El otoño había cubierto el bosque de Elaris con un manto de tonos cobrizos y dorados.
Las hojas descendían lentamente, balanceándose con la brisa antes de descansar sobre los senderos ocultos entre los árboles. El murmullo del río seguía recorriendo el corazón del bosque con la misma serenidad de siempre, como si el paso de un siglo no hubiera significado absolutamente nada para él.
Desde la pequeña ventana de la casa de Maeve, situada detrás del castillo de Valdoren, Azalea contemplaba las copas de aquellos árboles.
Seguían allí.
Altos.
Antiguos.
Majestuosos.
Sintió un nudo formarse en su garganta.
Aquel bosque había sido su hogar.
Allí había aprendido a distinguir las plantas medicinales antes incluso de saber leer. Había recorrido aquellos senderos junto a Lyra hasta conocer cada rincón como la palma de su mano. Recordaba las tardes en que ambas competían por encontrar las primeras flores del otoño o por descubrir los escondites de los ciervos sin asustarlos.
Entonces sonrió con tristeza.
Era extraño.
Todo seguía exactamente donde debía estar...
Y, aun así, ya no pertenecía a ese lugar.
O quizá era ella quien había dejado de pertenecer al tiempo correcto.
Unos golpes suaves en la puerta la hicieron volver al presente.
—¿Puedo pasar? —preguntó Maeve desde el otro lado.
—Claro.
Maeve entró con una cesta de mimbre apoyada sobre el brazo. El aroma del pan recién horneado llenó enseguida la habitación, acompañado por el de unas manzanas y un pequeño frasco de miel.
—Pensé que tendrías hambre.
Azalea sonrió con sinceridad.
—Empiezo a creer que apareces justo cuando más te necesito.
Maeve dejó escapar una risa suave.
—Es una buena costumbre.
Colocó la cesta sobre la mesa y comenzó a repartir el desayuno con la tranquilidad de siempre. Durante unos minutos solo se escuchó el sonido de los platos y el viento golpeando suavemente los cristales.
Fue Maeve quien rompió el silencio.
—Esta mañana el castillo está especialmente agitado.
Azalea levantó la vista.
—¿Ha ocurrido algo?
—El rey hizo un anuncio.
Ese título todavía le resultaba extraño.
Rey.
Apenas el día anterior había sido coronado.
—¿Qué anunció?
Maeve tomó un pequeño trozo de pan antes de responder.
—Mañana se celebrará la primera cacería real de su reinado.
Azalea arqueó una ceja.
—¿Una cacería?
—Es una tradición antigua. El nuevo monarca debe internarse en el bosque acompañado por la Guardia Real y algunos nobles. Se supone que simboliza el primer acto de protección sobre las tierras que gobernará.
Azalea no respondió de inmediato.
Volvió la mirada hacia la ventana.
—¿En qué bosque?
Maeve también miró hacia el exterior.
—En Elaris.
El nombre bastó para acelerar el pulso de Azalea.
Durante unos segundos ninguna habló.
Maeve fue la primera en romper el silencio.
—Necesito pedirte algo.
Azalea giró la cabeza.
Había algo distinto en la expresión de Maeve.
Más seria.
Más preocupada.
—¿Qué sucede?
Maeve sostuvo su mirada unos instantes.
—No vayas.
Azalea frunció el ceño.
—¿Por qué?
Maeve permaneció unos segundos en silencio, como si buscara la forma correcta de explicarlo.
—Porque Elaris ya no es un bosque como los demás.
Azalea ladeó ligeramente la cabeza.
—¿Qué quieres decir?
Maeve se acercó a la ventana y contempló los árboles que se alzaban detrás del castillo.
—Desde hace muchos años la gente evita internarse demasiado en él. Los cazadores regresan antes del anochecer, los leñadores trabajan únicamente cerca del límite y los niños ya no juegan entre sus senderos como antes.
Azalea sintió crecer su curiosidad.
—¿Por qué?
Maeve respiró hondo.
—No lo saben con certeza.
Sus dedos descansaron sobre el marco de la ventana.
—Solo cuentan historias. Historias de senderos que desaparecen de un día para otro, de árboles que parecen cambiar de lugar, de personas que aseguran haber escuchado voces llamándolas cuando cae la noche.
Esbozó una leve sonrisa, aunque parecía más un intento de tranquilizarse a sí misma que a Azalea.
—Tal vez no sean más que supersticiones. O tal vez el bosque conserve secretos que nadie ha conseguido comprender.
Azalea volvió lentamente la vista hacia Elaris.
Había algo en aquellas palabras que despertaba una extraña sensación en su pecho.
No miedo.
Algo mucho más profundo.
Como si el bosque la estuviera llamando desde la distancia.
Y, por más que intentara ignorarlo...
No podía dejar de sentir que debía regresar allí.
El resto del día transcurrió con una inquietud imposible de ignorar.
Azalea intentó ayudar a Maeve con las tareas de la casa, pero su mente volvía una y otra vez al mismo lugar: el bosque de Elaris.
Mientras lavaba unas hierbas medicinales, recordó el sendero donde, de niña, había aprendido a distinguir las plantas venenosas de las curativas. Mientras acomodaba algunos frascos de vidrio, recordó las tardes en que Lyra se burlaba de ella porque siempre regresaba con las manos llenas de tierra.
Todo seguía apareciendo en su memoria con una claridad dolorosa.
—Estás en otro sitio —comentó Maeve sin apartar la vista del mortero que utilizaba.
Azalea tardó unos segundos en responder.
—Solo estaba pensando.
—En el bosque.
No era una pregunta.
Azalea levantó la vista.
—¿Se nota tanto?
Maeve sonrió apenas.
—Desde que te hablé de la cacería no has dejado de mirar por la ventana.
Azalea guardó silencio.
No podía explicarle el motivo.
¿Cómo decirle que aquel bosque había sido su hogar? ¿Cómo contarle que conocía cada sendero mejor que las calles de Valdoren?
No podía.