La Dame Rouge

CAPÍTULO III

La luz del amanecer atravesó las cortinas de lino.

Azalea abrió los ojos lentamente.

Durante unos segundos permaneció inmóvil, observando el techo de la pequeña casa. El calor de la chimenea apenas sobrevivía en unas cuantas brasas rojizas que crepitaban de vez en cuando.

No fue hasta que el aroma de las hierbas secas llenó nuevamente sus pulmones cuando recordó dónde estaba.

La casa de Maeve.

Se incorporó despacio.

Las vendas que cubrían sus pies seguían en su lugar y, aunque las quemaduras continuaban doliendo, el alivio que le había proporcionado el ungüento era evidente.

Podía caminar.

Con dificultad…

Pero podía hacerlo.

La habitación estaba completamente vacía.

—¿Maeve? —llamó en voz baja.

Nadie respondió.

Su mirada recorrió la estancia hasta detenerse sobre la mesa de madera.

Allí había una pequeña taza de infusión aún tibia, un pedazo de pan recién horneado y una hoja de papel cuidadosamente doblada.

Azalea la tomó entre sus manos.

“Buenos días.

Tuve que marcharme temprano al castillo. Hoy hay demasiado trabajo y Edwin seguramente estará de mal humor si llego tarde.

Hay pan e infusión para ti. Come algo.

Si decides salir, procura no alejarte demasiado. Las calles pueden ser confusas para quien no las conoce.

Volveré antes del anochecer.

—Maeve.”

Azalea sonrió apenas.

No recordaba la última vez que alguien hubiera dejado una nota pensando en ella.

Guardó el papel con cuidado y bebió un poco de la infusión.

El calor descendió lentamente por su garganta.

Después tomó un pequeño trozo de pan.

Solo entonces comprendió el hambre que llevaba acumulando desde hacía días.

Cuando terminó, se levantó con cuidado.

Necesitaba salir.

Necesitaba entender dónde estaba.

Abrió la puerta.

El aire fresco del otoño golpeó suavemente su rostro.

La casa de Maeve descansaba en un pequeño claro oculto detrás del castillo. Desde allí apenas podía verse la inmensa muralla de piedra que protegía la fortaleza.

Era enorme.

Mucho más de lo que había imaginado el día anterior.

Las torres parecían tocar el cielo y los estandartes negros con detalles dorados ondeaban lentamente sobre ellas.

Varios soldados recorrían las almenas mientras sirvientes entraban y salían por una discreta puerta lateral situada en la parte trasera del castillo.

Azalea observó todo en silencio.

Aquel lugar imponía respeto.

Y, al mismo tiempo…

Una extraña sensación de inquietud.

Comenzó a caminar despacio siguiendo el sendero que bordeaba la muralla.

Las piedras crujían bajo sus pies vendados.

Todavía dolía.

Pero el dolor ya no era suficiente para detenerla.

Mientras avanzaba, pudo ver un pequeño huerto junto a una vivienda cercana, un anciano cortando leña y varias mujeres colgando ropa al sol.

Todo parecía tranquilo.

Demasiado tranquilo.

Nadie imaginaba que, apenas unos metros más allá, una joven que había sido condenada a morir en la hoguera caminaba entre ellos.

El sendero terminó desembocando en una calle empedrada.

Las casas comenzaron a multiplicarse a ambos lados del camino.

Algunas eran modestas, construidas con piedra y madera oscura; otras tenían dos plantas, balcones adornados con flores y grandes ventanales abiertos de par en par.

Las calles poco a poco comenzaron a llenarse de vida.

Mercaderes empujaban carretas repletas de frutas y verduras.

Un herrero golpeaba el hierro al rojo vivo con una fuerza impresionante.

Niños corrían de un lado a otro persiguiéndose entre risas.

El aroma del pan recién horneado, de la carne asada y de las especias flotaba en el aire.

Azalea caminaba despacio, observándolo todo.

Cada edificio.

Cada rostro.

Cada detalle.

Todo era distinto.

Las prendas que vestían las personas eran más elegantes que las que recordaba.

Los carruajes tenían diseños más refinados.

Incluso el lenguaje había cambiado ligeramente.



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Editado: 28.06.2026

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