La desaparición de Helena Sharp.

Sexto día (noche).

El automóvil de Catalina se estacionó en un garaje desordenado. Descendí cuando la puerta automática descendió, sellando nuestra cortina de humo. Catalina me abrazó, alegre de que estuviese bien; luego hizo lo mismo con O’Brien.

—Los veré en la llamada.

O’Brien salió por la puerta principal, despidiéndose alegre de Catalina. Ella se mostró como una buena jefa y nada más. Sospechas… debíamos evitarlas como si fuesen una enfermedad.

Cuando la puerta se cerró, ella se volteó. La seguí por un pasillo de varias alfombras dispares y cuadros y fotos antiguas. Pude reconocer a sus padres en varias de ellas. Fue un grato recuerdo ver varias fotos de la época estudiantil. Estaba la graduación, algunas salidas de la escuela y uno que otro evento deportivo. Las buenas épocas se deben recordar con cariño, y esas fotos me hicieron recordar un sentimiento que pensaba, y juraba, olvidado.

Bajamos al sótano. Ella encendió la luz de una cuerda que colgaba del techo. El tirón fue leve, pero reveló una escalera en buen estado que llevaba hacia una penumbra un tanto profunda. Esta vez, Catalina accionó un interruptor en la pared, dejando ver ahora un montón de cajas y una mesa enorme. Encima de esta, una maqueta enorme se construía con Legos. Sí… esos bloques de colores. Catalina era una aficionada, y una de las buenas. La ciudad parecía un espejo, uno en miniatura. Reconocí varias calles, intercepciones; vaya, incluso reconocí a algunas personas y sus mascotas rondando.

Cuando la vi, ella se sonrojó.

—Ven… —dijo, acercándose a la mesa—. Será nuestro mapa del terreno.

Me acerqué. Era un excelente plan.

—Muy bien, sea lo que sea que vayamos a hacer, debemos hacerlo ahora. —Sacó una especie de foja, adornada con el logo del laboratorio que obtuvo las muestras—. ¿O’Brien te dijo algo?

—No.

—Bien, prefiero ser yo quien te explique.

Sacó del sobre un papel blanco con recuadros.

—¿Recuerdas la carta que encontramos debajo de la escuela? —preguntó—. Pues… resulta que la letra coincide con la base de datos. La letra pertenece a Beltcroft… Al ser empresario, su firma y letra están por todos lados.

—Ese bastardo —dije indignado por la rabia.

—Sí, yo también estoy molesta. Ese día en su mansión nos vio la cara a ambos. Pero, confirma tu teoría sobre las cicatrices.

Guardé silencio. No quise decir mucho.

—Y… en cuanto al corazón. —No quería hablar—. Resulta ser de Blacksmith… Pero no del patriarca actual, sino del primero…

—¿Qué? —pregunté, anonadado.

—Sí… No sé cómo lo comprobaron, alguna base de datos o algún método, pero sí, es del primer Blacksmith.

—Necesito…

—No, guarda silencio, queda más. Escucha, hice una investigación privada. ¿Recuerdas de los nombres de tu investigación en la biblioteca?

—Sí…

—Resulta que cada desaparición concuerda con la muerte de un patriarca de los Blacksmith. Cada una de las desapariciones a lo largo de la historia de la ciudad está ligada a la muerte de uno de ellos. La excepción es Helena.

—¿Cuál es la relación entre una y la otra?

—No lo sé. Pero… me cansé de esperar. Mañana iremos a hablar una vez más con nuestro querido Beltcroft. Además, será el momento perfecto.

—¿Estás segura?

—Sí… Ya me harté.

—Solo necesitaremos una forma de llegar hasta él.

—Tengo un plan.

—Entiendo.

Catalina se separó de mí y tomó una caja.

—Ahora, fingiré que pasé mi tiempo buscando algo en el sótano. Hay un futón en el rincón alejado —dijo, apuntando con uno de sus dedos sin soltar la caja—. Hay frazadas en la caja mojada de allá.

—Muy bien.

—Descansa, en unas horas más iré al baño y llamaré a O’Brien. Tenemos poco tiempo y pocos refuerzos, así que te quiero vivaz.

—No te preocupes, estoy más despierto que nunca.

Luego de las explicaciones, me acerqué al futón. Lo armé sin muchos problemas. Me recosté sin nada por encima. A pesar del frío de los exteriores, mi cuerpo se encontraba cálido. Una parte se debía al enojo, y la otra era por culpa de las dudas. Lo que me explicó Catalina en esos momentos no poseía sentido. Creía que debía haber una explicación lógica y empírica para todo, algo tangible que no solo me ayudara a atrapar a los captores de Helena, sino también algo que los llevara ante la justicia. Pero era algo que se mostraba tan distante. ¿Justicia? No sabía lo que significaba en esos momentos, pero la buscaba desesperadamente. Quería creer que habría castigo para todos; por muy descabellado que todo sonara en mi cabeza.

Me acurruqué hacia un costado, directo hacia una pared de ladrillos. Hasta ese momento no me di cuenta del olor húmedo. Por el estado de las cajas, quizás una inundación provocada por una tubería en mal estado.

Necesitaba pensar en algo. Pero la oscuridad y el viaje hicieron que mis ojos comenzaran a cerrarse. Parpadeé unas cuantas veces y me incorporé muchas más. No quería dormir, pues las pesadillas iban a atormentarme. Llevaba despierto desde el incidente, y sabía que cuando cayese en el trance de lo onírico, algunas imágenes volverían a mí. No lo necesitaba; solo necesitaba mantener mis agallas en el lugar correcto.

Caí dormido en los siguientes minutos. Las pesadillas me atormentaron, como fantasmas del pasado que intentaban llevarse mi sanidad. Lo bueno de los sueños es que muchas veces uno no recuerda nada a la mañana siguiente; no fue mi caso.

Las imágenes de Helena llegaron en un fondo negro. Lo primero que llegó fue la fotografía que aún tenía en mi poder. Poco a poco, la fotografía comenzó a quemarse por los costados, hasta que solo quedó Helena. Comenzó a gritar de inmediato, sintiendo el dolor por las llamas. Los gritos de los niños son desgarradores cuando hay algo real detrás de ellos. Posterior a ello, mi mente volvió a dibujar un fondo negro. Me encontraba en un pasillo iluminado por luces parpadeantes y que se bamboleaban de un lado hacia el otro. Había un sendero de sangre. Por instinto, comencé a seguir la sangre mientras la perdía y la encontraba entre los destellos cálidos sobre mí. Llegué hasta una puerta similar a la de un hospital, gris y con una ventana sucia en el centro. Las empujé solo para ver un cuerpo destrozado. La cara de Helena mostraba una mueca de pavor y dolor. Por último, estaba en un bosque. Los troncos torcidos se agrupaban en hileras perfectas en todas las direcciones, conmigo estando quieto en el centro. Escuché el chillido a la distancia; pero no sabía desde qué dirección. Mi yo onírico se decidió por una dirección aleatoria. Mientras avanzaba, los chillidos se hacían cada vez más evidentes. Llegué hasta una especie de altar hecho de hojas carbonizadas y huesos. Alrededor del cuerpo de Helena estaban las mismas figuras sombrías que me asustaron durante el día anterior. Todos se voltearon, mostrando una especie de cuchillo ceremonial curvo y decorado con gemas de color sangre. Comenzaron a caminar contra mí, como una ola que avanza. No podía moverme. Me alcanzaron sin ningún esfuerzo. Me inmovilizaron contra el piso. Todas las puntas iban contra mí.



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En el texto hay: misterio, horror, terror

Editado: 31.12.2025

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