La Dame Rouge

CAPÍTULO XIII

La lluvia comenzó antes del amanecer.

No era una tormenta.

Solo una llovizna constante que envolvía Valdoren en una neblina gris y hacía que los tejados de pizarra brillaran bajo la tenue luz de la mañana.

Desde la ventana de la casa de Maeve, Azalea observaba cómo las gotas descendían lentamente por el cristal.

No había dormido.

Cada vez que cerraba los ojos volvía al bosque.

A aquella voz.

Al extraño silencio que la rodeó cuando se apartó del camino.

Y a la sensación de que algo había estado esperándola.

Llevó una mano a la nuca.

La marca seguía allí.

Dormida.

Pero no lograba quitarse la impresión de que, durante unos instantes, había ardido con una intensidad distinta.

Suspiró.

—¿Qué fue todo aquello...?

Tres golpes suaves sonaron en la puerta.

—¿Puedo pasar?

—Sí.

Maeve entró sosteniendo una bandeja de madera.

Sobre ella había pan recién horneado, queso, miel y dos tazas de una infusión cuyo aroma llenó enseguida la habitación.

—Pensé que necesitabas esto.

Azalea sonrió con cansancio.

—Creo que leíste mi mente.

—No hace falta leerla.

Maeve dejó la bandeja sobre la mesa.

—Tienes la cara de alguien que pasó la noche pensando demasiado.

Azalea soltó una pequeña risa.

—¿Se nota tanto?

—Muchísimo.

Durante unos minutos desayunaron en silencio.

Solo se escuchaba la lluvia golpeando el tejado.

Azalea daba vueltas distraídamente a la taza entre sus manos.

Finalmente habló.

—Maeve...

—¿Sí?

—¿Tú ya conocías ese lugar del bosque?

Maeve tardó apenas un segundo en responder.

—No.

Pero ese segundo bastó.

Azalea lo notó.

Había dudado.

Muy poco.

Lo suficiente.

—¿Segura?

Maeve levantó la vista.

—¿Por qué lo preguntas?

Azalea permaneció observándola.

—Porque cuando nos encontraron...

Hizo una pausa.

—No parecías sorprendida. Parecías... preocupada.

La expresión de Maeve apenas cambió.

Solo bajó la vista hacia la taza.

—Cuando era niña escuché muchas historias sobre Elaris. Nada más.

Azalea continuó mirándola.

Aquella respuesta sonaba correcta.

Demasiado correcta.

Como si hubiera sido preparada con anticipación.

Decidió no insistir.

Pero algo cambió en su interior.

Desde que despertó en aquel tiempo, Maeve siempre había aparecido en el momento preciso.

Siempre parecía conocer el camino adecuado.

Siempre sabía más de lo que decía.

Y nunca explicaba cómo.

Azalea bebió un último sorbo de la infusión.

Por primera vez...

Se preguntó quién era realmente la mujer que la había salvado.

Mientras la lluvia seguía cayendo sobre Valdoren...

En el castillo, la calma era solo una ilusión.

Los corredores permanecían llenos de sirvientes que iban y venían en silencio, soldados cambiando de guardia y consejeros que entraban y salían de las salas de reuniones con el rostro cada vez más preocupado.

El reinado apenas había comenzado.

Y las responsabilidades parecían multiplicarse con cada amanecer.

En el despacho real, Bastian permanecía de pie frente al enorme ventanal.

Las gotas resbalaban lentamente por el cristal mientras la ciudad desaparecía entre la niebla.

Sobre el escritorio descansaban varios pergaminos abiertos.

Informes de impuestos, solicitudes de comerciantes, disputas entre aldeanos y todo aquello exigía su atención.

Sin embargo...

Su mente seguía regresando al bosque.

A la muchacha pelirroja.

Tres golpes resonaron en la puerta.

—Adelante.

La puerta se abrió.



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Editado: 11.07.2026

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