El amanecer apenas comenzaba a teñir de dorado las torres de Valdoren cuando el sonido del acero rompió el silencio. Dos espadas chocaron con fuerza en el patio de entrenamiento.
Los pocos soldados que ya practicaban sus ejercicios se apartaron con naturalidad para dejar espacio a los dos hombres que combatían en el centro del campo.
No era un duelo, nunca lo era. Era una costumbre que ambos mantenían desde la adolescencia.
El rey sostenía una espada de entrenamiento de madera endurecida. Vestía únicamente una camisa de lino blanca con las mangas remangadas y unos pantalones oscuros de montar. Sin la corona, sin la capa y sin los símbolos de la realeza, parecía simplemente un joven más entrenando antes de comenzar la jornada.
Frente a él, Kael sonreía con esa tranquilidad que solo alguien que llevaba media vida peleando a su lado podía permitirse.
—No has dormido otra vez.
Bastian respondió con un ataque directo al hombro y Kael desvió el golpe con facilidad.
—Eso fue un sí.
El rey volvió a atacar, pero esta vez apuntó a las piernas. Kael retrocedió un paso.
—¿Sabes? La mayoría de la gente responde hablando.
Bastian giró la espada y lanzó otro corte lateral.
—Yo respondo mejor así.
Kael soltó una risa.
—Sí... ya lo había notado.
Las espadas volvieron a encontrarse, cada vez los movimientos de ambos eran rápidos y precisos. No había movimientos innecesarios. No buscaban impresionar a nadie. Solo medían sus fuerzas. Cada uno conocía los hábitos del otro casi de memoria.
Kael sabía que Bastian acostumbraba cambiar el ritmo del combate de un momento a otro. Bastian sabía que Kael siempre buscaba rodearlo por la izquierda cuando encontraba una abertura. Aquellos detalles solo podían conocerse después de incontables años entrenando juntos.
Durante varios minutos ninguno consiguió imponerse. Hasta que Kael notó un cambio. Los ataques comenzaron a llegar con mayor velocidad. Más fuerza. Más decisión. El rey ya no estaba peleando por costumbre. Estaba descargando todo lo que llevaba acumulando durante los últimos días. La carta. Las noches sin dormir. Las preguntas que no dejaban de perseguirlo. Todo parecía salir con cada golpe.
Kael bloqueó una estocada apenas a tiempo. Retrocedió dos pasos.
—Eso es...
Bastian no respondió. Otra vez atacó. Y otra. Y otra más. La madera volvió a chocar con fuerza.
Kael apenas conseguía seguir el ritmo. Una finta. Un giro. Un cambio de mano. El capitán reaccionó un instante demasiado tarde. Bastian atrapó su espada con un movimiento limpio y la hizo salir despedida varios metros hasta caer sobre la arena. El silencio se apoderó del patio. Kael levantó lentamente ambas manos.
—Está bien. Me rindo.
Bastian bajó la espada mientras recuperaba el aliento. El sudor le resbalaba por la frente, pero por primera vez en varios días sentía la mente un poco más ligera.
Kael caminó hasta recoger su arma. Sacudió la arena de la hoja antes de volver junto a él.
—Hacía tiempo que no me desarmabas tan rápido.
Una pequeña sonrisa apareció en los labios del rey.
—Te estás haciendo lento.
—No. Tú simplemente necesitabas golpear algo.
Bastian dejó escapar una breve risa.
—Puede ser.
Ambos caminaron hasta una banca de piedra situada bajo la sombra de un viejo roble.
Uno de los soldados se acercó respetuosamente y les entregó dos cantimploras. Los dos agradecieron con un gesto antes de beber.
Durante unos minutos permanecieron en silencio. No era un silencio incómodo. Nunca lo era entre ellos.
Finalmente, Kael habló.
—¿Sigues pensando en la carta?
Bastian mantuvo la vista fija en el patio de entrenamiento. Varios jóvenes reclutas practicaban movimientos básicos bajo la supervisión de un instructor.
—Todo el tiempo.
Kael apoyó los antebrazos sobre las rodillas.
—Es normal.
Encontraste algo que contradice todo lo que te enseñaron. Bastian tardó unos segundos en responder.
—Mi abuelo dedicó su vida a proteger este reino. Eso dicen todos los libros. Eso me enseñaron desde niño.
Kael permaneció atento.
—Y ahora aparece una carta escondida durante un siglo.
Una carta que parece decirme que todavía había cosas de las que nadie debía hablar.
Respiró hondo.
—No sé qué pensar.
El capitán guardó silencio unos instantes antes de responder.
—No tienes que decidirlo ahora. Solo averiguar la verdad.
Bastian observó cómo un grupo de reclutas celebraba el único golpe que uno de ellos había conseguido conectar. Una leve sonrisa apareció en su rostro.