La Dame Rouge

CAPÍTULO XVI

El primer toque de campanas resonó sobre los tejados de Valdoren cuando el sol apenas despuntaba en el horizonte.

Azalea ya estaba despierta.

Llevaba más de una hora sentada junto a la ventana de la pequeña casa de Maeve, observando cómo la ciudad comenzaba a cobrar vida. Los comerciantes abrían sus puestos, los panaderos encendían los hornos y el humo ascendía lentamente desde las chimeneas.

Pero ella apenas prestaba atención.

Solo podía pensar en una cosa.

El rey.

“Después del primer toque de campanas. Preséntate en mi despacho.”

Aquellas habían sido sus últimas palabras el día anterior.

Ni una explicación, ni una amenaza, solo una orden y, por alguna razón, eso la inquietaba más.

—Vas a desgastar el cristal de tanto mirarlo.

La voz de Maeve la hizo volver al presente.

Entró en la cocina con dos tazas de infusión entre las manos y una expresión que mezclaba diversión con preocupación.

Le tendió una de ellas.

—Gracias.

Azalea la aceptó sin apartar la vista de la ventana.

Maeve tomó asiento frente a ella.

—¿Estás nerviosa?

Azalea dio un sorbo antes de responder.

—No.

Maeve sonrió.

—Qué curioso. Porque siempre que mientes respondes demasiado rápido.

Azalea soltó un suspiro.

—No estoy nerviosa. Estoy…

Buscó la palabra adecuada.

—Molesta.

—¿Por qué?

—Porque no sé qué quiere.

Maeve apoyó los codos sobre la mesa.

—Entonces averígualo.

—¿Así de fácil?

—Sí.

La respuesta sorprendió a Azalea.

Maeve continuó con tranquilidad.

—Has discutido con él en la plaza, has discutido con él en el bosque. No creo que una conversación más vaya a cambiar demasiado las cosas.

Azalea dejó escapar una risa breve.

—Visto así…

Maeve sonrió.

—Solo intenta no salir del despacho después de haber declarado otra guerra.

—No prometo nada.

—Eso me temía.

Las dos rieron.

La tensión disminuyó apenas un poco. Solo un poco.

El castillo todavía estaba tranquilo cuando Azalea atravesó la puerta principal.

Los corredores, normalmente llenos de sirvientes, permanecían casi vacíos.

El segundo toque de campanas aún no había sonado.

Siguiendo las indicaciones de un guardia, subió por una amplia escalera de piedra hasta llegar al ala donde se encontraba el despacho real.

Dos soldados custodiaban la puerta.

Uno de ellos la reconoció.

—¿Azalea?

Ella asintió.

El guardia llamó suavemente.

—Majestad. La joven ha llegado.

Desde el interior llegó una voz serena.

—Hazla pasar.

La puerta se abrió.

Azalea respiró hondo antes de entrar.

El despacho no era exactamente igual a como lo había imaginado.

Amplio, ordenado, sobrio. No había joyas ni muebles ostentosos. Solo libros, mapas, pergaminos y una enorme ventana desde la que podía contemplarse buena parte de Valdoren.

Bastian estaba de pie junto a ella. No se volvió de inmediato.

Terminó de leer el documento que sostenía entre las manos antes de dejarlo cuidadosamente sobre el escritorio.

Solo entonces dirigió la mirada hacia Azalea.

—Llegaste puntual.

Ella sostuvo su mirada.

—Me dijeron que los reyes no disfrutan esperando.

Una leve curva apareció en la comisura de los labios de Bastian.

Duró apenas un instante.

—Depende de quién los haga esperar.

Azalea arqueó una ceja.

—¿Eso fue un intento de ser amable?

—No. Una simple observación.

El silencio volvió a instalarse entre ambos.

Fue Bastian quien lo rompió.

—Puedes sentarte.

Azalea miró la silla frente al escritorio.

Después volvió a mirarlo a él.

—Prefiero quedarme de pie.

—Como quieras.



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Editado: 11.07.2026

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