correr.
Las ramas golpeaban sus brazos mientras atravesaba el bosque. Sus botas apenas tocaban el suelo húmedo antes de volver a impulsarse.
Detrás de ella comenzaron a escucharse gritos.
—¡Está por allí!
—¡No la dejen escapar!
El sonido metálico de las armaduras se acercaba cada vez más.
Azalea respiró hondo.
¿Debía utilizar su magia? Podría abrirse paso, pero también revelaría exactamente quién era.
Y si alguno sobrevivía… Todo habría terminado.
Apretó la mandíbula y giró bruscamente hacia un sendero más estrecho.
Quizá todavía podría perderlos. Corrió unos metros más.
Entonces se detuvo en seco. Frente a ella aguardaba otro grupo de soldados. La habían rodeado.
—¡Ríndete, bruja! —gritó uno de ellos mientras tensaba un arco—. ¡No tienes a dónde ir!
Azalea buscó una salida con la mirada.
Detrás de ella aún no llegaban los hombres que la perseguían. Solo estaban aquellos cinco soldados.
Era su única oportunidad.
Extendió lentamente ambas manos y un fino halo rojo comenzó a girar entre sus dedos, iluminando tenuemente la oscuridad del bosque.
Los soldados vacilaron apenas un instante.
Fue suficiente.
Azalea lanzó el halo contra el suelo.
Una onda rojiza se extendió entre las raíces.
Los hombres cayeron de rodillas casi al mismo tiempo. Sus cuerpos perdieron fuerza de golpe, como si toda su energía hubiera sido arrancada de sus músculos.
Pero uno de ellos alcanzó a disparar.
La flecha atravesó el hombro izquierdo de Azalea.
Un grito escapó de sus labios. El impacto la obligó a retroceder varios pasos.
La sangre comenzó a deslizarse por su brazo.
Respiró con dificultad.
Sujetó la flecha con firmeza y la arrancó de un solo tirón.
El dolor le nubló la vista durante un instante.
No podía detenerse.
Los soldados comenzaban a levantarse otra vez.
Azalea volvió a correr.
El bosque parecía interminable.
Las ramas desgarraban su ropa.
La herida ardía con cada movimiento.
Las voces seguían detrás de ella.
Cada vez más cerca.
En Valdoren la magia era una sentencia de muerte y ella no pensaba terminar como las demás Dame Rouge.
Saltó un arbusto.
Su pie se enganchó con una gruesa raíz escondida entre la maleza.
Perdió el equilibrio.
Cayó de bruces sobre la tierra húmeda.
El impacto le robó el aire.
Apoyó las manos para incorporarse y una espina se clavó en la palma de su mano.
Contuvo una maldición mientras se levantaba apresuradamente.
Entonces levantó la vista.
Y lo vio.
Un hombre permanecía inmóvil a pocos metros de distancia.