La Dame Rouge

CAPÍTULO VIII

La ceremonia había terminado.

Pero el castillo seguía despierto.

Los nobles abandonaban lentamente el gran salón entre conversaciones discretas y reverencias cuidadosamente medidas. Los sacerdotes recogían los objetos sagrados mientras los sirvientes retiraban las largas mesas donde horas antes se había servido el banquete de la coronación.

Todo era movimiento.

Todo era orden.

Y Azalea tenía la sensación de ser la única persona que caminaba sin saber realmente qué hacía allí.

Llevaba varias horas ayudando a otros sirvientes bajo la supervisión de Maeve. Había recogido copas, cambiado manteles, trasladado jarrones y recorrido pasillos que parecían no terminar nunca.

Nadie le dirigía la palabra y aquello le parecía perfecto.

Prefería pasar desapercibida.

Mientras acomodaba unos platos de plata sobre un carro de madera, no pudo evitar recordar la ceremonia.

La corona descendiendo sobre la cabeza de Bastian.

Las promesas.

Los juramentos.

Y aquella frase que aún seguía dando vueltas en su cabeza.

"¿Juras preservar la paz de Valdoren y proteger el reino de cualquier amenaza que pretenda quebrantar el orden establecido?"

No habían pronunciado la palabra.

Magia.

No había hecho falta.

Todos sabían de qué hablaban.

Azalea tragó saliva.

Aquel reino seguía temiendo a la magia incluso un siglo después.

Solo había aprendido a ocultar mejor ese miedo.

—Estás limpiando el mismo plato desde hace cinco minutos.

La voz de Maeve la hizo volver al presente.

Azalea levantó la vista.

—¿Qué?

Maeve señaló el paño que aún pasaba distraídamente sobre la misma copa de plata.

—Si sigues frotándolo así, terminarás quitándole el brillo.

Azalea soltó una pequeña risa y dejó el plato sobre el carro.

—Lo siento.

—No te disculpes. Solo deja de pensar tanto.

Azalea arqueó una ceja.

—¿Eso es posible?

Maeve sonrió apenas.

—No lo sé. Nunca lo he intentado.

Por primera vez desde que había llegado a Valdoren, Azalea sintió ganas de reír de verdad.

Fue una risa breve.

Casi tímida.

Pero suficiente para aliviar un poco el peso que llevaba sobre los hombros.

Maeve terminó de acomodar el último mantel doblado y observó por una de las altas ventanas del corredor.

El cielo seguía cubierto de nubes grises.

—Debemos apresurarnos.

Azalea dejó el carro.

—¿Por qué?

—Porque ahora comienza la parte más importante del día.

Azalea frunció el ceño.

—¿Más importante que la coronación?

—Para el pueblo, sí.

Maeve tomó una cesta con algunos encargos y comenzó a caminar.

Azalea la siguió.

—El nuevo rey recorrerá las calles de Valdoren por primera vez. Escuchará las peticiones del pueblo, resolverá conflictos y demostrará que la corona no solo sirve para dar órdenes desde un trono.

Bajaron por una estrecha escalera de servicio que desembocaba en la parte trasera del castillo.

El bullicio de la ciudad llegaba incluso antes de cruzar la puerta.

—¿Siempre hacen eso? —preguntó Azalea.

Maeve asintió.

—Es una tradición muy antigua. El primer recorrido marca el tipo de rey que será recordado.

Azalea permaneció pensativa unos segundos.

Recordó al hombre del río.

Después al príncipe durante la ceremonia.

Ahora era rey.

Y, aunque apenas había intercambiado unas palabras con él, seguía sin lograr comprenderlo.

—Quiero verlo.

Maeve dejó de caminar.

La miró durante unos segundos.

—Imaginé que dirías eso.

—Solo observaré. Lo prometo.

Maeve soltó un largo suspiro.

—Esa promesa me tranquilizaría mucho más si te conociera desde hace años.

Azalea sonrió con inocencia.

—¿Tan impulsiva parezco?

Maeve la miró de arriba abajo.

—Ayer discutiste con un libro.

Azalea abrió mucho los ojos.



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Editado: 11.07.2026

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