La Dame Rouge

CAPÍTULO XXV

La actividad en el castillo comenzaba, por fin, a disminuir.

Después de varios días de recepciones, banquetes y reuniones diplomáticas, algunos embajadores ya preparaban su regreso a sus respectivos reinos. Los pasillos seguían siendo concurridos, pero el ritmo frenético que había dominado el castillo durante la última semana empezaba a desaparecer.

Para Azalea, aquello significaba una sola cosa. Volver a las tareas habituales. O eso creyó.

—Azalea.

La voz de Edwin la alcanzó mientras terminaba de limpiar uno de los ventanales del corredor principal.

—¿Sí, señor Edwin?

El mayordomo sostenía una pequeña libreta entre las manos. Como siempre.

—El despacho del rey necesita limpieza.

Azalea dejó de frotar el cristal.

—¿El despacho real?

—Así es.

—¿Está el rey dentro?

—No.

Se encuentra reunido con el canciller. Tienes aproximadamente media hora. Ella asintió.

—Entendido.

Edwin comenzó a alejarse. Después se detuvo. Sin girarse siquiera, añadió:

—Y, por favor...

Azalea ya conocía ese tono.

—¿Sí?

—No reorganices nada.

Ella frunció ligeramente el ceño.

—¿Tan poca confianza me tiene?

Edwin giró apenas la cabeza.

—Sí—respondió con absoluta serenidad.

Luego continuó caminando. Azalea lo observó desaparecer por el pasillo.

—Qué exagerado...—murmuró mientras recogía un plumero, un balde con agua limpia y un paño.

Subió las escaleras hasta el ala donde se encontraba el despacho real. Golpeó suavemente la puerta. Silencio. Abrió con cuidado.

La habitación permanecía vacía. La luz del mediodía entraba por los altos ventanales, iluminando el amplio escritorio de nogal.

Azalea avanzó unos pasos, entonces lo vio. El escritorio era un auténtico desastre. Mapas abiertos ocupaban casi toda la superficie, había pergaminos enrollados mezclados con otros completamente extendidos, varios libros descansaban abiertos unos encima de otros, cartas, notas, plumas y frascos de tinta. Todo parecía colocado sin ningún orden.

Azalea dejó el balde en el suelo.

—¿Cómo encuentra algo aquí...?

Se acercó con curiosidad. Había documentos parcialmente cubiertos por otros, una regla metálica debajo de tres libros y una vela consumida entre varios pergaminos. Negó lentamente con la cabeza.

—Edwin tenía razón… Esto sí necesita ayuda.

Comenzó por limpiar el polvo de las estanterías. Después pasó un paño húmedo por el escritorio, procurando no mover demasiado los documentos. Lo consiguió durante casi cinco minutos. Hasta que encontró un mapa completamente doblado debajo de un pesado libro. Lo levantó. Lo alisó cuidadosamente.

—No puedes respirar ahí abajo.

Lo colocó a un lado. Después encontró tres cartas escondidas debajo del mapa. Las acomodó. Más tarde reunió todas las plumas dentro del mismo recipiente. Separó los libros por tamaño. Enrolló cuidadosamente los mapas. Agrupó los documentos según el sello que llevaban. Cuando terminó… El escritorio parecía completamente distinto. Todo estaba limpio, ordenado, perfectamente alineado.

Azalea dio un paso hacia atrás para admirar su trabajo. Una sonrisa orgullosa apareció en su rostro.

—Muchísimo mejor.

En ese preciso instante… La puerta se abrió. Bastian entró sin levantar demasiado la vista. Sostenía un documento entre las manos mientras continuaba leyendo.

—Edwin, necesito los informes sobre las rutas comerc...

Las palabras murieron en sus labios. Levantó lentamente la vista. Observó el escritorio. Después volvió a mirar a Azalea. Luego otra vez al escritorio. Hubo un largo silencio.

Azalea, completamente ajena a la tormenta que estaba a punto de desatarse, continuó sacudiendo tranquilamente una de las estanterías.

Finalmente, Bastian habló.

—¿Dónde está?

Ella dejó de limpiar.

—¿Qué cosa?

—Mi informe sobre las rutas comerciales.

Azalea miró el escritorio.

—No sé.

—Estaba aquí.

Ella señaló una de las pilas perfectamente acomodadas.

—Probablemente ahora esté ahí.

Bastian se acercó. Tomó la primera pila. Nada. La segunda. Tampoco. La tercera. La cuarta. Su expresión iba endureciéndose con cada documento que revisaba.

Azalea cruzó los brazos.

—¿Busca algo en particular?

Él levantó lentamente la vista.

—¿Moviste mis papeles?



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Editado: 26.07.2026

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