—Lo tuyo y lo de él sí. Yo pagaré para nosotros.
—Encima miserable.
—Me estás hartando, niña. Si quieres los dejo aquí y arréglense ustedes.
—Podría pedirle a alguien de aquí.
—Lo dudo mucho, ya nadie quiere ayudar a extraños. Más hoy en día. Y estoy seguro de que conmigo van a estar mejor protegidos.
—Y dudo que quieran ayudarte luego de ver tu escándalo desde que llegamos. —comentó Calista.
—Ella no es así siempre, está a la defensiva porque él le ganó.
—¡Padre! —con vergüenza y voz baja añadió. —no digas eso… No es cierto.
—Así que le rompieron el ego a la pobre niña y por eso está de mal humor. Pobrecita. —expresó Calista.
—Tienes suerte de que no puedo hacer nada aquí.
—Uy… Qué miedo.
—Aquí tienen lo que pidieron.
—Muchas gracias, preciosa. —le acarició la mano con una sonrisa, haciendo que la mujer se sonrojara.
—¡No coquetees con las meseras! —exclamó el hombre.
—Terrible genio tienes.
—Y tú respeta, elfo asqueroso. —expresó en voz baja, pero suficiente alto para escucharlo.
Se puso de pie lentamente, soltando un suspiro con los ojos cerrados, como si buscara contener la tormenta que llevaba dentro. Cuando alzó la mirada, aquella aura volvió a brotar, densa y opresiva, pero esta vez con una fuerza aún mayor. El aire vibraba a su alrededor, las mesas se sacudieron chirriando contra el suelo y los vasos tintinearon como si estuvieran a punto de quebrarse. La energía que emanaba parecía llenar toda la taberna, obligando a todos a guardar silencio.
—¿Lo repites? —su mirada pedía sangre.
—Elfo asque….
En un parpadeo desapareció de su lugar y apareció frente a su objetivo, como un relámpago que nadie pudo seguir con la vista. La embestida estaba cargada de furia desbordante, pero antes de que pudiera alcanzarlo, una figura encapuchada surgió de entre la multitud, interceptándolo con un solo movimiento. El choque entre ambos desató una onda devastadora: las mesas se partieron, las sillas volaron por los aires y los cuerpos fueron arrojados contra las paredes como muñecos de trapo. La taberna entera quedó envuelta en un estruendo que heló la sangre de los presentes.
—¿Qué crees que haces? —preguntó la persona desconocida—. ¿No tienes una reputación que mantener? Eres un aliado, ¿No?
—¿Quién eres? Pudiste detenerme.
—Eso no importa, vete antes de que se arme un alboroto más grande. —le entregó un saco lleno de dinero al tabernero. —tome esto, espero que le alcance para reponer todo.
—¡Claro! —lo tomó con enojo. —dile a tu amigo que no se aparezca de nuevo en mi taberna, o haré que venga la guardia.
—No es justo, él lo insultó. —expresé. —tendría que ser castigado por discriminarlo.
—Nunca pasará. —contestó Calista. —si bien, castigan a los criminales, ellos siguen teniendo más derecho que las otras razas. Sólo la minoría las tratan por igual.
—Es por eso que quiero ser un gran aventurero y dar el ejemplo. —mencionó Shader.
—Bien, suéltame. Nos iremos ahora mismo.
—¡Ahora todos sentirán la ira de nuestra raza, humanos de mierda! —la voz provenía desde afuera, así que salimos de inmediato.
Era una figura encapuchada, envuelta en una túnica raída que ocultaba casi por completo su forma. Al alzar los brazos, se revelaron vendajes sucios y ennegrecidos que le cubrían la piel como si intentaran contener algo que no debía ser visto. De sus labios brotaban palabras incomprensibles, un murmullo gutural en un idioma que parecía desgarrar el aire mismo. Sobre nosotros, el cielo comenzó a fracturarse: un vórtice oscuro se abría, succionando la luz y levantando ráfagas de viento que arrancaban polvo y astillas del suelo.
De pronto, la capucha se deslizó hacia atrás. La visión fue insoportable: la mitad de su rostro seguía oculta bajo vendas empapadas, mientras la parte descubierta mostraba carne corrompida, descompuesta como la de un cadáver abandonado al sol. Sus ojos, hundidos en las cuencas, brillaban con un fulgor enfermizo que no pertenecía a este mundo.
—¡Mueran, humanos!
—Un Liche. —comentó el desconocido, al que se le había salido la capucha.
—¿¡Riddon!? —exclamó Shader.
—¿Lo conoces? —preguntó Calista.
—¡Es el líder del mejor gremio! Quiero ser como él. También usa potenciación, es raro que alguien con esa magia sea líder gremial.
—Me alegra tener un fan.
—Es por eso que pudiste detenerme, pero debo decirte que no usé todo mi poder.
—Yo igual.
—¡Sal criatura temida por los dioses y arrasa con toda vida! ¡Dismoros!
Del portal salió un ser humanoide de más de cuatro metros con los brazos demasiados largos y delgados, con un ojo y la boca grande.
—¿Qué mierda es esa cosa? —Elran se le veía demasiado confuso.
—¿No lo oíste? Es Dismoros. —añadió Calista. —sea lo que sea.
—Es un ser del reino inframundo. Sólo puede ser invocado por un Liche de élite, debemos tener cuidado. —comentó Riddon. —no por él en sí, por sus invocaciones.
—¿Tan fuerte es? —pregunté.
—Pues…
Elran se lanzó como un rayo contra la invocación antes de que Riddon siquiera terminara de hablar. Su daga cortó el aire con un silbido mortal y la cabeza de la criatura cayó, rodando por el suelo, sólo para recomponerse al instante, como si la muerte fuera un simple juego para aquel monstruo.
—Es lo que quería decir. No se puede matar esa cosa así sin más.
El Liche soltó una risa fría y retumbante, resonando en todo el lugar, burlándose por el intento de detener su poder. La invocación se agitaba, regenerándose con un brillo oscuro que parecía absorber la luz a su alrededor.
Los ojos de Elran chispeaban con frustración y determinación en cada esquivo contra el monstruo, mientras miraba al invocador. Con un impulso, desde un techo, apuntó directamente al cuello del Liche, pero antes de que pudiera siquiera mover un músculo estando ya cara a cara, desapareció en un destello de portal negro y reapareciendo en un punto del cielo.