La Dame Rouge

CAPÍTULO IX

El murmullo de la ciudad fue quedando atrás conforme Maeve guiaba a Azalea por los corredores laterales del castillo.

Ninguna habló durante un largo rato.

Azalea caminaba con los brazos cruzados y el ceño fruncido. Las palabras de Bastian seguían dando vueltas en su cabeza con una insistencia que le resultaba irritante.

"La compasión sin responsabilidad destruye un reino."

Apretó la mandíbula.

Quería convencerse de que solo era un hombre frío, otro Falkenberg dispuesto a justificar cualquier decisión en nombre de la ley.

Pero algo no encajaba.

Había esperado encontrar arrogancia.

Crueldad.

Desprecio.

En cambio...

Había encontrado a alguien que realmente creía estar haciendo lo correcto.

Y eso la desconcertaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Maeve rompió el silencio.

—Sigues pensando en él.

Azalea resopló.

—Estoy pensando en lo terco que es.

—¿Solo eso?

—¿No fue suficiente?

Maeve sonrió apenas.

—No.

Continuaron caminando entre los muros de piedra.

El castillo parecía mucho más tranquilo que durante la ceremonia de la mañana. La mayoría de los nobles seguían reunidos en los grandes salones, mientras los sirvientes aprovechaban el breve descanso antes del banquete que tendría lugar al caer la tarde.

Azalea dejó escapar un suspiro.

—No entiendo cómo puedes trabajar para alguien así.

Maeve no respondió enseguida.

Esperó hasta cruzar un pequeño arco cubierto de hiedra antes de hablar.

—Porque las personas rara vez son tan simples como parecen.

Azalea soltó una risa breve.

—¿Vas a decirme ahora que es un buen príncipe?

Maeve negó lentamente.

—Voy a decirte que no es el hombre que muchos creen.

Azalea giró el rostro hacia ella.

—Lleva el apellido Falkenberg. Eso debería bastar.

Maeve sostuvo su mirada con tranquilidad.

—Un apellido puede heredarse. Las decisiones, no.

Azalea permaneció en silencio.

—No confundas un apellido con un destino —añadió Maeve con suavidad.

Aquellas palabras la golpearon sin que pudiera evitarlo.

Pensó en Alaric.

En la hoguera.

En el humo.

En los gritos.

En el apellido que había condenado a cientos de mujeres.

Le resultaba imposible creer que un Falkenberg pudiera ser distinto.

Y, sin embargo...

La duda había aparecido.

Pequeña. Molesta. Difícil de ignorar.

Maeve empujó una vieja puerta de hierro.

Un aroma húmedo y dulce envolvió inmediatamente a Azalea.

El pequeño invernadero permanecía oculto entre dos alas del castillo, lejos del ruido de los pasillos principales.

La luz atravesaba los cristales cubiertos de enredaderas, iluminando decenas de macetas repletas de flores, hierbas medicinales y plantas que Azalea jamás había visto.

El lugar parecía pertenecer a otro mundo.

Respiró profundamente.

Aquel olor a tierra húmeda le recordó, por un instante, al bosque de Elaris.

—Siempre vengo aquí cuando necesito pensar —comentó Maeve mientras cerraba la puerta tras ellas.

Azalea recorrió el lugar con la mirada.

—Empiezo a entender por qué.

Era el único rincón del castillo donde el silencio no resultaba incómodo.

Maeve caminó hasta la vieja mesa de madera situada al fondo del invernadero.

Sobre ella descansaba el mismo libro encuadernado en cuero rojo que Azalea había visto el día anterior.

Lo tomó con ambas manos.

Durante un instante permaneció inmóvil, como si dudara.

Después lo abrió con extremo cuidado.

Las páginas crujieron suavemente.

El tiempo había amarilleado el pergamino, pero los dibujos seguían conservando una precisión extraordinaria.

Runas.

Mapas.

Ilustraciones de árboles cuyas raíces parecían entrelazarse formando símbolos imposibles.

Azalea se acercó despacio.

—¿Todo esto lo encontraste tú?



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Editado: 11.07.2026

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