El frío fue lo primero que sintió.
Un frío tan intenso que parecía atravesarle los huesos desde dentro.
Después… el agua.
Oscuridad.
Azalea abrió los ojos de golpe.
No había cielo.
No había tierra.
Solo una profundidad negra que la envolvía por completo mientras era arrastrada por una corriente brutal.
El agua helada le golpeaba el cuerpo con una fuerza que no podía resistir.
Intentó moverse.
Sus brazos no respondían.
Sus piernas… apenas eran un peso muerto.
El contacto del agua sobre sus pies le arrancó un dolor insoportable.
Las quemaduras seguían allí.
Seguían vivas. Seguían castigándola.
El aire se agotó en sus pulmones casi de inmediato.
Burbujas escaparon de su boca.
La superficie parecía inalcanzable.
Demasiado lejos.
Demasiado arriba.
Su mente empezó a nublarse.
¿Así termina todo?
No.
No después del fuego. No después de haber sobrevivido al castigo de Udgard.
Su cuerpo comenzó a hundirse más.
Los ojos se le cerraban por sí solos.
Entonces algo la sujetó.
Unos brazos firmes rodearon su cintura.
Y la arrastraron hacia arriba.
El mundo giró.
El agua se rompió sobre su rostro.
Aire.
Azalea inhaló con violencia.
Tosió una y otra vez.
El agua salía de su garganta como si hubiera estado ahogándose durante siglos.
Respirar dolía.
Existir dolía.
Pero estaba viva.
Permaneció de rodillas sobre la orilla del río, intentando recuperar el control de su cuerpo.
El aire frío de la superficie le quemaba la piel húmeda.
Cuando por fin logró levantar la cabeza… Lo vio.
El hombre estaba de pie frente a ella.
Alto.
Imponente.
El cabello negro caía desordenado sobre su frente, movido por el viento.
Su barba apenas crecida endurecía unas facciones que no mostraban suavidad alguna.
Pero fueron sus ojos los que la detuvieron.
Verdes.
No cálidos.
No crueles.
Simplemente… imposibles de leer.
No había pánico en ellos.
Ni sorpresa.
Solo una calma demasiado controlada.
Vestía un jubón negro elegante bordado con hilos dorados, y sobre sus hombros descansaba una capa color vino sujeta por un broche de plata con el emblema de un halcón.
Noble.
Era evidente.
Azalea retrocedió ligeramente.
El bosque que la rodeaba no era el mismo.
Los árboles eran más altos.
Más antiguos.
Las hojas doradas y rojizas cubrían el suelo como un manto de otoño eterno.
El río corría más claro, más profundo, como si el tiempo mismo hubiera cambiado su curso.
Pero ella no recordaba ese lugar así.
Nada encajaba.
Su vestido estaba destruido.
La tela quemada colgaba en jirones.
Sus pies seguían marcados por las heridas del fuego.
El dolor era real.
Demasiado real.
—¿Vas a seguir mirándome o piensas decir algo? —dijo el hombre, con voz grave.
Azalea parpadeó.
—¿Qué haces aquí? —preguntó al fin.
Él ladeó apenas la cabeza.
Una reacción mínima.
—Curiosa forma de agradecer que te haya sacado del río.
Azalea frunció el ceño.
No confiaba en él.
No confiaba en nada.
—Me caí —dijo de inmediato.
La mentira salió antes de pensarse.
El hombre soltó una risa breve.
Sin humor.
—¿Te caíste?
Sus ojos bajaron a sus pies heridos.
Luego al vestido quemado.
Luego otra vez a su rostro.