Cinco días habían transcurrido desde que los últimos embajadores abandonaron Valdoren. El castillo había recuperado, por fin, su ritmo habitual.
Los largos pasillos ya no estaban repletos de nobles conversando en distintos idiomas, ni las cocinas trabajaban sin descanso para preparar banquetes interminables. Los criados caminaban con menos prisa, los salones permanecían en silencio la mayor parte del día y hasta Edwin parecía haber recuperado algo de la tranquilidad que había perdido durante las celebraciones por la coronación.
Para Azalea, aquello significaba volver a la rutina. Limpiar, ordenar, lustrar y procurar no meterse en problemas. Lo último seguía siendo lo más difícil.
Aquella mañana terminó antes de lo previsto de limpiar una de las galerías del ala oeste. Edwin le indicó que aún faltaba tiempo para comenzar con la siguiente tarea, así que, por primera vez en varios días, disponía de unos minutos para sí misma.
Sin pensarlo demasiado, sus pasos la llevaron hacia el patio de entrenamiento. El sonido metálico de las espadas chocando entre sí llegó hasta ella incluso antes de cruzar el arco de piedra.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro. Había algo en aquel sonido que siempre lograba despertar recuerdos que creía olvidados. Se apoyó contra una de las columnas de madera que rodeaban el campo de entrenamiento.
Varios soldados practicaban bajo la supervisión de los instructores. Algunos combatían en parejas. Otros repetían una y otra vez la misma secuencia de movimientos con una disciplina admirable. El acero brillaba bajo la luz de la mañana. Las órdenes resonaban con firmeza.
Azalea permaneció observándolos en silencio. No era curiosidad. O, al menos, no únicamente. Aquellas imágenes despertaban una parte de su vida que parecía pertenecer a otra persona.
Su madre siempre había insistido en que aprendiera a defenderse. “No importa quién seas.”, “No importa con qué hayas nacido.”, “Siempre llegará un día en el que solo podrás confiar en tus propias manos.”
Evelyne repetía aquellas palabras con una paciencia infinita mientras corregía su postura con una espada de madera.Cuando era pequeña, Azalea odiaba entrenar.
Prefería perderse entre los árboles, leer alguno de los pocos libros que conservaban o pasar horas observando las flores silvestres que crecían alrededor de los refugios donde vivían. Pero Evelyne nunca cedía. La hacía levantarse antes del amanecer, le enseñaba a mantener el equilibrio, a esquivar, a caer sin lastimarse, a levantarse inmediatamente después. Una y otra vez. Durante años creyó que su madre simplemente era demasiado estricta. Ahora comprendía que solo intentaba prepararla para el mundo en el que les había tocado vivir.
Azalea bajó lentamente la mirada. Había vivido veintitrés años en una realidad muy distinta a la que ahora encontraba en Valdoren.
Desde que tenía memoria, las brujas vivían ocultas. No existían hogares permanentes. Ni pueblos donde pudieran permanecer demasiado tiempo.mCada cierto tiempo debían marcharse. Cambiar de refugio. Cambiar de nombre. Evitar llamar la atención. Era una vida tan normal para ella que jamás se había detenido a cuestionarla. Simplemente era lo que conocía. Su madre tampoco hablaba demasiado del pasado. Nunca le contó cómo había empezado aquella persecución. Ni por qué seguían escondiéndose después de tantos años.
Cuando Azalea hacía preguntas, Evelyne casi siempre sonreía con tristeza y cambiaba de tema. Hablaban del siguiente invierno. Del próximo refugio. De las provisiones que aún les quedaban. Como si el futuro nunca pudiera ir más allá de unos pocos meses. Azalea tampoco conocía un propósito. No sabía si alguna vez había existido uno. Las brujas simplemente sobrevivían y ella había crecido creyendo que aquello era suficiente.
El fuerte choque entre dos espadas la devolvió al presente. Uno de los soldados terminó de espaldas sobre la arena mientras el resto estallaba en carcajadas. Su compañero le tendió la mano para ayudarlo a levantarse.
Azalea sonrió. Hacía mucho tiempo que no sostenía una espada. Más del que le habría gustado admitir. No porque hubiera olvidado cómo hacerlo. Sino porque, desde la muerte de su madre, nunca volvió a encontrar una razón para entrenar.
—Empiezas a convertir esto en una costumbre.
La voz la sacó de sus pensamientos. Giró lentamente la cabeza. Bastian descendía los escalones que conducían al patio de entrenamiento.
No llevaba corona. Vestía únicamente un jubón oscuro de cuero ligero, pantalones negros y unas botas altas de montar. El cabello, ligeramente despeinado por el viento de la mañana, le daba un aspecto mucho menos solemne que el que mostraba durante las reuniones del Consejo.
Azalea arqueó una ceja.
—¿A qué se refiere, Majestad?
Él se detuvo a su lado. Dirigió la vista hacia los soldados.
—A venir a espiar a mi Guardia Real.
Ella soltó una pequeña risa.
—No estaba espiando.
—¿No?
—No.
—Entonces, ¿qué hacías?
—Mirar.
Bastian sonrió apenas.
—Eso es exactamente lo que hace un espía.