La lluvia golpeaba con suavidad los altos ventanales del despacho real.
El cielo apenas comenzaba a aclararse, pero Bastian llevaba despierto desde mucho antes del amanecer. Frente a él, sobre el escritorio de roble, descansaba una hoja de papel amarillenta. Había perdido la cuenta de las veces que la había leído durante la noche.
No era una carta larga. Ni siquiera estaba completa. Sin embargo, cada palabra parecía pesar más que un tratado entero.
”…si algún día…”
Su mirada volvió a detenerse sobre aquella línea. Había crecido escuchando una única versión de la historia. Que su abuelo, el rey Alaric Von Falkenberg, había erradicado para siempre a las brujas del reino. Que Valdoren le debía la paz. Que el peligro había terminado hacía un siglo.
Entonces… ¿Por qué ocultar una carta? ¿Por qué esconderla detrás de un compartimiento secreto en la biblioteca? Y, sobre todo… ¿Por qué escribir una advertencia destinada únicamente al heredero del trono?
Bastian cerró los ojos durante un instante.
No le gustaban las preguntas sin respuesta.
Tres golpes secos resonaron en la puerta.
—Adelante.
La puerta se abrió sin ceremonia.
—Tienes una cara horrible.
Bastian levantó la vista.
—Buenos días para ti también.
Kael entró con la misma naturalidad de siempre, sin esperar invitación.
Vestía el uniforme negro de la Guardia Real, aunque llevaba el cuello abierto y los guantes de cuero sujetos al cinturón. Su espada descansaba en la cintura, como si formara parte de él desde el día en que nació.
Cerró la puerta tras de sí.
—¿Dormiste algo?
—Lo suficiente.
Kael soltó una risa.
—Llevamos veinte años siendo amigos. No me mientas con tanta facilidad.
Bastian dejó escapar un suspiro resignado.
—Dos horas.
—Eso ya me parece más creíble.
Kael tomó una de las sillas frente al escritorio y se dejó caer sobre ella.
—¿Otra vez los informes de impuestos?
—Ojalá.
Aquella respuesta hizo que el capitán levantara una ceja.
—Entonces sí es grave.
Bastian permaneció unos segundos en silencio y finalmente abrió el cajón del escritorio. Sacó la carta con cuidado. La sostuvo entre los dedos unos instantes antes de extenderla hacia Kael.
—Léela.
Kael tomó el documento con curiosidad.
Sus ojos recorrieron lentamente las líneas escritas con aquella antigua caligrafía.
Su expresión fue cambiando conforme avanzaba.
Al terminar, volvió a leer el último párrafo. Luego levantó la vista.
—¿Dónde encontraste esto?
—En la biblioteca.
—¿La biblioteca?
—Había un compartimiento oculto detrás de uno de los estantes.
Kael observó nuevamente el papel.
—¿Y nadie sabía que existía?
—Ni siquiera yo.
El capitán dejó la carta sobre la mesa con extremo cuidado.
—¿Estás seguro de que pertenece a tu familia?
—Tiene el sello de los Von Falkenberg. Y la caligrafía coincide con otros documentos del reinado de mi abuelo.
Kael permaneció pensativo.
—Entonces… ¿por qué esconderla?
—Esa es exactamente la pregunta que llevo haciéndome toda la noche.
El silencio se instaló entre ambos.
Solo el sonido constante de la lluvia acompañaba sus pensamientos.
Fue Kael quien volvió a hablar.
—Lo extraño no es solo que la ocultaran. Lo extraño es que no la destruyeran.
Bastian levantó lentamente la mirada.
—Pensé lo mismo. Si alguien quería borrar esa parte de la historia… habría sido más sencillo quemarla.
—En cambio…
—La escondieron para que algún heredero la encontrara.
Kael asintió despacio.
—Como si esperaran que algún día fuera necesaria.
Bastian caminó hasta la ventana.
Apoyó una mano sobre el marco de piedra.
—Toda mi vida me enseñaron que las brujas fueron derrotadas. Que ya no representan ningún peligro. Que pertenecen al pasado.
Hizo una pausa.
—Pero esta carta no habla como si todo hubiera terminado. Habla como si alguien hubiera esperado… que algún día todo volviera a comenzar.
Kael cruzó los brazos.
—¿Crees que la historia que nos enseñaron está incompleta?