La lluvia había cesado durante la noche.
Los primeros rayos del sol atravesaban las cortinas de lino de la pequeña casa mientras el aroma de pan recién horneado llenaba el ambiente.
Azalea permanecía sentada frente a la ventana.
Sus manos descansaban sobre el alféizar mientras observaba a los comerciantes abrir sus puestos y a los habitantes de Valdoren comenzar una jornada más.
Había pasado casi una semana desde la cacería.
Y seguía sin encontrar respuestas.
Cada vez que cerraba los ojos recordaba el bosque.
La voz.
Era como si aquel lugar hubiera despertado algo dentro de ella... solo para negarse a explicarle qué era.
Soltó un largo suspiro.
No estaba acostumbrada a sentirse inútil.
En su época siempre había tenido algo que hacer.
Recolectar plantas, aprender nuevos hechizos, ayudar a las mujeres de su clan, entrenar el control de su magia.
Ahora… Pasaba los días escondida.
Esperando.
Y odiaba esperar.
Se levantó de golpe.
Tomó la escoba apoyada junto a la puerta y salió al pequeño patio.
Comenzó a barrer distraídamente las hojas secas que el viento había acumulado durante la lluvia.
A los pocos minutos, la puerta volvió a abrirse.
Maeve apareció con una cesta de mimbre apoyada sobre la cadera.
La observó unos segundos antes de sonreír.
—No tienes que hacer eso.
Azalea siguió barriendo.
—Si voy a seguir viviendo aquí, al menos quiero sentir que sirvo para algo.
Maeve dejó la cesta sobre un banco de madera.
—Ya sirves de mucho.
Azalea soltó una risa incrédula.
—No, Maeve.
Se apoyó sobre el mango de la escoba.
—Llevo días comiendo tu comida, durmiendo bajo tu techo y gastando tu paciencia.
Negó con la cabeza.
—Eso no puede seguir así.
Maeve cruzó los brazos.
Como si hubiera estado esperando exactamente ese momento.
—Entonces tengo una propuesta.
Azalea levantó una ceja.
—Te escucho.
Maeve sonrió.
—Ven a trabajar conmigo al castillo.
Azalea tardó unos segundos en reaccionar.
—¿Al castillo?
—Necesitan más personal desde la coronación.
Muchos sirvientes pidieron ser trasladados o renunciaron después de los cambios que hizo el nuevo rey.
Azalea dejó escapar una pequeña mueca.
—¿Y crees que aceptarían a una desconocida?
—Aceptarán a alguien recomendado por mí.
Azalea permaneció pensativa.
—No estoy segura...
Maeve dejó escapar una carcajada.
—¿En serio?
La miró divertida.
—La última vez entraste sin permiso. Esta vez al menos tendrás uno.
Azalea terminó riéndose también.
—Visto así… Suena bastante menos peligroso.
—Créeme.
Maeve sonrió de lado.
—Lo será mucho más.
Las dos rieron.
Era una risa ligera.
Sincera.
Una de esas que solo nacen cuando la confianza empieza a convertirse en amistad.
El camino hacia el castillo transcurrió entre el bullicio habitual de Valdoren.
Los panaderos acomodaban hogazas aún calientes sobre los mostradores.
Los herreros trabajaban con las puertas abiertas de sus talleres.
Los niños corrían entre las calles empedradas mientras los comerciantes anunciaban sus mercancías a voz en cuello.
Azalea observaba todo con curiosidad.
A pesar de llevar varios días en la ciudad, seguía encontrando algo nuevo en cada calle.
Mientras caminaban, Maeve habló sin dejar de mirar al frente.
—Hay algunas reglas que tendrás que aprender.
Azalea asintió.
—Las sirvientas no interrumpen conversaciones entre nobles, no hacen preguntas, no opinan, no miran directamente a los miembros de la familia real salvo que ellos se dirijan primero a ellas.
Azalea hizo una mueca.
—Empieza a sonar aburrido.
Maeve soltó una risa.