La Dame Rouge

CAPÍTULO V

La noche caía lentamente sobre Valdoren.

Desde las ventanas de la pequeña casa situada detrás del castillo, el murmullo de la ciudad llegaba amortiguado por los árboles. Las campanas seguían sonando a intervalos regulares y, de vez en cuando, el relincho de algún caballo rompía la tranquilidad del bosque.

Todo el reino parecía prepararse para el día siguiente.

La coronación del príncipe.

Azalea permanecía junto a la ventana con los brazos cruzados.

Desde allí apenas alcanzaba a distinguir las torres negras del castillo elevándose por encima de los robles.

Aún le costaba aceptar que todo aquello fuera real.

Había sobrevivido a la hoguera.

Había despertado cien años después.

Y el mundo había seguido existiendo sin ella.

Detrás, Maeve terminaba de acomodar unas mantas sobre una silla.

—La habitación del fondo será tuya mientras encuentras un lugar donde quedarte —dijo con naturalidad—. Nadie la usa desde hace mucho.

Azalea giró hacia ella.

—No sé cómo agradecerte todo esto.

Maeve sonrió con esa serenidad que parecía no abandonarla nunca.

—Puedes empezar dejando de darme las gracias cada cinco minutos.

Una pequeña sonrisa escapó de los labios de Azalea.

Era la primera en muchos días.

—Lo intentaré.

Maeve soltó una risa baja.

—Eso suena más creíble.

Tomó las mantas y desapareció por el pasillo.

Azalea volvió a quedarse sola.

Recorrió la casa con la mirada.

Era pequeña.

Acogedora.

Demasiado silenciosa para encontrarse tan cerca del castillo.

Sus pasos la llevaron casi sin pensarlo hasta el pasillo.

La puerta de la habitación donde Maeve había entrado permanecía entreabierta.

Desde allí alcanzaba a verse un viejo baúl de madera oscura.

No pretendía entrometerse.

Solo…

La curiosidad terminó imponiéndose.

Entró despacio.

El baúl seguía abierto.

Dentro había varias mantas, ropa de invierno y, debajo de ellas, un conjunto de libros tan antiguos que el cuero comenzaba a desprenderse de las cubiertas.

Frunció ligeramente el ceño.

Aquello no parecía pertenecer a una simple trabajadora del castillo.

Tomó uno de los libros.

Las primeras páginas estaban llenas de dibujos botánicos.

Raíces.

Flores.

Hierbas medicinales.

Continuó hojeándolo.

Las ilustraciones comenzaron a cambiar.

Símbolos circulares.

Runas.

Notas escritas con una caligrafía elegante.

Después encontró varios pergaminos cuidadosamente enrollados.

Los abrió uno por uno.

Eran retratos.

Mujeres.

Hombres.

Todos acompañados por pequeñas anotaciones.

“Acusada de practicar brujería.”

“Capturada durante la Gran Purga.”

“Desaparecido.”

El corazón comenzó a latirle con fuerza.

Siguió revisando.

Hasta que un retrato la obligó a contener la respiración.

Cabello rojo.

Ojos verdes.

Una sonrisa cálida.

Sus dedos comenzaron a temblar.

Debajo del dibujo podía leerse un nombre.

Evelyne Hawthorne.

Todo el aire abandonó sus pulmones.

Era imposible.

Era ella.

Su madre.

Durante un instante dejó de existir el bosque.

La casa.

El castillo.

Solo estaba aquel retrato.

Quiso tocarlo.

Pero retiró la mano antes de hacerlo.

No.

Debía tranquilizarse.

Nadie podía notar lo que acababa de sentir.

—¿Azalea?

La voz de Maeve la sobresaltó.

Giró rápidamente.

Maeve permanecía en la puerta observándola.



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Editado: 11.07.2026

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