El amanecer encontró a Azalea despierta.
La luz apenas comenzaba a filtrarse por la pequeña ventana de la casa de Maeve, pero ella llevaba largo rato sentada junto al alféizar.
No había conseguido dormir.
Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de aquella anciana en el mercado.
“Esos ojos…”
“Evelyne Hawthorne.”
El nombre seguía resonando en su cabeza.
Durante cien años nadie había pronunciado el nombre de su madre delante de ella.
Y ahora una desconocida lo había reconocido con solo verla.
¿Cómo era posible? ¿Quién era aquella mujer? ¿Y por qué había desaparecido de aquella manera?
Un suspiro escapó de sus labios.
Sentía que cada respuesta que encontraba solo daba paso a nuevas preguntas.
—¿Otra vez despierta desde antes del amanecer?
La voz de Maeve la sacó de sus pensamientos.
Azalea giró la cabeza.
Maeve acababa de entrar en la cocina con un delantal atado a la cintura y el cabello recogido en una sencilla trenza. El aroma del pan recién horneado llenaba la pequeña casa.
—No podía dormir.
Maeve la observó unos segundos.
No hacía falta preguntar el motivo.
Desde que regresaron del mercado, Azalea había estado extrañamente callada.
Sirvió dos tazas de infusión y colocó una frente a ella.
—Bebe antes de que se enfríe.
Azalea obedeció.
El calor le reconfortó las manos, aunque no consiguió aliviar el torbellino que llevaba dentro.
Durante varios minutos ninguna habló.
Hasta que Maeve rompió el silencio.
—Hoy intenta mantener un perfil bajo.
Azalea levantó una ceja.
—¿Otra vez?
—Sí.
—Empiezo a pensar que ese es tu consejo para todo.
Maeve sonrió.
—Porque funciona.
Azalea soltó una pequeña risa.
—Depende de para quién.
Maeve negó con la cabeza.
—Promételo.
Azalea sostuvo la taza unos segundos antes de responder.
—Haré lo posible.
Maeve entrecerró los ojos.
—Esa respuesta no me tranquiliza en absoluto.
—Es la única que puedo darte.
El castillo ya estaba completamente despierto cuando llegaron.
Los pasillos rebosaban de actividad.
Los criados transportaban montones de ropa limpia entre un ala y otra, las cocineras trabajaban sin descanso. los guardias cambiaban turno en las murallas mientras los escribanos cruzaban el patio cargando documentos.
Todo parecía seguir el ritmo habitual. O casi.
Azalea comenzó su jornada limpiando uno de los corredores principales.
Todavía le sorprendía lo diferente que era conocer el castillo desde aquella perspectiva.
Los nobles recorrían aquellos pasillos sin reparar en quienes trabajaban para mantenerlos impecables.
Era como si los sirvientes fueran parte del mobiliario.
Invisibles.
“Mientras seas invisible, estarás protegida.”
Recordó las palabras de Maeve.
Quizá tenía razón.
Quizá…
Un estruendo interrumpió sus pensamientos.
El sonido del cristal rompiéndose resonó por todo el corredor.
Todos se detuvieron.
A pocos metros de ella, un muchacho de no más de dieciséis años permanecía completamente inmóvil.
Una bandeja había caído al suelo. Entre los restos brillaban decenas de fragmentos de una elegante copa de cristal.
El chico respiraba con dificultad y las manos le temblaban.
—No…
Susurró.
—No, no, no…
Desde el otro extremo del pasillo apareció el mayordomo Edwin.
Alto.
Impecablemente vestido.
Con el cabello gris peinado hacia atrás y una expresión que bastaba para imponer silencio.
Observó los restos de la copa.
Su rostro se endureció de inmediato.
—¿Sabes lo que acabas de romper?
El muchacho tragó saliva.
—Fue… fue un accidente…
Edwin se inclinó para recoger uno de los fragmentos.