El hogar se encontraba más lejos de lo que podíamos recorrer a pie, viéndonos obligados en buscar una persona que estuviera dispuesta a llevarnos. Tuvimos que dirigirnos a la capital por no haber nadie con caballo en el pueblo. A Calista se le ocurrió ir al comercio antes, así me compraba ropa nueva.
Todas las tiendas de la capital eran caras, pero el pueblo no tenía ninguna. Había pocas de otras razas caminando. La mayoría de las personas los miraban con desagrado, lo mismo hacían con Calista y Throgar. No podíamos hacer nada si queríamos comprar. Aunque el que más se llevaba la atención era yo.
Nos dirigimos a la que supusimos ser la más barata.
—Hola señora. —expresó Calista.
—¿Qué quieres? —contestó de malas.
—Estamos buscando ropa para él… —me señalaba.
Me miró fijamente.
—Ah, el supuesto elegido, ¿He? Elijan lo que quieran, los precios están en esos carteles.
—Mmm, Lie, ¿Te gusta esa camisa? Parece bueno.
—¿Eso crees? Cualquier cosa me sirve. —la miré sonrojado.
—¿Por qué elijes tú? —preguntó Isolde. —si la vestimenta es para él.
—¡Ah, sí, lo siento! Hazlo tú Lie.
—C, claro…
Analicé los precios sin prestarle atención a la calidad. Tomé la camisa que mencionó Calista, y se puso roja de repente, pero seguí. Había un pantalón con una buena tela, al lado unas botas de cuero: elegí esas.
—Serían quince monedas de plata. —expresó la señora.
—¿Podemos pagar con monedas de cobre? —pregunté.
—¿Con monedas de cobre? Niño, no valen nada.
—Pero muchas de ellas sí. —añadió Isolde.
—Tienes que tener ciento cincuenta mil de ellas, ¿Acaso tienen?
—Tenemos trescientas mil. —contestó Calista.
—¿Trescien…? Es imposible, ¿De dónde sacaron tantas?
—De una mazmorra.
—Entonces son aventureros. Bien, me servirán para comprar algunos materiales en los barrios bajos.
—¿¡Entonces sí aceptará!? —preguntó Calista contenta.
—Sí, sí, ¡Pero apresúrense, o no les vendo nada!
—¡Claro! —Shader tomó el saco desde el bolso de Calista.
—¡Idiota! ¡Por poco me haces caer!
—¡Lo siento! —comenzó a contar usando su magia para aumentar la velocidad.
—¡Oye, niño! ¡No exageres, cuenta bien!
—Me disculpo, es que dijo que nos apresuremos.
—Lo sé, pero yo también tengo que llevar la cuenta, ¿Cómo lo haré si usas tu magia?
—Tiene razón.
Terminó de contarlas y se las entregó.
—Bien, ya lárguense. La próxima vez no las aceptaré.
—Está bien. —se inclinó.
De allí fuimos a la sede de aventureros al no saber cómo teníamos que pedir.
—Hay un servicio de mensajería, pero no sé si les aceptarán por la marca, pueden probar de todas formas. Nunca se sabe.
—¿La marca es un problema? —preguntó Shader.
—Me temo que sí. Lamentablemente todos ya saben quiénes son.
—Yo los llevaré. —comentó un señor algo llamativo.
—¿¡De verdad!? —exclamó Throgar—. ¡Muchas gracias!
—Es un placer, pero no es un favor.
—Me lo imaginaba. —expresó Calista—. ¿Cuánto quieres?
—No hablo de dinero. Necesito que asesinen a unos hombres que me arrebataron a mi hija.
—¿Matar a alguien? —preguntó Calista preocupada.
—Señor, eso es…