Me paré frente a las vías subterráneas. En el borde, para ser más específico, me quedé inmóvil, mirándolas. Cuando vi las luces del tren acercándose, tomé la decisión sin pensarlo. Ya estaba decidido en hacerlo; no me importaba si alguien intentaba detenerme, lo iba a hacer.
Levanté el pie, y algo extraño ocurrió: se escuchó un tintineo que me hizo levantar la mirada. Un zorro blanco me observaba desde el otro lado, con una expresión que parecía una sonrisa.
Sonreí y me lancé, pero el zorro, de algún modo, apareció frente a mí en el aire. Me tumbó hacia atrás. Cerré los ojos por inercia y, al abrirlos, me encontré rodeado de pasto largo. Sentía mi pecho pesado: era el zorro, que me observaba de forma extraña. El miedo me dominó y lo empujé.
Sacudió la cabeza y me miró:
—Oye… No empujes de esa manera. Pudiste dañarme.
—¿Qué…? ¿Acaso…? —comencé a retroceder arrastrándome con desesperación—. ¿¡Cómo puedes hablar!? ¡Aléjate de mí, demonio!
De un salto se colocó detrás de mí, mirándome directo a los ojos:
—No soy ningún demonio, eso ofende. Hace unos segundos estuviste a punto de quitarte la vida, ¿Por qué regresarías a tu mundo?
Me levanté sin pensarlo, producto del susto repentino.
—¿¡Por qué!? ¡Estoy en un lugar que ni siquiera conozco, y eres un zorro que habla!
—Pero allí no eras nadie, no tenías a nadie. En cambio, aquí puedes empezar de cero, ¿Al menos tienes idea de dónde estás, y de lo que puedes hacer?
—Imagino que en otro mundo o algo así, pero eso no me importa. Sólo… Quiero desaparecer, ¿Es tan difícil eso?
—Ay, niño… La vida es un regalo, un regalo de un solo uso que debemos aprovechar para hacer de todo. Aprovecha esta oportunidad que te doy en este mundo de fantasía para hacer cosas nuevas.
Suspiró y añadió:
—Está bien, te daré la opción de regresar a tu mundo en el momento exacto que te salvé
—¿Me dejarías exactamente cuando salté?
—¿No es lo que querías?
Desvié la mirada sin un punto fijo, hasta que lo miré con seguridad.
—¿Qué puedo hacer aquí?
—Buena decisión. —contestó sonriendo.
Hizo que le enseñara mi marca de nacimiento que tenía en el hombro, aunque era imposible que lo supiera si nunca lo mencioné, y al parecer esas tres ramas representaban un copo, “el de la izquierda era la calma, el de la derecha precisión y el de arriba la permanencia del frío”.
Aunque ese dato me haya desconcertado, el hecho de que podía hacer magia me alejó de ese sentimiento. Apenas mencionó que debía usar conjuros, los cuales se aprendían en una sede de “magos de hielo”, me quitó parte de la emoción; allí tenían un grimorio con los conjuros, el cuál era el único ejemplar.
Para no desanimarme, me enseñó un conjuro; pero nada genial. “Con la yema de mis dedos moldeo la escarcha, y que vuele como saeta contra mi enemigo”, así era el conjuro que servía para lanzar una bola de hielo que congelaba cualquier cosa, pero la duración dependía de la fuerza del usuario; se suponía que ese hechizo se lo enseñaban a los novatos. Lo que supuestamente debía animarme, resultó lo contrario.
A unos dos días, según el zorro, había un pueblo donde podía empezar una nueva vida; allí se trataba de un lugar amigable. Posterior a una gran caminata ya me ganaba el cansancio, por lo que me senté en un árbol; había varios, aunque no acaparaban la llanura.
Justo cuando me senté se escuchó mi estómago gruñir, acto seguido el zorro se ofreció en buscar comida antes de desaparecer en el aire, dejándome sin palabras. El silencio regresó, aunque no duró demasiado. De pronto, un sonido extraño cortó el aire: un chillido agudo, metálico, parecido al de un insecto, pero con algo perturbador en su tono, como si no perteneciera a nada pequeño. Me ericé al instante.
El pasto cercano comenzó a moverse, ondulando como si una criatura enorme se arrastrara bajo él. La sensación era clara: aquello no tenía nada de normal.
—¡Aparece zorro! ¿¡Dónde estás!? —extendí la mano derecha, usando la izquierda para sujetar el antebrazo. —Co, co, con… La, la, la, ¡Yema de…! Yema de, de… —por más que intentaba decirlo no podía.
El ser que terminó saliendo fue una cucaracha gigante.
—¿Una cucaracha? Me asusté por nada, sí da miedo, pero no para tanto. —de repente la cucaracha comenzó a correr hacia mí—. ¡No te me acerques cosa asquerosa!
Lancé el hechizo, dejándolo congelado; sólo que no estaba durando mucho, así que me abalancé lo más rápido con un palo y le aplasté la cabeza aún congelada.
—¿Qué sucedió aquí? —el zorro apareció de la nada en frente.
—Oh, nada. Sólo asesiné una cucaracha gigante, nada nuevo. —contesté con sarcasmo.
—¡Qué bueno! Voy a tener postre.
Escuchar eso me revolvió el estómago, casi vomité.
—Eres asqueroso.
—Soy hembra, ¿Lo sabías?
—Obviamente que no, y ni loco te miraría las partes.
—Pero si sólo soy un animal, no sería algo extraño.
—Uno que habla.
—En tu mundo hay animales que hablan.
—No son zorros y no lo hacen como un humano igual que tú.
—Buen punto.
El estómago gruñó de nuevo interrumpiendo la conversación, de manera que preparé la fogata; la zorra le quitó de forma muy gráfica el pelaje a los dos conejos que cazó, manteniéndolos en el aire.
Comencé a intentar encender la fogata a la antigua: frotando ramas. Después de hacer varios intentos sin resultados, la zorra la encendió con un aliento de fuego; me quedé mirándola serio.
—Si podías hacer eso, ¿¡Por qué no lo hiciste antes!?
—Quería ver si lo podías hacer sólo, lástima que no tengas magia de fuego.
—Lástima que no tengas magia de fuego. —repetí con tono de burla. —me voy a acostar un rato. —la zorra se recostó encima de mi pecho—. ¿Qué haces?
—Acostándome.
—Como sea, despiértame cuando esté la comida.
Fui despertado de manera inesperada por un temblor que me hizo levantar de un salto, la zorra ya estaba en guardia en frente de mí; el temblor no frenaba, siendo más intenso cada segundo. Del suelo salió un topo del tamaño de una persona, provocándome paralizado al instante, la zorra emanaba una luz dorada que iba aumentando.