Del techo comenzó a gotear una sustancia viscosa que se arrastró hasta formar un cuerpo informe. El hedor era nauseabundo. En cuestión de segundos, el lodo cobró la forma de un slime, cuya masa temblaba con un sonido húmedo y repulsivo. Elran, con frialdad, lanzó su daga contra una roca brillante en su interior: el núcleo se quebró y la criatura se desmoronó con un gemido. Con calma, recogió un puñado de aquella baba en un tarro, y continuamos.
Entonces, un grito desgarrador y desesperado atravesó los pasillos, era de una mujer. Elran nos sujetó del brazo y nos arrastró con él, pero no poder seguirle el ritmo hacía que nos quedáramos en el aire.
Al llegar al cuarto, en menos de un segundo nos dejó en la entrada y se lanzó directo contra los nigromantes que rodeaban a la víctima. No vimos el inicio del ataque, solo un destello de acero y un torbellino oscuro. Las gargantas de los nigromantes se abrieron como si fueran papel, dejando la sangre negra salpicándose en las paredes húmedas de piedra. Sus cuerpos cayeron uno tras otro.
Corrimos hacia él, que estaba de pie entre los cadáveres, junto a una joven de cabello rubio y vestido corto, manchado con gotas de sangre negra.
—¿Qué crees que haces? —sonó indignada.
—Salvarte, ¿No es obvio?
—Podía sola.
—Se notó. Pero eso no importa ahora, ¿Cómo es que pudiste entrar?
—La puerta ya estaba abierta.
—¡No mientas! ¡Tuviste que abrirlo de alguna forma! Dilo ahora mismo. —con tono amenazante le apuntaba con la daga.
—¡Elran! —gritamos.
—No la lastimes, es sólo una chica. —expresó Shader.
—No se metan. Si habla, no le haré nada.
—Está bien. Con esto. —con el brazo extendido, y atemorizada, le enseñó una roca brillante.
—Dámelo.
—Obvio que no, es de mi abuelo, que ahora es mío. Es una reliquia familiar, no pienso dártela.
—¿Una reliquia familiar? Cómo no, ya dámelo. O te llevaré a la guardia.
—¡No, por favor! ¿¡Sabes lo que me harían si ven que no tengo su marca!? ¡Los humanos son despiadados!
—Estamos escuchando, y eso no es verdad. —contestó Shader. —no soy así.
—Yo, yo tampoco.
—De ti me lo creo, no pareces alguien que pueda matar si quiera una mosca.
—Eso ofendió, aunque…. Es cierto.
—No des tantas vueltas y entrégame la runa, ¡Ahora!
—¡Bien, bien! Toma.
—Buena decisión. —le quitó la daga y guardó la gema en su bolso. —necesito seguir explorando este lugar, así que me ayudarás.
—¿Ayudarte?
—Si no lo haces te llevaré con la guardia, ¿Qué quieres?
—Sólo fue una pregunta, no dije que no lo haría. Tranquilo.
—¿Cómo te llamas? Yo soy Shader, ellos son Lie y Elran.
—No te importa.
—Ya niña, dile tu nombre.
—Calista. —contestó sin dudarlo mientras miró seria a Elran.
Nos dirigimos en otra habitación de la mazmorra. A diferencia de la anterior, esta estaba casi desnuda: solo muros húmedos y un silencio con el que podíamos escuchar nuestros latidos. Al fondo, en un rincón ennegrecido por la humedad, se encontraba un cofre. Su sola presencia resultaba sospechosa, como un anzuelo colocado a propósito.
Calista, ignorando cualquier precaución, corrió hacia él con una sonrisa de codicia.
—¡No lo abras, imbécil! —gritó Elran, pero su voz se estrelló contra el eco de la sala.
La tapa del cofre se levantó con un chirrido metálico y, en ese instante, la oscuridad cobró vida. De su interior brotaron arañas, no pequeñas criaturas comunes, sino bestias deformes que alcanzaban la altura de un hombre arrodillado. Sus patas largas y peludas golpeaban el suelo con un sonido seco, y de sus fauces goteaba un veneno espeso que corroía la piedra. La sala entera pareció llenarse de un zumbido enfermizo cuando comenzaron a desplegarse, como una pesadilla multiplicada sin fin.
El instinto me obligó a reaccionar. Alcé las manos y conjuré esferas de hielo, lanzándolas con desesperación. Una tras otra se estrellaba contra las paredes, fallando en su totalidad. La visión de las criaturas avanzando hacia nosotros, con sus ojos rojos brillando, me paralizaba.
Entonces, un destello cortó la oscuridad. Fue Elran moviéndose. Apenas un parpadeo, y las arañas caían despedazadas a su alrededor. Las patas rebanadas golpeaban contra la piedra como ramas secas; los cuerpos temblaban un instante antes de derramarse en charcos de líquido negro que olía a hierro oxidado y podredumbre. En segundos, el enjambre dejó de existir, reducido a un tapiz de cadáveres convulsos que se retorcían en su propia sangre venenosa.
El silencio volvió, pero ya no era el mismo. Ahora pesaba con la certeza de que cada cofre, cada sombra, cada respiro en aquella mazmorra escondía un nuevo horror al acecho.
—Me alegra estar contigo. —expresé.
—Ojalá poder hacer eso.
—Bien, como sea… —Calista se dirigió al cofre—. ¡Guau! Mucho tesoro.
—Avariciosa. —comenté. —si no fuera por Elran estaríamos muertos por tu culpa, enana.
—¿¡A quién le dices enana!? ¡Debilucho!
—No soy ningún debilucho, sólo tengo mala puntería. Eso es todo.
—Y eso te hace débil.
—No peleen. —expresó Shader. —salgamos de aquí. —miró a Elran—. ¿O tienes que seguir explorando?
—De hecho, sí. Pero regresaré más tarde, tengo una semana para liberarla y hoy es el día uno. Los llevaré a la ciudad, de ahí en más nos despedimos.
—Lie, ¿Dónde está el zorro? —la zorra salió entre mis piernas. —oh, ahí está. Pero hace un segundo no estaba.
—Es un espíritu de compañía. —comentó Calista. —prácticamente es inmortal. Ellos te elijen y te ayudan en todo. Tienes suerte de que te haya elegido.
—Lo sé. —sonreí mirándola.
Elran le tomó el brazo a Calista.
—¿Creías que iba a dejarte llevar estos tesoros?
—Je, je… Para nada… Era una broma.
—Eso creía, deja lo que te guardaste y cierra el cofre.
—Sí.