La Dame Rouge

CAPÍTULO XII

El bosque quedó en silencio.

Azalea permanecía inmóvil entre los árboles, respirando con dificultad.

No sabía cuánto había caminado desde que abandonó el sendero de la cacería. Solo recordaba aquella voz. Suave. Antigua. Casi un susurro llevado por el viento.

"Ven..."

Ahora ya no la escuchaba.

Frente a ella solo había árboles.

Robles inmensos.

Abetos que parecían tocar el cielo.

Raíces gruesas que serpenteaban sobre la tierra húmeda como si llevaran siglos reclamando aquel lugar.

Todo era extrañamente tranquilo.

Y, sin embargo...

Sentía que alguien la observaba.

No una persona.

El propio bosque.

Su respiración comenzó a acompasarse con el murmullo del viento.

Durante un instante tuvo la absurda sensación de que cada árbol respiraba al mismo ritmo que ella.

Cerró los ojos.

Podía oler la tierra húmeda.

El musgo.

Las hojas secas.

Era el mismo aroma que recordaba de su infancia.

Una imagen cruzó fugazmente su mente.

Ella corriendo entre aquellos senderos.

La risa de Lyra resonando entre los árboles.

Su madre llamándolas antes de que anocheciera.

Abrió los ojos de golpe.

Todo desapareció.

Solo quedaba el bosque.

—Azalea.

La voz de Maeve sonó detrás de ella.

Esta vez era real.

Azalea giró lentamente.

Maeve avanzó con cautela, sin apartar la vista de su rostro.

—¿Qué ocurrió?

Azalea tardó unos segundos en responder.

—No lo sé...

Miró a su alrededor.

—Escuché una voz.

Maeve frunció apenas el ceño.

—¿Qué decía?

Azalea negó con la cabeza.

—No lo recuerdo.

Era mentira.

Sí lo recordaba.

Pero ni siquiera ella entendía por qué aquella voz le resultaba tan familiar.

Antes de que pudiera decir algo más, el sonido de ramas quebrándose rompió el silencio.

No estaban solas.

Dos guardias aparecieron entre los árboles.

Detrás de ellos llegaron varios nobles, todavía alterados por el incidente del ciervo.

—¡Aquí están!

—¡Lo sabía!

—¡Se internaron en el bosque!

Los murmullos crecieron rápidamente.

Maeve dio un paso al frente, colocándose de manera casi instintiva entre Azalea y el resto del grupo.

Entonces apareció Bastian.

Su caballo avanzó despacio entre los árboles antes de detenerse a pocos metros de ellas.

No parecía enfadado.

Solo observaba.

Primero a Maeve.

Después a Azalea.

Por último, el lugar donde ambas se encontraban.

No había nada.

Solo bosque.

Uno de los nobles señaló a Azalea.

—¡Majestad! Después de arruinar la cacería escapó hasta aquí.

Otro añadió de inmediato:

—La vimos caminar sola… Como si siguiera algo invisible.

—Hablaba sola.

—Estoy seguro de que hacía algún tipo de invocación.

Las acusaciones comenzaron a superponerse unas sobre otras.

Azalea sintió cómo la rabia volvía a crecer dentro de ella.

Pero antes de que pudiera responder, Bastian habló.

—¿Alguien la vio realizar un ritual?

El silencio cayó sobre el grupo.

Los nobles intercambiaron miradas.

Nadie respondió.

Bastian continuó con el mismo tono sereno.

—¿Alguien vio magia?

Otra vez...

Silencio.

Finalmente uno de ellos carraspeó.

—No, Majestad... pero...

—¿Alguien resultó herido?

Nadie contestó.

Bastian asintió apenas.

—Entonces no emitiré un juicio basándome en sospechas.



#649 en Fantasía
#3238 en Novela romántica

En el texto hay: romace, brujas, romace fantasia

Editado: 11.07.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.