El amanecer apenas comenzaba a teñir de gris el cielo cuando Azalea abrió los ojos.
No recordaba haber dormido.
Durante toda la noche había dado vueltas entre las mantas, incapaz de encontrar descanso. Cada vez que el sueño parecía vencerla, la misma escena regresaba una y otra vez.
El olor de la madera quemándose, las cadenas apretando sus muñecas, los gritos de una multitud y ell calor. Un calor insoportable que trepaba lentamente por sus piernas.
Cerró los ojos con fuerza.
Habían pasado cien años. Cien años. Y aun así, seguía recordándolo con una claridad que dolía.
Respiró hondo.
No quería volver a pensar en ello. Pero era imposible.
Las llamas comenzaban a devorar la base de la hoguera. El humo ascendía en espesas columnas oscuras que le hacía arder los ojos. Las cuerdas le inmovilizaban los brazos contra el poste. Frente a ella, cientos de rostros observaban en silencio. Algunos rezaban, otros sonreían y muchos simplemente miraban. Como si presenciar la muerte de una mujer fuera un espectáculo más.
Azalea había dejado de forcejear.
No porque hubiera perdido las fuerzas. Sino porque comprendió que ya no existía escapatoria.
Las llamas comenzaron a alcanzar sus botas. El cuero se deformó al instante. Después llegó el dolor. Un ardor insoportable recorrió las plantas de sus pies.
Apretó los dientes para no gritar. No quería regalarles ese último triunfo. Las lágrimas comenzaron a mezclarse con el humo.
Entonces… Una voz.
Suave. Lejana.
Como si no perteneciera a ninguna persona.
“Todavía no…”
Azalea abrió los ojos.
Miró alrededor.
Nadie había hablado.
El sacerdote seguía recitando la sentencia.
Los soldados permanecían inmóviles. La multitud continuaba observando.
“Todavía no…”
La voz volvió a escucharse.
Esta vez mucho más cerca.
No provenía de la plaza. No provenía del cielo.
Parecía surgir… De todas partes.
El viento comenzó a levantarse, las llamas se agitaron con violencia, los estandartes ondearon hasta casi desgarrarse, los caballos comenzaron a relinchar nerviosos, los soldados intentaban contener el caos.
Azalea apenas alcanzó a cerrar los ojos cuando una intensa luz roja envolvió todo cuanto la rodeaba.
Después… Nada.
Abrió los ojos sobresaltada.
Su respiración era agitada.
Una fina capa de sudor cubría su frente.
Instintivamente llevó ambas manos hasta sus pies.
Ya no había fuego.
Solo las antiguas cicatrices que ocultaba bajo el calzado.
Las rozó con cuidado. Aquellas marcas seguían allí. Como un recordatorio de que aquello no había sido un sueño. Había ocurrido.
Y, sin embargo… Nunca había logrado recordar qué sucedió después de aquella voz.
¿Cómo había escapado? ¿Por qué seguía viva? ¿Quién la había salvado?
Cada vez que intentaba reconstruir ese instante, sus recuerdos se desvanecían como humo entre los dedos.
Solo permanecían aquellas dos palabras.
“Todavía no.”
Y aquella extraña sensación de que alguien había decidido cambiar su destino.
Unos golpes suaves en la puerta la sacaron de sus pensamientos.
—¿Ya despertaste? —preguntó Maeve desde el otro lado.
Azalea respiró hondo antes de responder.
—Sí.
Maeve entró con una pequeña bandeja entre las manos. Sobre ella descansaban dos tazas de infusión y una cesta con pan recién horneado y algunas bayas.
Bastó una mirada para notar que algo no estaba bien.
—No descansaste.
No era una pregunta.
Azalea tomó una de las tazas para evitar su mirada.
—Se nota tanto…
—Un poco.
Maeve sonrió con suavidad mientras se sentaba frente a ella.
Durante unos instantes ninguna habló.
El silencio entre ambas nunca había resultado incómodo.
Hasta ahora.
Finalmente, Azalea rompió el silencio.
—¿Alguna vez has sentido que un mismo sueño intenta decirte algo?
Maeve levantó la vista.
—¿Un sueño?
Azalea dudó.
No podía contarle la verdad. Ni siquiera estaba segura de comprenderla ella misma.