Azalea no sabía cuánto tiempo había permanecido de pie.
El eco de las campanas aún parecía vibrar en su pecho, incluso después de que la procesión desapareciera entre las calles que conducían al castillo.
La multitud comenzó a dispersarse poco a poco.
Los comerciantes regresaron a sus puestos.
Los niños volvieron a correr por la plaza.
Las conversaciones sustituyeron al solemne silencio que había acompañado el paso del príncipe heredero.
Pero Azalea permanecía inmóvil.
Todavía podía sentir aquella mirada.
Había sido apenas un instante.
Lo suficiente para que ambos se reconocieran.
No comprendía por qué eso la inquietaba tanto.
Solo sabía que volver a cruzarse con Bastian von Falkenberg no era algo que deseara.
Apretó el abrigo contra su cuerpo y decidió alejarse de la plaza.
Cada paso seguía recordándole las quemaduras de la hoguera.
Las vendas amortiguaban el dolor, pero caminar durante toda la mañana había sido una pésima idea.
Cuando giró hacia una calle más tranquila, una voz conocida la hizo detenerse.
—Empiezo a pensar que tienes una habilidad extraordinaria para desaparecer.
Azalea levantó la vista.
Maeve caminaba hacia ella sosteniendo una cesta de mimbre repleta de verduras frescas y algunas hierbas aromáticas.
Al verla, sonrió con esa serenidad que parecía acompañarla siempre.
—Maeve…
—Veo que sobreviviste a tu paseo.
Azalea dejó escapar una pequeña sonrisa.
—Por poco.
Maeve recorrió discretamente su figura con la mirada.
El vestido chamuscado.
Las mangas ennegrecidas.
El cansancio reflejado en su rostro.
Y finalmente…
Sus pies.
Frunció ligeramente el ceño.
—Has caminado demasiado.
Azalea bajó la vista.
Las vendas comenzaban a teñirse de un rojo tenue.
—Solo quería conocer la ciudad.
—Y casi consigues abrir otra vez las heridas.
Azalea soltó un suspiro.
—Supongo que sí.
Durante unos segundos caminaron en silencio.
La plaza iba quedando atrás mientras el ruido del mercado se mezclaba con el canto lejano de algunos pájaros.
Maeve rompió el silencio.
—¿Qué hacías por el centro?
Azalea tardó unos segundos en responder.
—Vi una estatua.
Solo pronunciar aquellas palabras hizo que un escalofrío le recorriera la espalda.
La imagen del rostro de Alaric seguía grabada en su memoria.
El hombre que la había condenado al fuego.
Convertido en un héroe.
Maeve notó el cambio en su expresión.
—¿Ocurrió algo?
Azalea dudó.
No podía contarle la verdad.
Todavía no.
—Solo… me impresionó.
Maeve no insistió.
—También escuché las campanas. ¿Alcanzaste a ver la procesión?
Azalea asintió lentamente.
Su mente volvió, inevitablemente, al hombre del caballo negro.
—Sí.
Maeve sonrió.
—Mañana será un día importante para todo el reino.
Azalea levantó la mirada.
—¿Por la coronación?
—Así es. El príncipe heredero será coronado al amanecer. Después de eso, Valdoren tendrá un nuevo rey.
Azalea guardó silencio.
No sabía prácticamente nada sobre aquel hombre.
Y, sin embargo…
Sentía que ya había comenzado a complicarle la vida.
Siguieron caminando unos metros más.
El castillo aparecía imponente al final del camino, elevándose sobre los jardines como si vigilara toda la ciudad.
Maeve notó nuevamente que Azalea comenzaba a cojear.
Esta vez se detuvo.
—Ven.
Azalea la observó confundida.
—¿A dónde?
—A mi casa. Ya estuviste allí ayer. Necesito volver a revisar esas heridas antes de que se infecten.
Azalea negó con suavidad.
—No quiero molestarte otra vez.