La Dame Rouge

CAPÍTULO XXII

El sol ya se había elevado por encima de los árboles cuando Azalea abrió los ojos. Se arrepintió de inmediato. Un dolor punzante le atravesó la cabeza como si alguien estuviera golpeándole el cráneo con un martillo.

Cerró los ojos otra vez.

—Nunca… volveré… a beber…

Su propia voz sonó áspera y demasiado fuerte. Hizo una mueca de dolor.

Desde la cocina llegó la voz de Maeve.

—Eso dijiste hace unos minutos.

Azalea frunció el ceño sin abrir los ojos.

—¿Qué?

—Mientras seguías dormida.

Se incorporó apenas unos centímetros. El mundo dio una vuelta completa, así que volvió a dejarse caer sobre la almohada.

—Estoy muriendo.

Maeve apareció en el marco de la puerta con una taza humeante entre las manos. Llevaba el cabello recogido en una trenza sencilla y una expresión divertida que apenas intentaba ocultar.

—No estás muriendo.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque las personas que se están muriendo no discuten tanto.

Azalea estiró un brazo fuera de la cama.

—No puedo moverme.

—Sí puedes.

—No quiero moverme.

Maeve dejó la taza sobre la pequeña mesa junto a la cama.

—Bebe esto.

Azalea olfateó el contenido.

—¿Qué es?

—Una infusión.

—¿Sabe horrible?

—Muchísimo.

Azalea volvió a cerrar los ojos.

—Entonces prefiero morir.

Maeve soltó una risa.

—Qué dramática.

—No estoy siendo dramática.

Se llevó una mano a la frente.

—Creo que anoche el vino intentó asesinarme.

—No.

Respondió Maeve con total tranquilidad.

—Fuiste tú quien intentó acabar con el vino.

Azalea abrió un ojo lentamente.

—¿Bebí tanto?

Maeve cruzó los brazos.

—¿De verdad no lo recuerdas?

Azalea permaneció pensativa unos segundos.

Recordaba la taberna, la música, las risas. Después… Todo se volvía bastante confuso.

De pronto abrió mucho los ojos.

—Espera…

Maeve ya conocía esa expresión.

—¿Qué recuerdas?

Azalea se incorporó de golpe. Se arrepintió al instante. El dolor volvió a atravesarle la cabeza.

—¡Ay, por Udgard…!

Respiró hondo antes de hablar.

—Yo…

Se quedó completamente inmóvil.

—No…

Maeve sonrió.

—Sí.

Azalea se cubrió el rostro con ambas manos.

—No…

—Sí.

—No le levanté el dedo al rey…

Maeve ya no pudo contener la risa.

—Sí lo hiciste.

Azalea dejó escapar un largo gemido de vergüenza.

—No…

—Y bastante orgullosa, además.

—No…

—Incluso dijiste que llevabas una semana practicándolo.

Azalea retiró lentamente las manos del rostro. La expresión de horror era absoluta.

—¿También dije eso?

—Varias veces.

Azalea volvió a cubrirse la cara.

—Quiero desaparecer.

Maeve seguía riéndose.

—Lo mejor fue cuando dijiste que era un logro personal.

—Por favor, deja de hablar.

—Después intentaste convencerme de que era una muestra de educación.

—Maeve…

—Y…

—¡Maeve!

Las dos terminaron riendo.

Bueno… Maeve riendo. Azalea lamentando profundamente seguir con vida.

Pasaron unos segundos antes de que Azalea suspirara.

—Prométeme una cosa.

Maeve levantó una ceja.

—¿Cuál?

Azalea señaló la botella vacía que aún permanecía sobre una repisa.

—Si alguna vez vuelves a verme tomando vino como si fuera agua…

Maeve esperó.

—Detenme.

—¿Cómo?

—No sé. Amárrame a una silla. Escóndeme las copas. Empújame a un río. Lo que sea. Pero no permitas que vuelva a hacer el ridículo de esa manera.



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Editado: 11.07.2026

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