Las campanas comenzaron a sonar cuando el sol apenas se alzaba sobre Valdoren.
No era un sonido alegre.
Era solemne.
Grave.
Cada campanada parecía recordar a todo el reino que aquel día cambiaría el curso de su historia.
Azalea caminaba detrás de Maeve por uno de los corredores destinados al servicio. Aún tenía la mente atrapada en el archivo y en aquellas palabras que no conseguía borrar de su memoria.
"Registro abierto..."
"Desaparición durante la ejecución..."
Intentó apartarlas de su cabeza.
No era momento.
No allí.
El castillo entero estaba completamente transformado.
Los largos pasillos de piedra habían sido cubiertos con enormes tapices negros y dorados donde el halcón de los Falkenberg desplegaba las alas.
Candelabros de plata iluminaban cada corredor.
Jarrones rebosantes de flores decoraban las ventanas.
Sirvientes corrían de un lado a otro cargando bandejas, copas y enormes fuentes de comida.
Todo debía ser perfecto.
Maeve caminaba con la tranquilidad de quien llevaba años acostumbrada a aquel caos.
—No te separes de mí —dijo sin detenerse.
Azalea asintió.
Aunque era difícil no distraerse.
Nunca había visto tanta riqueza reunida en un solo lugar.
Subieron una escalera de servicio hasta llegar a una galería que dominaba el Gran Salón.
Desde allí podía verse prácticamente toda la ceremonia sin mezclarse con los invitados.
Maeve dejó una cesta sobre una mesa cercana.
—Quédate aquí mientras termino de acomodar unas cosas.
Y no te muevas.
Azalea obedeció.
Apoyó ambas manos sobre la barandilla de piedra.
Desde aquella altura el salón parecía inmenso.
Las filas de nobles comenzaban a llenarse lentamente.
Los sacerdotes de Udgard ocupaban los primeros lugares, vestidos con largas túnicas color marfil.
Los grandes señores del reino conversaban en voz baja mientras los soldados de la Guardia Real permanecían inmóviles junto a las columnas.
Todo estaba preparado.
Entonces las enormes puertas comenzaron a abrirse.
El silencio cayó sobre el salón.
Un heraldo golpeó tres veces el suelo con su bastón.
—¡Su Alteza Real, el príncipe Bastian von Falkenberg!
Todas las miradas se dirigieron hacia la entrada.
Bastian apareció acompañado únicamente por cuatro caballeros de la Guardia Real.
Vestía un jubón negro impecable bordado con hilos dorados que formaban ramas de espino alrededor del pecho. Sobre sus hombros descansaba una larga capa color vino, sostenida por un broche de plata con la figura del halcón real.
No llevaba corona.
Todavía.
Su rostro permanecía tan sereno como el día anterior.
Pero Azalea distinguió algo distinto.
Cansancio.
No el de alguien que había dormido poco.
El de alguien que llevaba años preparándose para un destino que jamás había elegido.
Bastian avanzó hasta el centro del salón.
Ni una sola vez volvió la cabeza hacia los nobles.
Ni hacia los sacerdotes.
Mucho menos hacia quienes observaban desde las galerías.
Parecía concentrado únicamente en el altar que lo esperaba al fondo del recinto.
Azalea no pudo apartar la vista de él.
Había algo extraño.
Algo que no sabía explicar.
No parecía el hombre despiadado que siempre había imaginado cuando pensaba en la familia real.
Parecía...
Solo.
Y esa idea le molestó más de lo que estaba dispuesta a admitir.
El Gran Sacerdote dio un paso al frente.
Su túnica blanca rozó el mármol mientras levantaba ambas manos hacia la multitud.
—Que Udgard sea testigo de este día.
Todos inclinaron la cabeza.
El silencio era absoluto.
Solo el leve crepitar de las antorchas rompía la quietud del enorme salón.
Dos diáconos avanzaron sosteniendo un pesado cojín de terciopelo negro.
Sobre él descansaba la corona.
Azalea la observó con atención.