Londres, 23 de junio de 1839.
Aún podía sentir su piel ardiendo, aquella piel que momentos antes había sido acariciada por los largos y varoniles dedos de aquel hombre que la traía fascinada.
— Basta, milord —. Pidió, suplicó más bien, en un susurro que se llevó el viento frío de aquella noche.
El hombre frente a ella, que se acercaba con sigiloso peligro, amenazando con romper lo poco que quedaba de su cordura, no hizo caso a su petición.
— Sabes que no es lo que quieres —. La voz del hombre, grave y agitada por la expectativa, la hizo estremecer entera.
Fijó sus ojos grises en los suyos azules, tan oscuros en ese momento como el océano mismo, cargados de deseo, de anhelo.
Sabía que estaba mal, que era un pecado desear a ese hombre pero fue inevitable no caer en sus encantos, y sabía que lo que estaba a punto de hacer también era incorrecto pero su cuerpo ya no le pertenecía, era presa de los sentimientos que ese hombre le producía.
— Me deseas, tanto como yo a ti —. Susurró el hombre, cada vez más cerca de sus labios, —. Déjame tenerte, al menos esta noche.
— Si.