La Dame Rouge

CAPÍTULO XXIII

La mañana siguiente amaneció mucho más tranquila.

Por primera vez en varios días, el castillo no parecía una colmena a punto de estallar. Los carruajes ya no entraban sin descanso por las puertas principales, y el incesante ir y venir de sirvientes había disminuido hasta convertirse en un ritmo mucho más llevadero.

Azalea respiró profundamente apenas cruzó el puente de piedra.

—Al fin… —murmuró para sí.

El aire otoñal era fresco y el cielo permanecía despejado, como si incluso el clima hubiera decidido concederle un pequeño descanso.

A su lado, Maeve acomodó el cesto de ropa limpia que llevaba entre los brazos.

—¿Qué fue ese suspiro?

—El de una mujer que ha sobrevivido al peor banquete de su vida.

Maeve soltó una risa.

—¿Tan terrible fue?

Azalea la miró con incredulidad.

—Maeve… ayer serví tanto vino que creo que, si vuelvo a verlo, me dará otra resaca por puro recuerdo.

—Eso te pasa por querer competir con los borrachos de la taberna.

—No estaba compitiendo.

—No, claro…

—Solo estaba… hidratándome.

Maeve negó con la cabeza, divertida.

—Con vino.

—Era vino muy caro.

—Sigue siendo vino.

Azalea hizo un gesto de derrota.

—Está bien. Ya aprendí la lección.

Maeve sonrió.

—Eso mismo dijiste ayer.

—Y hoy lo digo completamente sobria.

—Eso sí es una novedad.

Las dos rieron mientras atravesaban el patio principal. Por primera vez desde la coronación, Azalea sentía que podía caminar sin que alguien la llamara cada diez pasos. Incluso algunos soldados conversaban relajadamente junto a las murallas.

El ambiente era distinto. Más ligero. Más humano.

—Creo que sobrevivimos —dijo Azalea.

Maeve levantó una ceja.

—No cantes victoria.

—¿Por qué?

—Porque siempre que dices algo así…

Una voz las interrumpió.

—Maeve. Azalea.

Las dos se giraron al mismo tiempo. Edwin descendía con paso firme por la escalinata principal. Azalea dejó caer los hombros.

—…aparece Edwin —terminó Maeve.

El mayordomo llegó hasta ellas con la misma expresión imperturbable de siempre.

—Las estaba buscando.

Azalea suspiró exageradamente.

—Sabía que era demasiado bueno para ser verdad.

Edwin la ignoró por completo.

—Los embajadores permanecerán varios días más en el castillo.

Habrá que atender habitaciones, preparar desayunos, organizar equipajes y asistir a sus respectivos séquitos.

Azalea levantó una mano.

—¿Eso significa que el trabajo terminó?

Edwin la observó en silencio.

—No.

—Debí imaginarlo.

—Solo significa que cambió.

Maeve reprimió una sonrisa. Azalea, en cambio, dejó escapar otro suspiro.

—¿Y cuáles serán nuestras tareas?

Edwin abrió una pequeña libreta.

—Maeve permanecerá en las cocinas y supervisará el servicio de desayuno para los invitados.

Ella asintió.

—Entendido.

—Azalea.

—Aquí viene lo peor…

—Ayudarás en el ala norte.

Azalea frunció el ceño.

—¿Qué hay en el ala norte?

—Los aposentos de los invitados reales.

Ella parpadeó.

—¿Quiere decir que tendré que tratar directamente con embajadores?

—No.

—Menos mal.

—También con príncipes, princesas, duques y consejeros extranjeros.

Azalea cerró los ojos.

—Era demasiado bonito para durar.

Maeve soltó una pequeña carcajada. Edwin continuó como si nada hubiera ocurrido.

—Procura no discutir con ninguno.

Azalea abrió los ojos.

—¿Por qué todos asumen que discuto con la gente?

Maeve respondió antes que el mayordomo.

—Porque discutes con la gente.

—Eso no es verdad.

Las miradas de ambos se posaron sobre ella. Azalea terminó sonriendo.



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Editado: 26.07.2026

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