—¡Eso me gustaría ver!
—¿¡Que me matarás!? ¡No me hagas reí…!
Antes de que pudiera pestañar, Riddon apareció delante con la mirada fija y con la espada en su cuello lista para el ataque; dejando aterrado al Liche. Por más que él haya sido rápido, el portal lo fue aún más.
—Ese portal es molesto. —expresó sonriendo mientras aterrizaba. Con el cuerpo ya en el suelo y preparado para impulsarse añadió—. ¡Pero yo soy más rápido que ese maldito portal! —el suelo quedó destrozado.
—¡No te me acerques! —gritó con las manos extendidas y un brillo en ellas.
En frente, lo miró con frialdad, sin pisca de otra emoción.
—Tarde. —lo único que se presenció fueron los sesos cayendo. —la próxima no seré piadoso.
Elran atacaba con una velocidad que parecía desafiar la realidad. Cada movimiento dejaba tras de sí un rastro de luz morado, una línea de aura que iluminaba el aire como un relámpago. Sus golpes llovían sobre el monstruo, una danza perfecta de filo y fuerza, mientras el suelo temblaba con cada impacto. La regeneración del ser no lograba mantenerse al ritmo, y por un instante fugaz, su núcleo brilló al descubierto, latiendo con vulnerabilidad.
—Pan comido. —luego de apuñalarlo aterrizó a nuestro lado con el monstruo desintegrándose de fondo—. ¿Se suponía que era un ser imparable? Patético. —le devolvió la daga.
—Usaste el arma adecuada. —comentó Calista. —no presumas tanto.
—Que haya tenido esa ventaja, no cualquiera puede hacerle frente a algo como eso. —contestó Riddon.
—Esperaba una pelea más emocionante. —expresé. —pero fue todo muy rápido.
—El Liche invocó al monstruo como su arma definitiva y Elran lo destruyó como si no fuera nada. Qué inmenso poder. —comentó Shade, miró serio a Elran. —por favor, dígame cómo es tan poderoso, ¿Acaso usa la facción de asesino en todos sus combates?
—Aunque lo tenga, nunca uso ese poder. Es mi propio poder. Obtuve esta fuerza entrenando hasta el límite, no cualquier entrenamiento, uno que te lleva al límite.
—Además de su naturaleza élfica. —añadió Calista. —es una gran ventaja contra tu raza.
—Eso no es cierto del todo, hay humanos más fuertes que los elfos oscuros o altos, inclusive a razas que se suponen ser superiores a cualquiera. Así que mi naturaleza no implica mucho, depende del esfuerzo de uno mismo.
—Las razas que viven muchos años son más fuertes, cuantos más años tienen aumentan su poder. —contestó Calista. —y estoy seguro de que él tiene más de doscientos años.
—¡Tengo cien, enana!
—¿¡A quién crees que le dices así!?
—Muchas gracias. —expresó el hombre de la taberna.
—No fue nada. —contestó Elran.
El hombre se dirigía a Riddon.
—Es todo un placer, pero él también fue de ayuda.
—Eso no lo creo. —luego de mirar a Elran con desprecio, regresó.
—¡Ja! ¡Creíste que te hablaba! —añadió la chica.
—Hija, no te burles.
—Se merece que me burle, por cierto, ¿Puedes llevarnos a la capital, Riddon?
—Tengo otras cosas que hacer. Creí que estaban con él.
—Sí, pero no me agrada.
—No siempre nos tienen que agradar todos, ¿Hace cuánto que lo conoces? ¿Desde hoy?
—Sí.
—Ahí lo tienes, no te dejes guiar por la primera impresión. Ya sea buena o mala, nunca se sabe cómo es uno realmente en poco tiempo.
La chica quedó en silencio.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Shader.
—Estoy de pasada, no me esperaba que esto ocurriera. Ya debo irme. —tomó un dispositivo corto y delgado; al presionarlo desapareció.
—Desapareció… Qué locura. —expresé—. ¿Lo hizo con ese dispositivo?
—Es un artefacto mágico que yo cree. —comentó el señor. —es útil para estas ocasiones.
—Así que eres el famoso Roland, por eso tanto dinero. Mejor te hubiera pedido ese aparato.
—¡No lo sueñes! —exclamó la chica. —eso vale mucho más de lo que te hemos dado.
—Ahora te reconozco, niña. Eres Isolde, la fastidiosa.
—¿¡Cómo me dijiste!? ¿¡Y quién te dijo mi nombre!?
—Así te conocen, ¿Lo sabías? La mayoría hablan de ti como la niña caprichosa del ricachón. Nunca le digas quién eres a alguien, porque te odiarán de inmediato sin dejar tiempo para conocerte.
—No me importa lo que digas, todo lo que sale de tu boca no tiene valor.
—Tiene razón, es una fastidiosa. —añadí.
—¡Cierra la boca, enano!
—No es cierto, tengo la altura promedia.
—Es mejor que prosigamos con el viaje. —comentó Roland. —llévenos.
—Sí, claro.
La quietud del camino nos envolvía como un manto pesado, y el silencio parecía flotar en el aire, denso y expectante. Nadie decía nada, y yo sentía que incluso los sonidos del viento se apagaban, como si el mundo contuviera la respiración. Mi mente, aburrida ante la calma, buscaba algún indicio de acción, algún giro inesperado que rompiera la monotonía.
Cuando la noche se instaló sobre nosotros, la capital apareció a lo lejos, iluminada por faroles que dibujaban reflejos dorados sobre las calles empedradas. La fila frente a la entrada era interminable, y entre los humanos destacaban criaturas de formas insólitas: un elfo de orejas puntiagudas cubierto de musgo, un enano con barba azulada que parecía brillar bajo la luz de los faroles, y seres de piel iridiscente que se movían con gracia entre la multitud.
El elfo de musgo se detuvo a mi lado. Su mirada, profunda y penetrante, me dejó paralizado un instante; luego chilló, mostrando unos dientes afilados que parecían brillar bajo la luz nocturna. Un escalofrío me recorrió la espalda, y aparté la vista, intentando recuperar la compostura mientras mi corazón aún palpitaba con fuerza.
—¿Pueden enseñar sus marcas? —preguntó el guardia mirando a Elran y Calista. —no podrán ingresar hasta que lo hagan.
—Maldita sea. —expresó Calista en voz baja—. ¿Ahora qué hago?
El guardia la miró con extrañeza.
—¿Qué le sucede a la elfa? —se acercaba mientras llevaba la mano a la cadera, donde tenía una espada.