Dos días habían transcurrido desde la llegada de la Orden de la Llama Blanca y el castillo ya no se sentía igual. No había ocurrido ningún incidente. Nadie había sido acusado. Nadie había levantado la voz. Sin embargo, la sola presencia de la Orden bastaba para alterar el ambiente.
Los sirvientes hablaban más bajo. Los consejeros parecían medir cuidadosamente cada palabra. Incluso los soldados mantenían una disciplina más rígida cuando alguno de aquellos hombres vestidos de blanco cruzaba los corredores. Era como si todos procuraran no llamar la atención.
Kael Ravenshield descendió las escaleras que conducían al Archivo Real. Dos guardias custodiaban la entrada. Al verlo, se hicieron a un lado. El capitán cruzó la puerta con paso tranquilo.
El enorme salón permanecía casi en absoluto silencio. Decenas de estanterías de roble se extendían hasta perderse entre las sombras. Pergaminos, libros mapas, registros de impuestos, tratados, cartas. Todo cuidadosamente clasificado.
En distintos puntos de la sala, varios miembros de la Orden trabajaban en completo silencio. No revisaban los documentos al azar. Abrían un registro. Anotaban algo. Lo devolvían exactamente al mismo lugar. Tomaban el siguiente. Como si siguieran un orden que solo ellos conocían.
Kael permaneció observándolos unos segundos. Algo no terminaba de convencerlo. Se acercó a uno de los escribanos del castillo, un anciano de barba blanca que llevaba décadas trabajando entre aquellos archivos.
—¿Cómo va todo?
El hombre levantó la vista.
—Con demasiada calma.
Kael arqueó una ceja.
—¿Eso es bueno o malo?
El escribano suspiró.
—No lo sé. Nunca había visto una inspección como esta.
Kael observó nuevamente a los miembros de la Orden.
—¿Qué están buscando exactamente?
El anciano negó lentamente con la cabeza.
—No nos lo dicen. Solo solicitan determinados registros.
—¿Cuáles?
El hombre tomó una pequeña libreta donde llevaba anotadas las solicitudes.
—Primero pidieron documentos sobre la fundación del reino. Después antiguos tratados con los reinos vecinos, registros de nobleza, cartografía, correspondencia real…
Kael escuchaba con atención.
Hasta que el escribano añadió:
—Y esta mañana solicitaron todos los registros comprendidos entre los años mil quinientos veinte y mil quinientos cuarenta.
El capitán sintió un leve nudo en el estómago. Aquellos años. Precisamente aquellos años. Intentó que su expresión no cambiara.
—¿Algún motivo?
—Ninguno. Solo dijeron que continuarán con ellos mañana.
Kael dio las gracias y se alejó lentamente.
Mientras abandonaba el archivo, no podía dejar de pensar en la conversación que había tenido con Bastian días atrás. La carta. Las antiguas brujas. Ahora aquellos documentos. Tal vez solo fuera una coincidencia. Pero cada vez le costaba más creer en las coincidencias.
Encontró a Bastian en el despacho real. El rey permanecía sentado frente a una mesa cubierta de mapas y documentos. Aunque, por la expresión de su rostro, era evidente que llevaba varios minutos sin leer una sola línea.
Levantó la vista cuando Kael entró.
—¿Qué averiguaste?
El capitán cerró la puerta antes de responder.
—Nada… y eso es precisamente lo que me preocupa.
Bastian dejó la pluma sobre el escritorio.
—Explícate.
—No hacen preguntas. No discuten. No registran habitaciones. Solo revisan documentos. Pero saben exactamente qué pedir.
El rey permaneció en silencio. Kael continuó.
—No parecen hombres buscando información. Parecen hombres comprobando algo que ya sospechan.
Bastian apoyó ambos codos sobre el escritorio.
—¿Qué registros solicitaron hoy?
—Los comprendidos entre mil quinientos veinte y mil quinientos cuarenta.
El silencio que siguió fue breve. Pero suficientemente revelador. Bastian desvió lentamente la mirada hacia la ventana.
—Los años de las purgas.
Kael asintió.
—Exactamente.
Ninguno de los dos habló durante unos segundos. Finalmente, Bastian dejó escapar un largo suspiro.
—Nunca me ha gustado la influencia que tiene la Orden.
Kael cruzó los brazos.
—Ni a mí.
—No responden ante ningún rey. No obedecen ningún consejo. No pagan tributos. Y, aun así… Todos les abren las puertas.
El capitán sonrió con amargura.
—Es difícil negarles algo cuando medio continente los considera los guardianes de la voluntad de Udgard.