La Dame Rouge

CAPÍTULO XVIII

La mañana amaneció cubierta por un cielo gris.

Una fina neblina descendía desde las montañas y envolvía Valdoren en un aire húmedo y frío. Desde la pequeña ventana de la casa, Azalea observó cómo las primeras hojas del otoño se desprendían de los árboles y giraban lentamente antes de tocar el suelo.

Había pasado buena parte de la noche despierta.

Cada vez que cerraba los ojos, la imagen de la anciana del mercado regresaba a su memoria.

“Esos ojos…”

“Son exactamente iguales.”

“Evelyne Hawthorne.”

Nadie había pronunciado el nombre de su madre desde que despertó en aquel siglo.

¿Cómo podía conocerlo aquella mujer? ¿Quién era?

¿Y por qué desapareció como si nunca hubiera existido?

Suspiró con cansancio.

Sentía que cada respuesta que encontraba solo daba origen a nuevas preguntas.

—¿Ya estás despierta? —preguntó Maeve desde la cocina.

—Hace rato.

El aroma del pan recién horneado y de una infusión de hierbas inundaba la pequeña casa.

Azalea entró mientras terminaba de recogerse el cabello.

Maeve dejó una taza frente a ella.

—No dormiste.

No era una pregunta.

Azalea tomó la taza entre las manos.

—¿Se nota tanto?

—Bastante.

Durante unos segundos ninguna habló.

El silencio entre ambas ya no era el mismo de los primeros días.

Seguía siendo cómodo…

Pero ahora escondía preguntas que ninguna se atrevía a formular.

Maeve fue la primera en romperlo.

—Hoy tendremos mucho trabajo.

—¿También tú?

—Mañana llegan delegaciones de varios reinos para felicitar al rey por su coronación.

El castillo está hecho un caos.

Azalea dejó escapar una pequeña sonrisa.

—Entonces no seré la única corriendo de un lado a otro.

Maeve sonrió.

—Eso espero.

El castillo parecía otro.

Los pasillos estaban llenos de sirvientes transportando tapices, vajillas de plata, arreglos florales y enormes candelabros.

Las cocinas hervían de actividad.

El aroma del pan, la carne asada y las especias recorría cada rincón.

Agatha y Edwin repartían órdenes sin detenerse ni un instante.

—¡Más velas para el gran salón!

—¡Que alguien limpie las ventanas del ala oeste!

—¡No quiero una sola mancha en esos pisos!

Azalea apenas acababa de dejar su cubeta cuando uno de los guardias se acercó.

—¿Azalea?

Levantó la vista.

—Sí.

—Su Majestad solicita tu presencia.

Ella cerró los ojos durante un instante.

—Empiezo a preocuparme cuando escucho esa frase.

El guardia permaneció completamente serio.

—¿Debo interpretar eso como una negativa?

—No… Solo como resignación.

Encontró a Bastian en el gran salón.

No estaba sentado en un trono ni rodeado de consejeros.

Sostenía un pergamino mientras supervisaba personalmente los preparativos.

Al escuchar sus pasos levantó la vista.

—Llegas puntual.

Azalea cruzó los brazos.

—Me dijeron que el rey quería verme. Pensé que era algo importante.

Bastian dobló el pergamino con tranquilidad.

—Lo es.

Ella esperó.

—Mañana recibiremos a representantes de cinco reinos.

Todo debe quedar listo antes del anochecer.

Azalea parpadeó.

Esperó unos segundos más.

—¿Eso era todo?

—Sí.

—¿Me hizo venir solo para decirme que trabaje?

—¿Esperabas otra cosa?

Ella soltó un suspiro exagerado.

—Después de las últimas veces, imaginé que volvería a interrogarme.

—Todavía no.

La respuesta la tomó por sorpresa.

—¿Todavía?

—Mientras trabajas hablas demasiado. Tal vez un día respondas alguna pregunta sin intentar cambiar de tema.

Azalea arqueó una ceja.



#649 en Fantasía
#3238 en Novela romántica

En el texto hay: romace, brujas, romace fantasia

Editado: 11.07.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.