La Dame Rouge

CAPÍTULO XV

Azalea volvió a girarse con la intención de marcharse de una vez.

Había dado apenas dos pasos cuando la voz del rey volvió a detenerla.

—Azalea.

Ella cerró los ojos un instante.

—¿Sí, Majestad?

Bastian permanecía inmóvil al otro extremo del corredor.

Durante unos segundos pareció debatirse consigo mismo antes de hablar.

—Mañana.

Azalea esperó.

—Después del primer toque de campanas. Preséntate en mi despacho.

El corazón le dio un vuelco.

Frunció ligeramente el ceño.

Aquello sí que no lo esperaba.

—¿En su despacho?

—Así es.

—¿Puedo saber por qué?

—No.

La respuesta llegó con la misma serenidad de siempre.

Sin dureza.

Sin amenaza.

Simplemente definitiva.

Azalea dejó escapar un suspiro.

—Empiezo a pensar que le gusta mantener a la gente en suspenso.

—Solo cuando es necesario.

Ella negó con la cabeza.

—Pues funciona. Porque ahora voy a pasar toda la noche imaginando lo peor.

Bastian sostuvo su mirada.

—Entonces procura imaginar también alguna posibilidad en la que no ocurra nada malo.

Aquella respuesta la descolocó.

Esperaba otra frase cortante.

No eso.

Lo observó unos segundos.

Intentando descifrarlo.

Sin conseguirlo.

Finalmente hizo una breve inclinación de cabeza.

—Estaré allí.

Bastian asintió una sola vez.

—No llegues tarde.

Azalea sonrió de lado.

—Después de todo esto… Sería una pésima idea hacerlo.

Se dio media vuelta y, esta vez sí, continuó caminando junto a Maeve.

El eco de sus pasos fue perdiéndose por el corredor hasta desaparecer por completo.

Solo entonces Kael, que había permanecido prudentemente apartado durante toda la conversación, se acercó al rey.

—No parece precisamente fácil de intimidar.

Bastian observó el extremo vacío del pasillo.

—No.

Kael esbozó una sonrisa.

—Eso explica por qué no has dejado de pensar en ella desde la cacería.

El rey lo miró de reojo.

—No confundas curiosidad con otra cosa.

—Jamás me atrevería.

Kael hizo una leve inclinación burlona antes de alejarse.

Bastian permaneció unos segundos más en silencio.

Después dirigió la vista hacia los grandes ventanales del castillo.

La lluvia volvía a caer sobre Valdoren.

Y, sin saber exactamente por qué...

Tenía la sensación de que la conversación del día siguiente respondería muy pocas preguntas.

Y abriría muchas más.

Esa noche… El camino de regreso transcurrió en silencio.

Las calles de Valdoren se iban vaciando poco a poco mientras la ciudad se apagaba bajo la luz gris del atardecer. Las campanas del castillo marcaron el fin de la jornada con un eco distante que se perdió entre los tejados mojados.

Azalea caminaba junto a Maeve sin prestar demasiada atención al entorno.

Solo podía pensar en una cosa.

Mañana, en el despacho del rey.

Maeve rompió el silencio.

—No ha sido precisamente una conversación normal.

Azalea soltó una pequeña risa.

—Con él nada lo es.

Continuaron unos pasos más.

—¿Te preocupa?

Azalea ladeó ligeramente la cabeza.

—No lo sé.

Era la respuesta más honesta que tenía.

—Solo… no entiendo qué quiere.

Maeve la miró de reojo.

—A veces los reyes tampoco lo saben.

Aquello no ayudó en absoluto.

La casa las recibió con el calor suave de la chimenea encendida.

Maeve dejó la cesta sobre la mesa y comenzó a preparar algo sencillo para cenar, mientras Azalea se quedó cerca de la ventana.

La lluvia había vuelto.

Golpeaba el cristal con un ritmo constante.

—Come algo —dijo Maeve sin mirarla.



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Editado: 11.07.2026

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